Tres minutos de tensión en el WiZink Center: "¡Lo ha matado!"
La pelea vivida en la pista entre jugadores de Real Madrid y Partizan tuvo conatos de trasladarse a la grada. La mayoría de la afición se quedó paralizada por unos instantes ante lo ocurrido.

"¡Lo ha matado!" Esa fue la frase para definir el grado de lo que había ocurrido en el WiZink. Y fue sin querer. Porque hay frases que nacen solas. Sin que uno se dé cuenta. Y las suelta. Acción-reacción, podría decirse. Y esta fue la que resumió la dureza de lo que anoche vivimos todos aquellos que estábamos dentro del Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. Eran las diez y media de la noche la última vez que vi el reloj. Vincent Poirier acababa de ver la quinta falta y se iba al banquillo eliminado cuando lo hice. En el de partido, todavía quedaban algo más de dos minutos de juego, pero la realidad es que la sensación era de que hacía rato que todo se había terminado. El goteo de gente que ya iba abandonando el pabellón lo corroboraba. Era la segunda vez esta semana que pasaba y de forma más contundente que la primera. Quizá por eso no resultó raro que parte de la grada de animación coreara el nombre de Pablo Laso.
Con Poirier fuera de juego y ahora con Gerschon Yabusele en pista, jugando como '5' para suplir a su compatriota, el Real Madrid de Chus Mateo iba poco a poco cayendo cada vez más en el juego de un Partizan que lo sobrepasó por completo. El marcador rezaba 80-95 y los de Zeljko Obradovic armaban una jugada dirigida por Kevin Punter. El estadounidense, defendido por Sergio Llull, hizo lo que mejor sabe sobre la pista: usar la bola para sacar de quicio a su defensor. Y lo consiguió. Ahí fue donde empezó todo. Una secuencia de tres minutos que se hizo eterna y que encogió a más de uno de los que estábamos allí.
Como si de una película a cámara lenta se tratase, un escalofrío recorrió la grada en el momento en que Llull cometió la antideportiva. La bola se quedó botando sola, sin un Punter que se volvió hacia el capitán del Real Madrid baloncesto y se encaró con él. En ese momento un "Uff, ¿qué hace?" obliga a que muchos de la tribuna de prensa, que escondían sus cabezas en el portátil, dejasen de teclear y levantaran la mirada para ver lo ocurrido. Conforme el puño de Punter se levantaba en señal de amenaza a Llull, el WiZink también lo hacía. Y entonces llegaron Dante Exum y Yabusele a escena, junto con Gabriel Deck.
Aquello parecía un plano secuencia. Por un lado, Deck agarrando a Exum a la vez que él era agarrado por Lessort y apartado del australiano y de la acción. Por otro Dzanan Musa y Mario Hezonja escorados a la izquierda, con Punter encarándoles y soltándole un par de puñetazos al bosnio. Y en el centro, junto a la mesa de anotadores Yabusele con Exum. Y entonces se escucha un golpe seco, de esos que retumban entre los murmullos que cada vez van sonando más fuerte en la grada. "¡Lo ha matado!", me sale decir en ese instante. Y quienes están a mi alrededor miran a la pista y ven a Yabusele encima de Exum. Ellos no lo han visto, pero yo sí.
El francés había agarrado a Exum y le había hecho un ippon, una llave de judo en la que pasas a tu adversario por encima de tu cuerpo, lo tiras al suelo y caes sobre él. "Pero, ¿qué ha pasado?", preguntan. Y en ese momento todos los ordenadores se van a la retransmisión. Y llegan a tiempo. El retardo de la señal les permite ver lo que acaba de ocurrir y todo el mundo está en shock. Tanto que ni siquiera hay apenas móviles que grabasen lo ocurrido. Quizá esa sea la imagen que más representa todo. En mitad de una sociedad en la que grabarlo todo es la mayor rutina que existe, no hubo quien fuese capaz de sacar rápido el móvil para hacerlo. Al menos, no hasta que todo empezó a dispersarse... pero sólo en la pista.
En la grada la tensión continuaba. Hay gente que prefiere irse por lo que pueda pasar: "Es mejor que nos vayamos", dice un padre a su hijo mientras avanzan camino de la salida y se fija en la grada. En la zona junto a la tribuna de prensa, un pequeño grupo de seguidores del Partizan se enzarzan en una disputa con aficionados blancos. A la izquierda, donde la afición visitante, la seguridad se agolpa porque hay insultos e increpaciones de ida y vuelta. Sobre todo en el momento en que Yabusele, acompañado por su mujer que tuvo que entrar a mediar para sacarlo de la cancha, se metía por la bocana de vestuarios.
La imagen de Exum, a la derecha de la canasta más cercana al banquillo del Partizan tampoco ayuda. El australiano está siendo tratado por los médicos y fisios de su equipo. Le han quitado la zapatilla, muestra signos de dolor, un arañazo en el brazo derecho y sangre en el labio. Él se ha llevado la peor parte y tiene que abandonar la cancha ayudado por el staff del Partizan porque no puede apoyar el pie.
Los silbidos inundan el pabellón. Las expresiones en serbio también. El ambiente sigue encendido, aunque ya no ocurre sobre el parqué. Cualquier comentario en la grada es susceptible de polémica. Casi nadie habla más que para recriminar a los árbitros que decidan qué van a hacer. Pero la revisión dura demasiado. Tanto que a Yabusele le da tiempo de volver, ya cambiado con una camiseta distinta a la de juego, y asomarse desde la bocana a ver qué ocurre. Ahí, parte del WiZink corea su nombre. La otra hace gestos de desaprobación y murmullos porque no ven con buenos ojos que se le aplauda tras lo ocurrido. Han pasado 15 minutos desde que empezó la trifulca. Y entonces Chus Mateo y Zeljko Obradovic son llamados Sreten Radovic, el árbitro principal.
Tras varios minutos de charla, suena el silbato y la señala de que ha terminado con el 80-95 que dicta el marcador. En el reloj de partido aún pone que falta un minuto y cuarenta por jugarse. Pero no hay jugadores disponibles. Al menos no los suficientes. Todos, salvo Llull y Leday han sido descalificados y se necesita un mínimo de dos jugadores por cada equipo para que se reanude. Hasta aquí el partido. Y aunque luego tanto Obradovic, como Mateo, como el propio Rudy Fernández, que salió a dar la cara como uno de los capitanes, tratasen de hacer un ejercicio de calma y reflexión para que algo así no vuelva a ocurrir, la mala imagen y la sensación de enfado, bochorno y frustración por lo que se acaba de vivir continua. Y el precio a pagar por todo ello no tardará en llegar.