TOUR DE FRANCIA

La religión francesa del 14 de julio en el Tour de Francia

En el día de su fiesta nacional, exploramos el sentimentalismo que se vive en la 'Grande Boucle' desde el seno de uno de los equipos más significativos del país: AG2R Citroën.

Corredores del AG2R tiran del pelotón. /Reuters
Corredores del AG2R tiran del pelotón. Reuters
Nacho Villarín

Nacho Villarín

El laicismo es un concepto histórico al otro lado de los Pirineos, arraigado desde la Revolución y desarrollado después por la Tercera República, y por ende uno de los principios fundamentales de su constitución. El Estado se mantiene neutral en materia de fe. Salvo a estas alturas del año, cuando se aviva el verano y empieza a atizar el calor pegajoso de julio. Entonces, el país se concede una licencia espiritual para dejarse llevar en comunión por el fervor popular del Tour. Mucho más que una carrera ciclistas: una religión mayoritaria en Francia.

Lo que se concibió a principios del S.XX como la primera competición por etapas de la historia (una idea revolucionaria encaminada a vender más periódicos, donde se ensalzaban las hazañas inhumanas de aquellos aguerridos ciclistas que agonizaban sobre sus pedales; les forçats de la route, los forzados de la ruta, como les bautizó el célebre periodista Albert Londres), cautivó tanto al público que empezó a convertirse en doctrina.

Con el paso de los años, el Tour se popularizó rápidamente y fue ganando cada vez más adeptos por toda la geografía francesa, hasta que lo llegaron a encumbrar como un motivo de culto, un símbolo nacional y de exaltación patriótica, que tiene mucho que ver con la grandeur y la identidad cultural de allí.

Es la carrera ciclista más prestigiosa del mundo, un fenómeno de masas de dimensiones planetarias, que trasciende fronteras y pivota sobre otros países desde hace décadas. Aún así, la esencia del Tour prevalece siempre: sigue siendo Francia en sí misma, la obra magna de este deporte, y, ante todo, la razón de ser (un giro idiomático, por cierto, proveniente del francés) para cualquiera de los ciclistas y equipos franceses que hoy, 14 de julio, celebran con júbilo en la carretera el día nacional. Entre ellos, el AG2R Citroën, uno de los conjuntos galos más representativos, con el que Relevo ha podido vivir una etapa desde el corazón de la Grande Boucle.

Motivos de un sentimiento

Basta con saludar a algunos de sus miembros al llegar al paddock, imbuidos aún por el regionalismo del village y de todos los productos de proximidad que promocionan allí, para percibir al primer golpe de vista que este es su leitmotiv. Corredores, directores, mecánicos, masajistas… Todos han devenido en lo que ahora son porque profesan del primero al último la fe del Tour.

Como cualquier vocación, un día que la carrera se reveló ante cada uno en todo su esplendor, y desde entonces consagraron su vida a este deporte. Es inherente a ellos, lo llevan tatuado a fuego en el alma, alguno incluso sobre la piel: Julien Jurdie, uno de los directores deportivos del AG2R Citroën Team, ha desvelado con orgullo en la serie producida por Netflix Francia sobre el pasado Tour todos los tatuajes de temática ciclista que decoran su cuerpo.

Va transcurriendo el recorrido del día dentro de uno de los coches del equipo: un Citroën C5 X, por supuesto de fabricación nacional. En cada uno de los pueblos por los que transita la etapa se vive una fiesta: cadenetas, música popular, y una muchedumbre agolpada en las calles que vibra y aplaude al paso de la carrera. Sólo nos concedemos alguna parada puntual para vaciar la vejiga deprisa y seguir a toda velocidad, que hay que llegar con margen al punto de avituallamiento. El ritmo de la caravana, como el del pelotón, es demencial. Comemos en marcha (el conductor también) un táper de ensalada con pepinillos, y de postre (cómo no) una tartaleta de manzana.

Todo muy francés. El sentir general dentro del coche, también: aunque el líder del equipo sea australiano (Ben O'Connor, cuarto clasificado del Tour hace dos años), apenas se escucha por la emisora una sola palabra en inglés.

Alguno lo podría tildar de chovinismo, pero realmente la idiosincrasia de los equipos franceses acostumbra a regirse por estos preceptos. De los 29 ciclistas que integran actualmente la estructura, fundada a principios de los 90 por el ex ciclista alpino Vincent Lavenu, la gran mayoría son franceses (17), y el cuadro deportivo también. Apenas conciben otro escenario diferente, también porque el público reclama que sea así. Llevan el Tour en el ADN, es su filosofía de vida y la profesan en su lengua materna entre gente de su mismo país. La tradición no admite otra interpretación.

Siempre que la carrera pasa por la región de la que es oriundo alguno de sus corredores, el equipo pedalea en loor de multitudes. Históricamente, el espectáculo está concebido de esta manera. Esos son los motivos de un sentimiento llevado al éxtasis en 2016 y 2017, cuando el equipo subió al podio de París con Romain Bardet. Un ciclista criado a los pies del Puy-de-Dôme (donde Pogacar dio el domingo su último arreón a Vingegaard hasta ahora), dotado entonces de los atributos necesarios para postularse como el nuevo Mesías que ansía su patria desde que Hinault conquistó en el 85 su último Tour. El número 36 para Francia, al frente de la estadística todavía, con 21 ganadores distintos pese a una sequía que se prolonga desde hace tres décadas.

Aún así, ni el AG2R Citroën Team ni los demás equipos de referencia del país pierden la esperanza. Tampoco la ilusión. Ni por supuesto la fe. Ganen o pierdan, su vida no cambia: pase lo que pase, de un modo u otro, seguirán aquí. "C'est le Tour", afirma de soslayo, con gesto resignado, el mecánico que viaja en las plazas traseras, rodeado de enseres, después de bajarse del coche para sustituir una rueda pinchada. Esta es su religión. Es el Tour.