No hay nada igual en toda la temporada. Es única, incomparable, la carrera más especial del año. Y los ciclistas lo saben. Muchos diseñan su calendario en función de la París-Roubaix, la reina de las clásicas, un infierno sobre polvo y adoquines destinado únicamente a quienes están dispuestos a jugárselo todo por un pedacito de gloria. Todo historia. Todo sufrimiento. Bienvenidos al 'Infierno del Norte'.
De la mente de dos vecinos nació, en 1896, la carrera ciclista más exigente del planeta. Fue un chispazo, y ocurrió en el velódromo de Roubaix, frontera francesa con Bélgica y destino final de una prueba que todavía hoy, 128 años después de su estreno, tortura y engulle sin remordimientos a los mejores ciclistas del pelotón.
Entre Compiègne, al norte de París, y Roubaix, meta soñada y al mismo tiempo inalcanzable para tantos, las bicicletas rebotan, las ruedas estallan y, entre el ruido y el temblor incesante de alaridos, bocinas y silbatos, los corredores tratan de salvarse de una escabechina incomparable a cualquier otra prueba del calendario. Allí sufrieron Imanol Erviti, español con más participaciones (17), y Juan Antonio Flecha, mejor representante a nivel nacional.
"Cada Roubaix es una aventura que tiene muchas aventuras dentro de ella", asegura el navarro, retirado el pasado año después de toda una vida en las filas del Movistar Team. "Es una carrera que puedes estar disfrutando y al rato estar odiándola, volver a disfrutar y después odiarla de nuevo con todas tus fuerzas".
Flecha es, junto a Erviti y el difunto Miguel Poblet, el único español que ha logrado terminar entre los diez primeros clasificados de la prueba, uno de los cinco monumentos ciclistas junto a Milán-San Remo, Tour de Flandes, Lieja-Bastoña-Lieja e Il Lombardía. "Roubaix se sale de todos los guiones que hayas visto dentro del ciclismo", explica quien ha obtenido, ahí es nada, tres podios —un segundo y dos terceros puestos—, ocho top-10 y siempre, sin excepción, ha llegado entre los 25 primeros al arco del Velódromo de Roubaix. "Si no quieres ir a la París-Roubaix o te da un poco de respeto, mejor no vayas".
Tal es la exigencia del 'Infierno del Norte', que de los 156 corredores españoles que han participado a lo largo de la historia, solo 65 lograron cruzar la línea de meta en al menos una ocasión. Pero hay más. En lo que va de siglo, el promedio de ciclistas que han abandonado o llegado a la línea de meta fuera del límite de tiempo es del 43%, una cifra muy superior, por ejemplo, a la del Tour de Francia.
«En Arenberg puedes sentir miedo»
Los adoquines, desiguales, de gran tamaño y mucho más separados que en cualquier otra carrera, salpican el recorrido a partir del kilómetro 100. Los tres sectores que alcanzan la máxima dificultad son también los más conocidos. Y entre ellos destaca Arenberg, el bosque más temido del ciclismo mundial.
"Aunque te lo expliquen, si no estás ahí metido…". A Flecha le cuesta encontrar las palabras para explicar lo que supone atravesar Arenberg, una recta interminable y sombría cuyo adoquín, caótico y deslizante, impide a los corredores levantar la cabeza para vislumbrar el final. Este tramo de pavés representa mejor que ningún otro la crudeza de la París-Roubaix.
El nombre real del tramo, que debutó en la carrera a finales de los años 60, es Drève des Boules d'Hérin, pero es mucho más conocido en castellano por Bosque de Arenberg y en francés por Trouée d'Arenberg (la zanja de Arenberg) o Tranchée d'Arenberg (trinchera de Arenberg). Así lo bautizó el periodista de 'L'Équipe' Pierre Chany, en alusión a las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Otro periodista, Victor Breyer, acuñó el sobrenombre de Infierno del Norte por el estado desolador de la región tras la contienda, y no por la prueba ciclista, como muchos se piensan.
"Entrar allí a 50 o 60 kilómetros por hora [piensa]… Es que no hay ningún otro sitio en el que vayas a ver eso. En Arenberg puedes sentir miedo", sentencia Flecha, uno de los mejores clasicómanos españoles de todos los tiempos. Este año, sin embargo, será diferente. A solo unos días de la carrera, el sindicato de corredores (CPA) solicitó a la organización incluir una 'chicane' antes del tramo para reducir la velocidad y el riesgo de caídas, pero el remedio no ha convencido a todos: Mathieu van der Poel, ganador en 2023, vigente campeón del mundo y gran favorito para este domingo, se mostró muy disconforme al respecto.
Hablamos, por entendernos, de un túnel natural al que los ciclistas llegan en un grupo grande y del que salen, con suerte, a cuentagotas. "Se hace muy, muy duro, tanto que se te para la bici", indica Erviti. "Es un tramo que te consume, entras rapidísimo y puedes salir de allí sufriendo con el plato pequeño. Te quita muchísima energía".
Más de seis millones de adoquines
Unas 425 personas apoyan con su trabajo y financiación el mantenimiento de los tramos de pavés. De esos, 230 son socios que además financian los proyectos con sus aportaciones. El resto de voluntarios son estudiantes de escuelas secundarias de horticultura de la zona. También tienen acuerdos con diez municipios.
No es posible saber el número exacto de adoquines que hay en una edición de la París-Roubaix, pero sí se puede estimar con la información facilitada por los 'Amigos de la París-Roubaix'.
Los cuidadores de los adoquines
Más allá del día de la carrera, fiesta reservada para la primera quincena de abril, la París-Roubaix nunca descansa. Decenas de voluntarios trabajan durante el año para que los corredores más potentes del pelotón machaquen sus ruedas en la carrera más especial de la temporada. "Nos encargamos de limpiar los adoquines, reparar los daños y dejar el recorrido listo para la próxima edición", asegura Florent Debruyne, voz de la asociación 'Amigos de la París-Roubaix'.
"Muchos se piensan que los adoquines son urbanos, como los que te puedes encontrar en los Campos Elíseos de París, pero nada de eso", advierte Debruyne. "Son sectores al estilo norteño, es decir, caminos agrícolas transitados generalmente por tractores y maquinaria pesada". Una condición que, sumada al frío, la lluvia o incluso la nieve que puede azotar la zona en invierno, sacude el estado de los adoquines por los que han cabalgado Eddy Merckx, Sean Kelly, Tom Boonen o Fabian Cancellara.
Tal es la dificultad para mantener los caminos en buen estado durante las épocas duras del año, que la asociación de Debruyne, activa desde 1977, recurre en el bosque de Arenberg y otros tramos adoquinados a la ayuda de un rebaño de cabras. Sí, amigos. Cabras. Cada semana, varios ejemplares de estos animales pasean, rumian y arrancan de cuajo el musgo y las malas hierbas que desplazan el pavés, lo abren y expulsan, centímetro a centímetro, de la superficie natural por la que transcurre la carrera.
Cómo es pedalear sobre el pavés
"Lo normal en esta carrera es no tener suerte", afirma Flecha. En su primera participación en 2003, en las filas del iBanesto —el actual Movistar Team—, se cayó dos veces y desde el coche le dijeron que no tenía sentido continuar. Pero lo hizo y acabó 25º, su peor resultado histórico en Roubaix.
Ese día, cuando llegó a meta, todos sus compañeros de equipo ya estaban duchados. Nueve españoles habían salido de Compiègne. Solo dos llegaron a Roubaix. El segundo fue Xavier Florencio, otra rara avis del pelotón español.
La hoja de servicios de Flecha ―once participaciones consecutivas sin abandonos― y Erviti ―tres abandonos en 17 participaciones― muestran que los corredores también pueden aprender a domar la carrera. La París-Roubaix tiene unos códigos propios que permiten minimizar riesgos y que configuran una manera concreta de correr que hay que conocer y aplicar para llegar a meta.
En la París-Roubaix se unen tradición e innovación. Sigue teniendo algo de ciclismo a la antigua, como lo define Flecha, pero a la vez es la prueba que más exige a los fabricantes de bicicletas y componentes. Por eso es allí donde se han introducido a lo largo de los años novedades en el material.
"Roubaix es una rosa con espinas", zanja Imanol Erviti, sobre una carrera de la que muchos rehúyen y solo un grupo de locos abraza. Él está en el segundo grupo. Como Juan Antonio Flecha. Dos ciclistas que acudían a competir a una carrera en la que sufrían como en ninguna otra, pero en la que también disfrutaban cuando llegaban al velódromo tras más de 250 km con la convicción de que al año siguiente estarían de nuevo en la salida.