El momento que explica un Tour de Francia histórico
La pasada edición de la Grande Boucle fue una de las mejores de siempre. Y, a veces, las mejores carreras se pueden explicar con un solo instante.

La ascensión al Col du Granon es sobrecogedora. Una lengua de asfalto eterna, estrecha y empinada; Alpes arriba, sin límite, hasta coronar en ningún lugar. "En el corazón de los gigantes", reza una lona sita desplegada sobre el techo de un inhóspito refugio. 200 metros verticales más arriba de esa leyenda, un grupo de militares vestidos de camuflaje observan en silencio el montaje de vallas y la marabunta de aficionados que han invadido el yermo paisaje de sus prácticas. Son testigos mudos de la historia del Tour de Francia.
Más y mejor perspectiva que los 2413 metros de altitud la ofrece el tiempo. Han pasado ya tres meses de su finalización y no hay duda: la edición 2022 de la Grande Boucle es Historia. Sus protagonistas se hicieron grandes en ella. Un gran campeón, Tadej Pogacar, halló la derrota que necesitaba para magnificarse. Una perfecta Cenicienta, Jonas Vingegaard, encarnó la edificante historia del aspirante aupado al éxito por un trabajo de equipo excepcional. Un talento histórico, Wout van Aert, certificó ser el auténtico superclase de esta década. Pero, por encima de todo, el espectáculo. Casi todas las etapas contaron con estrategias avezadas, en unas ocasiones furiosas y en otras, sublimes. Casi todos los escenarios (Dinamarca, Arenberg, Galibier, Granon, Val Louron, Spandelles, Hautacam) sumaron páginas de oro para su leyenda. Revivir todo lo memorable que nos regaló el pasado Tour de Francia requeriría mil Relevos, así que concentremos nuestra vista en un momento que lo explica, prácticamente, todo:
Pocas fotos resumen tan bien todo un Tour de Francia como ésta de Bernard Papon para L'Équipe. Está tomada en el sector entre el Col du Télégraphe y Valloire, pie del Col du Galibier. Mañana os hablo un poquito de ella en @relevo... pic.twitter.com/T1nBbL99JT
— Fran Reyes (@FranReyesF) October 26, 2022
Está tomada en la 11ª etapa, eje del Tour de Francia 2022 tanto por ser su ecuador exacto como por ser la jornada reina, con un coloso de sobra conocido (el Col du Galibier) y otro que los favoritos hubieron de reconocer (el Col du Granon) porque, tan ilustre como esquivo, sólo había sido afrontado por la Grande Boucle una vez, en 1986, con victoria del español Eduardo Chozas. Entre ambos sumaban 41 kilómetros de subida en los 80 finales de la etapa; 12 de ellos por encima de la barrera psicológica y fisiológica de los 2000 metros. Tres horas de esfuerzo máximo casi ininterrumpido.
Regresando a la fotografía, está tomada en un breve repecho dentro del también breve descenso que conecta la cima del Col du Télégraphe, cresta intermedia del Col du Galibier, con Valloire, pie del puerto alpino más utilizado a lo largo de la historia del Tour. En ella aparecen, de derecha a izquierda, Christophe Laporte, Primoz Roglic, Tadej Pogacar, Jonas Vingegaard y Carlos Verona.
Cuando Christophe Laporte, 75 kilos de trotón, vio atacar a sus compañeros en la cima del Col du Télégraphe para atraparle y que les hiciera ese descenso a toda velocidad flipó. "Conforme llegaban a mi rueda, me dije que estábamos viviendo una etapa de locura", contó en L'Équipe. "Llevábamos preparando este día desde el invierno, y la estrategia parecía de PlayStation. Pero bueno: había que pedalearla".

El dominio de Jumbo-Visma en el pasado Tour de Francia no fue tan físico como estratégico. Por supuesto, la estrategia necesita de unos ejecutores que la hagan buena y, en esto, el conjunto neerlandés tenía el lujo de contar con un Wout van Aert que "vale por siete corredores", en palabras de Tadej Pogacar, y es "mitad humano mitad máquina" según Primoz Roglic. Él, Van Aert, fue quien atacó en el banderazo de salida en aquella etapa del Granon, quien rodó escapado toda la etapa marcando su ritmo sin importarle quién hubiera a su rueda, quien esperó a Roglic en el descenso del Galibier para devolverle al grupo de favoritos, y quien aplicó un ritmo implacable para impedir la tregua en espera de la subida final. También rompió a Pogacar en Hautacam, salvó los muebles de Vingegaard en el pavé y fue esencial en la escaramuza que evidenció la debilidad de UAE Team Emirates en Cap Blanc-Nez.
No obstante, se impone mirar más allá del gigante de Herentals. Con sus ardides tácticos, Jumbo-Visma logró llevar siempre la iniciativa y que un rodador puro como Laporte fuera útil en una etapa de altísima montaña. Más importante todavía, jugó la baza de un Primoz Roglic (el segundo de la foto) debilitado por la durísima caída sufrida en la jornada de adoquines de forma magistral. Nada menos que ocho ataques asestó el esloveno ese día; ocho aceleraciones, ocho agresiones, ocho momentos de estrés a los que debió responder Tadej Pogacar en primera persona. Dos años después del cataclismo de La Planche des Belles Filles, Roglic fue esencial para despojar a su compatriota del maillot amarillo, consiguiendo para su equipo lo que no pudo ganar para sí mismo. Cuatro días más tarde, con la misión cumplida y la espalda rabiando, se marchó a casa.

El tercer elemento de la foto es Tadej Pogacar. Solo. Con su UAE Team Emirates mordido por la Covid-19, hubo de plegarse a los designios de Jumbo-Visma. En el Galibier trató de sobreponerse a lo campeón, tirando de piernas y raza, respondiendo al fuego con fuego. Particularmente reveladores fueron esos kilómetros hacia la cima del coloso en los que tiraba, tiraba y tiraba con Jonas Vingegaard a rueda, alejándose de sus compañeros creyendo que así se acercaba al triunfo.

Tanto se aisló Pogacar aquel día que acabó ahogándose en líquido elemento. "Bebí demasiados bidones de agua y olvidé tomar isotónico", reconoció en la televisión eslovena. Pifió la hidratación. El elevado ritmo del ciclismo actual ha provocado que, hoy por hoy, el entrenamiento digestivo se cuide tanto como el físico: hay que enseñar al cuerpo a pedalear rápido, sí, pero también acostumbrarse a ingerir y asimilar los nutrientes que le permitirán desarrollar su esfuerzo durante horas. "El ciclismo es un juego de nutrición, y aquel día me fallaron los cálculos", asumió Pogacar en una reciente entrevista con Cyclingtips.

Para castigar el fallo del campeón saliente y hacer buena la estrategia de Jumbo-Visma estuvo el cuarto elemento de la imagen de Bernard Papon, Jonas Vingegaard. El danés ejerció de perfecto estilete en el Tour de Francia, infligiendo 2'51" a Pogacar en el Col du Granon y otro 1'04" en Hautacam para, en el resto de etapas, resistir sus acometidas bien amparado en su potente equipo. Mucho se habló, especialmente una vez certificada su victoria, de la supuesta debilidad mental de Vingegaard. La realidad es que, si hubo un momento para que el danés se viniera abajo, fue en esa semana final a la que llegó mermado por una dura caída camino de Carcassonne y rodeado del nerviosismo de una escuadra de sino perdedor. No lo hizo. Ganó. Y después no hubo colapso sino, simplemente, un merecido reposo del guerrero entre su hogar y Málaga.

El quinto elemento de la foto, Carlos Verona, alberga una clave oculta; uno de esos instantes decisivos que embellecen el deporte mucho más que cualquier relato sesudo y elaborado. En el momento retratado por Papon, el ciclista de Movistar Team mira hacia atrás: él ha sabido saltar al ataque de Roglic en la cima del Col du Télégraphe, pero su líder Enric Mas no. Ahora sabemos perfectamente qué le ocurría a Mas: una crisis personal y deportiva cuya mecha prendió definitivamente ese día.

A rueda de Verona venía Marc Soler, compañero de Tadej Pogacar en UAE Team Emirates, que también había estado atento al movimiento de Roglic. Cuando Verona dudó, Soler también lo hizo. Se abrió, cesó de pedalear y decidió esperar a los dos coequipiers que venían a unos pocos metros tratando de suturar el hueco que Laporte abriría. Pogacar quedó aislado, aunque kilómetros más tarde Soler volviera a su par. El resto es Historia.