De la Fuente apaga un fuego mientras otros provocan nuevos incendios
El riojano salva su 'match ball' mientras otros enrarecen aún más el clima que se vive en la Federación.

La convivencia en los diez días de concentración de la Selección española pueden dividirse en dos grandes grupos de personas: los que han remado para lograr una tregua que ayudase en lo deportivo y quienes han seguido inmersos en su guerra de guerrillas, avivando incendios o incluso encendiendo nuevos focos de polémica.
El líder de la parte deportiva ha sido Luis de la Fuente, que llegó aquel 1 de septiembre con rostro serio antes de leer el comunicado de disculpas y se marchó de Granada con una sonrisa ("estoy feliz", dijo) y la tranquilidad del trabajo bien hecho, salvando un nuevo match ball que encarrila el camino hacia la próxima Eurocopa. El técnico riojano, en aquella conferencia de prensa de la lista, pidió perdón por sus aplausos en la Asamblea sin excusas ni justificaciones, porque él mismo se avergüenza al verse en esas imágenes, y a partir de ahí se puso el mono de trabajo para salir del parón internacional con los seis puntos en el equipaje. Desde el primer minuto de concentración peleó por aislar a sus futbolistas del ruido externo y los internacionales le han respondido con compromiso y buen juego: 13-1 de global en los partidos ante Georgia y Chipre.
Su figura queda reforzada de cara al vestuario, más allá de quienes libremente acepten o no sus disculpas externamente. En lo estrictamente deportivo, ha logrado que su idea y sus automatismos lleguen a un grupo que comienza a jugar de memoria. Por encima de todo ha formado un equipo competitivo, con hambre, que rozó la excelencia futbolística en Tiflis y sacó matrícula de honor en profesionalidad con la intensidad con la que jugaron frente a Chipre en Granada.
La parte negativa, muy presente
Al analizar al otro grupo de personas, los que siguieron enzarzados en sus guerras internas por encima del beneficio deportivo, son varios hechos negativos los que deja esta concentración. El más relevante fue la dimisión de Rubiales, que se marchó definitivamente sin respetar los códigos internos de vestuario que tantas veces defendió. Soltó la bomba en plena concentración, a pocas horas de un partido importante, y después no dudó en tuitear para anunciar la emisión de su entrevista.
Tampoco salen muy bien parados los implicados en el incidente de las botas olvidadas en Las Rozas. El departamento de comunicación se empeñó en ocultar que viajaban en un jet privado para finalmente reconocerlo, después de que Relevo lo destapase al cazar a los empleados de la RFEF introduciéndolas en el hotel Marriott de Tiflis (Georgia) de madrugada. En un momento en el que la credibilidad de la Federación está por los suelos, este tipo de incidentes ayuda más bien poco a que la gente confíe en los mensajes que llegan desde dentro.
Por último, en lo negativo, está el clima irrespirable que se ha instalado en la Federación. Muchos empleados tienen miedo a alzar la voz, mientras que otros se traicionan entre ellos con la única esperanza de salvar su posición. Hasta miembros de los mismos departamentos. Esa desconfianza colectiva la palpan los jugadores, que notan silencios incómodos. Un ambiente que evidencia la necesidad de una regeneración profunda, auténtica, porque los delfines de Luis Rubiales están muy presentes en los puestos de mando pero también en los cargos intermedios.