Pedro Espina, cómo superar la depresión y el miedo después de un ictus gracias al boxeo y a una canción de Perales
Espina estaba convencido de que gracias a la fuerza, potencia y sincronización de esta disciplina podría empezar a ver la luz al final del túnel.

De repente, Pedro Espina sintió que la vida se le iba. Ocurrió hace justo ahora doce años. Un ictus tras un accidente le dejó en sillas de ruedas durante una buena temporada. Nada relacionado por su afición a los deportes de contacto. Este madrileño de 60 años de edad siempre había sido hasta entonces una persona hiperactiva, incluso desde su época colegial. Recuerda que se apuntaba a tantas actividades extraescolares, muchas de ellas relacionadas con el deporte, por lo que llegaba a cambiarse de ropa diez veces en un solo día. El palo psicológico fue "tremendo". Se le quedó paralizada la parte izquierda de su cuerpo, perdió la visión y el nervio óptico quedó tocado. "Si te enseño la resonancia que me hicieron en el cerebro nadie se puede creer que esté vivo", afirma. El cuadro médico se completaba con episodios de ansiedad, vértigo y miedo. Un cóctel que, agitado, le generó una profunda depresión. La evolución positiva de su lesión cerebral le permite ahora hacer vida normal. Todo tiene su explicación por muy rara que pueda parecer: el boxeo Y eso es algo que afirma con rotundidad el propio interesado.
Se puede decir que, hasta el susto, la vida de Espina había sido de lo más intensa y variopinta. Estudió bel canto en la escuela Orfeo de Pablo Garzón. "Tenía una buena voz que era un regalo de Dios", dice. Era un tenor que, sin embargo, apenas tenía oído por un accidente que tuvo años antes a consecuencia de los deportes de riesgo que practicaba en su etapa de militar como paracaidismo o submarinismo. Ese pequeño detalle se lo ocultó a su maestro para quien solo tiene palabras de agradecimiento porque "tuvo la paciencia suficiente para sacar de mi voz sonidos que no me podía ni imaginar". El problema auditivo tiene su origen en la época en que ingresó en los Cuerpos de Operaciones Especiales (COES). Espina resulta de lo más elocuente a la hora de alabar los valores y la experiencia de su educación militar. Esa formación, basada en el la disciplina y en el espíritu de sacrificio, "te sirve, sobre todo, para sentar las bases de la vida que te espera".
Ahora bien, lo que le ha dado fama es su faceta de cocinero. Tan es así, que el Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca nipón le concedió el premio al mejor chef de cocina japonesa en España. "Para mí cocinar no es un oficio sino una filosofía de vida". Tiene abierto el Soy, en Madrid, un pequeño restaurante japonés de cinco mesas que se inauguró en 2008. Fue el primer cocinero español que durante la década de los noventa trajo a nuestro país la comida japonesa, en el Suntory. Después, en 1999, abrió su primer negocio en solitario. Le puso el nombre de Tsunami, uno de los pocos locales de comida japonesa que había por entonces en España y que era muy frecuentado por futbolistas y personas que solían aparecer en la prensa del corazón.
Antes de comenzar su etapa como empresario había vivido ocho años en Japón donde pasó de ser aprendiz a itamae (maestro). Siempre le tiró la cultura oriental, y no solo por la comida. En concreto, su vinculación venía de tiempo atrás a raíz de practicar artes marciales y boxeo. Tantos años en el país del Sol Naciente y, sin embargo, conoció a su esposa nipona Tamayo en España. Fue cuando ella vino como estudiante becada para mejorar su español "aunque ya lo hablaba muy bien". Al poco tiempo la joven regresó a su país y el destino les volvió a juntar en Madrid. "Son los tiempos de Dios, que decimos los creyentes". Les va bien. Llevan casi un cuarto de siglo casados. Ella dejó el periodismo y ahora le ayuda en los fogones.
Su gusto por la cocina de Japón no le impide reconocer las exquisiteces de la española. "Es la más rica del mundo, mientras que la japonesa es sutil, ligera y muy saludable, la pena es que en muchos sitios no la hagan todo lo correcto que debieran". Lleva 34 años yendo y viniendo de Japón. Entre viaje y viaje le ha dado tiempo a perfeccionar su faceta de luchador de artes marciales. De hecho, tiene el grado de maestro en cinco estilos distintos. De joven no rehuía tampoco de otros deportes de contacto como el boxeo o el kickboxing. En esos años conoció a José Valenciano, que lleva en la actualidad uno de los gimnasios más conocidos en España para este tipo de prácticas deportivas, y quien más tarde se convirtió en una pieza clave de su recuperación.
Es probable que haya mucho desconocimiento en la sociedad sobre qué es un ictus, algo a lo que en 2012 no era ajeno el propio Espina. "Pues es la segunda causa de muerte en España y la primera en mujeres". Lo pone en valor un hombre tan hiperactivo como él, que se vio aferrado a una silla de ruedas de la noche a la mañana. Estuvo así durante varios meses. Si quería levantarse necesitaba la ayuda de alguien. "No podía caminar ni diez pasos". Si tenía que sentarse tampoco podía hacerlo solo. Además, se le doblaba la pierna izquierda porque no le respondían ni la rodilla ni el tobillo. No buscaba excusas para rendirse ante la fatalidad. Como él mismo admite, "soy bastante "cabezón". Eso le llevó a volver demasiado pronto a su restaurante. Ante su insistencia, le trasladaron de nuevo a su local y allí le ataron a un taburete alto, de esos que suele haber en los bares, para que pudiera tocar los ingredientes con su mano izquierda. "Intentaba despertar sensaciones y emociones a través del trabajo y de los aromas de las cosas del cuchillo". Como es lógico, el experimento salió mal ¿Conclusión? "Había que seguir intentándolo", sostiene.
A su lado, siempre, su hija Saika, también boxeadora y que llegó a ser subcampeona de España de peso pluma en categoría amateur. "Ella ha sido mi mejor medicina", asegura. Le ayudó en los momentos más difíciles cuando caía en la desesperación. Nunca le faltó su mano para agarrarse cuando intentaba caminar. A pesar de todas las visicitudes por la que tuvo que atravesar, jamás dejó de creer en su recuperación. "La fe en Dios te hace tener un estado de voluntad que no te la puede recetar un médico ni comprar en una farmacia". Cuando la ansiedad se hacía insoportable "ahí estaba la manita de mi hija para agarrarme y quedarme dormido". Un día, ya desesperado al no notar mejoría alguna, telefoneó a una ginecóloga amiga suya llamada Sonsoles que estaba en la playa para decirle llorando que no podía más con su vida. Ella le conminó a que tratara de hacer algo que le gustara. Y es que la imposibilidad de volver a trabajar le carcomía por dentro.
"Cuando has tenido un ictus tienes que ponerte a hacer lo que sea enseguida", afirma. Así que siguió el consejo de Sonsoles y volvió a tratar de echar una mano en su restaurante Su caso es un ejemplo de que, a veces, de un ictus se puede salir más fuerte. Durante aquellos días le vinieron a la cabeza sus recuerdos de boina verde cuando le adiestraron en técnicas de superación de estados de ánimo a base de mucho sacrificio y otros relacionados con la supervivencia. Ese carácter forjado con los años de hombre "cabezón" le llevó un buen día a salir de su casa solo para echar un vistazo al gimnasio que su amigo Valenciano estaba montando en el madrileño barrio de Argüelles. En total, media hora de caminata. La fotografía de Espina caminado por la calle hubiera sido más o menos la siguiente. Un hombre de casi 50 años que iba con una correa atada a la pierna para evitar que se le doblara, gafas de sol porque la luz le dañaba y un bastón para no perder el equilibrio. "Iba medio ciego, con un agobio tremendo, y ver tanta gente por la calle también me provocaba ansiedad".
El resultado fue que se cayó al suelo alrededor de una veintena de veces. Resurgió entonces su pasado de boxeador. Rehusaba besar la lona en mitad del combate. "Yo mismo me hacía la cuenta de protección aunque en realidad me levantaba cuando podía porque no había ningún árbitro en la calle para avisarme de que ya llevaba ocho segundos en el suelo". No le falta humor a Espina para relatar su historia que tuvo su continuación cuando regresó a su casa también a pie. Nada más llegar al gimnasio, vio allí a su amigo Valenciano. Se saludaron con un cordial "hola, ¿cómo estás?" para, a continuación, fundirse en un fraternal abrazo "y eso que solo le podía ver muy borroso por un agujerito del ojo izquierdo". Esa fue la primera vez que pensó que podía llegar a superar su lesión cerebral. "Le pregunté si podía ir al gimnasio, y cuando regresé por segunda vez, lo interpreté como la señal inequívoca de que me iba a recuperar", espeta.
Espina ya había sido boxeador en sus tiempos mozos, así que todo le era muy familiar al enfundarse de nuevo los guantes. Estaba convencido de que gracias a la fuerza, potencia y sincronización de esta disciplina olímpica podría empezar a ver la luz al final del túnel. Su mente ya había llegado casi al límite al comprobar que su proceso de recuperación había tenido demasiados altibajos. Fue cuando contactó con Manolo Pombo "que, para mí, ha sido el mejor entrenador de boxeo de todos los tiempos y el que sacó toda su experiencia que tenía en el boxeo para ayudarme".
Antaño, Pombo había llevado al estrellato a púgiles tan populares como Roberto Castañón, Alfonso Redondo o Rafael Lozano, el primer medallista olímpico del boxeo español. Solo o acompañado, no faltaba ni un día a los entrenamientos. Apenas se podía mover. Al principio, entrenaba con unas niñas que también le echaron una mano en su recuperación "aunque me iba al suelo todo el rato porque no tenía estabilidad". Tampoco se olvida de la primera instrucción que Pombo dio a aquellas niñas: "Tenéis que conseguir que Pedro vuelva a boxear". Gracias a aquellas niñas, el reputado cocinero avanzó en su rehabilitación. Ahora es él quien entrena a alguna de ellas.
El chef del Soy comenzó con ejercicios sencillos propios del boxeo para tener más estabilidad. "Se fueron despertando sensaciones ya olvidadas como el olor a guantes". Poco a poco adquirió mayor movilidad a base de trabajar mucho los biorritmos y de ejercicios de cardio, "pero sobre todo iba cogiendo mucha confianza". Lo peor de aquella lesión cerebral fue que su autoestima había caído por los suelos. "Es que llegas a pensar que nunca vas a salir de esa situación". Ya con la moral por las nubes, Espina recuerda los tiempos en que con tanta medicación estuvo a punto de arrojar la toalla. Sobrevivía a base de antidepresivos y un puñado de pastillas para licuar su sangre y tratar de frenar los temblores que tenía por todo el cuerpo. Como es lógico le han quedado algunas secuelas de su lesión cerebral. Tiene roto el nervio óptico, "y eso y es incurable". Eso no le impide hacer una vida normal. Cuenta con cierta gracia el cuidado que tiene que tener al cruzar una calle "porque no veo las cosas que me pueden venir de la derecha".
Espina quiere enviar un mensaje de ánimo a quienes hayan tenido un ictus: "Tienes que ponerte a hacer algo inmediatamente". No es ningún desaprensivo porque, como él mismo reconoce, "el miedo siempre está ahí, solo que tienes que aprender a gestionarlo". Aun así, tiene sus trucos para atenuar todos los temores que pasan por su cabeza cada vez que sale a la calle "y el cerebro se encarga de recordarte lo mal que lo he pasado en situaciones parecidas". Uno de ellos era escuchar a diario la canción "Un velero llamado libertad" de José Luis Perales. "No me preguntes por qué, pero al oírla me hacía pensar que un día podía ser libre de la situación que estaba sufriendo y navegar por los mares de la vida".
Para demostrar que su lesión ya es cosa del pasado de vez en cuando le envía a su amiga Sonsoles videos saltando a la comba "como cuando tenía veinte años". Espina apenas pisó un centro de rehabilitación. Por su carácter opto por utilizar herramientas que le habían sido útiles durante su época de boina verde. Nada de considerarse un enfermo. Lo único que tenía que hacer es tratar de recuperarse de una lesión que le impedía mover parta de su cuerpo, "y para conseguirlo el boxeo fue determinante".