La tumba de Marco Pantani, 20 años después de su muerte: un 'secreto' entre peregrinos y cicloturistas
En un deseo de rescatar las hormas ilustres de 'El Pirata', Relevo visita la ciudad natal del corredor italiano, fallecido hoy hace dos décadas.

El pasillo número 16 del cementerio monumental de Cesenatico, región de la Emilia Romaña, no alberga una tumba cualquiera. Dejando a un lado la avenida central, emerge un imponente panteón familiar que parece tener forma cilíndrica, pero en realidad es una espiral evocando el recorrido en vida de Marco Pantani, revestido éste de curvas y montañas, de escenas mágicas y empedradas, de cielo e infierno, de amor y furia. La metafórica calzada sube hasta la ansiada meta, esa que siempre alcanzó uno de los mejores escaladores de todos los tiempos. Un ángel; un poeta maldito. Un Cristo en la cruz. Cargando siempre con ella.
En el interior, un podio en mármol pide la vez justo enfrente del túmulo de su abuelo Sotero. En lo más alto aparece el nombre de Marco Pantani (13-1-1970 / 14-2-2004); el resto están vacíos. Aunque sólo hay un ganador, el pétreo epitafio delata su vida: en el escalón más alto del podio… Para siempre.
Todo está decorado con su busto, regalos y recuerdos dejados por sus fans y amigos, además de fotos con Juan Pablo II, un Marco envuelto en su clásico pañuelo amarillo y celebrando una victoria —una de las primeras— con los brazos abiertos encima de la bicicleta. Esa imagen inmortal que volvió a regalar en Les Deux Alpes un homérico 27 de julio de 1998: brazos expandidos, ojos semicerrados y rostro de sufrimiento. La escena parecía sacada de un pintor de vírgenes, un Rafael. Lo cierto es que ese Cristo en la bici Bianchi fue un presagio de lo que sucedería en el futuro. Porque la vida de Pantani siempre se escribió torcida para que, con perspectiva, se convirtiera en carne. El verbo que respiraba. "Aprieto y ataco tanto para abreviar mi agonía", solía decir tras sus gestas en el Galibier. Una detrás de otra.

Un salvador
Relevo, en un deseo de rescatar las hormas ilustres de 'El Pirata', se ha embarcado hacia su ciudad natal, esa que siempre se engalanaba de amarillo para festejar sus hazañas, especialmente el memorable doblete Giro-Tour del 98. Entonces, Cesenatico era el carnaval de Río. Hoy es un recuerdo perenne con peregrinos y turistas montando en bicicleta a lo largo de esta población santa que no para de homenajear a su mesías, su dios. Ese que atacaba siempre a cuarenta o cincuenta kilómetros de la meta. Era talento puro y visceral. Anárquico, aunque no exento de inteligencia táctica.
Lamentablemente ha pasado mucho tiempo. Quizás demasiado. Por eso, ahora que se cumplen veinticinco años de la indómita gesta y es el 20º aniversario de su misteriosa y trágica muerte (la Fiscalía habla de asesinato y descarta el suicidio), es buen momento para rescatar esas palabras que Marco dedicó a Sotero en 2002. Se encontraba en un hotel de Lieja en la previa de la Freccia Vallone. Se lo confesó a algunos periodistas: "¿Mi sueño de felicidad? Mi abuelo que me despierta a las cinco de la mañana y me lleva a pescar a un canal de Cesenatico. Cogemos mújoles y anguilas… Después agarro la bici rosa que me regaló y me pongo a escalar una subida que parece no terminar nunca. Llego a la meta tras pedalear con dolor, y descubro que al otro lado no hay nada. Me lanzo porque tengo ganas de volar…".

Con esa angustia logró el Giro, pero sobre el Tour del 98. El único italiano en vencer en Francia había sido hasta entonces Felice Gimondi (1965), quien en 2013 dijo que Marco había pagado por sus errores más que nadie, y era injusto que se censuraran sus obras de arte retando subidas bajo la lluvia. Y es que en ese 27 de julio inolvidable no sólo supuso un puñetazo en la mesa para la victoria final en los Campos Elíseos, sino que significó un salvoconducto para evitar la suspensión de la edición más tormentosa de todos los tiempos, sacudida por el escándalo Festina y el doping. Su heroicidad se impuso ante las tinieblas en París.
Su mentor Luciano Lezzi
El primer capítulo de esta aventura por la costa Adriática comienza y termina con la muerte, que para los cristianos significaba el paso hacia una nueva vida a través de la resurrección. El doblete Giro-Tour, antes de Marco, sólo lo habían logrado Fausto Coppi, Anquetil, Merckx, Hinault, Roche y Miguel Indurain. Desde entonces, el desierto.

Lo cierto es que al Pirata no se lo pusieron fácil ni Ullrich (segundo en el Tour'98) ni Tonkov, a quien retó en Montecampione atacando tantas veces hasta acabar con las energías físicas y mentales del ruso. "Marco, me vas a cabrear. Entrénate que vamos al Tour; podemos ganar". Esto fue lo que le dijo, nada más inmortalizar la maglia rosa, Luciano Pezzi, ex partisano, ex gregario de Coppi, directivo de la Mercatone y uno de los grandes mentores de Pantani, quien corrió la Grande Boucle casi sin entrenar solo para satisfacer el deseo de Pezzi, fallecido poco antes del inicio de la prueba.
La vida de Marco comenzó a truncarse un año después en Madonna di Campiglio. Entonces era el líder del Giro 99. Su cuerpo apareció sin vida en un hotel anónimo de Rimini cinco años después. Era el año 2004. Desde entonces, como Cristo, su imagen se la disputan detractores e integralistas. La bicicleta, subido con su perilla rubia, fue siempre su cruz divina. Su gran aliada, pero también su tormento. Pantani fue un ciclista, una persona que regaló amor y pasión. Amor por la vida y el ciclismo por encima de cualquier cosa. Incluso la conciencia. Nunca escondió sus yagas, sino que las convirtió en una pintura cristiana. Hoy, veinte años después, sigue siendo venerada, fotografiada, querida y admirada.