Una tarde infiltrados entre los ultras más peligrosos de la Euro: cabezas rapadas, gritos contra Kosovo y enterradores del Partizán
Relevo pasa dos horas junto a decenas de radicales balcánicos en la previa del partido entre Serbia e Inglaterra.

Esta es la historia de cómo dos periodistas de Relevo (y tres más de otros medios internacionales) se infiltraron durante dos horas con los ultras serbios, fueron escoltados por la Policía en un viaje del centro de Gelserkirchen al estadio antes del partido ante Inglaterra, en un tren repleto de silencio, incluso de complicidades. De cuando nada fue lo que parecía.
A las 16:00 todo es fiesta y cerveza en la Fan Zone de Serbia, ubicada al norte de la ciudad, en Bauer, donde junto a una iglesia (¿por qué siempre es junto a una iglesia?) los balcánicos orgullosos de su país cantan, bailan, saltan y beben. Pero a 20 minutos en coche se libra otra batalla. Superficial para lo que es el movimiento ultra en Serbia, una religión que llega a los colegios, una guerra de grafitis, héroes caídos y peleas que forma parte del pensamiento social. "Los serbios somos peligrosos", dice una aficionada joven, con la bandera al cuello. "Otra vez estos locos serbios", gritan.
A esos 20 minutos está el centro de la ciudad donde trasciende que ha habido una pelea con intervención policial. Sillas y mesas volando, cristales rotos. Alguna que otra herida en la cabeza. Vendas y a correr.
Dos taxis, y al centro. Uno de ellos vuela desde Düsseldorf y el otro desde esa Fan Zone que sigue en ebullición.
Al llegar, decenas de curiosos pisan los cristales del restaurante Steak House, donde se inició la pelea. Hay medio centenar de policías y un grupo amplio de aficionados serbios. En un callejón, cinco albaneses detenidos. Se hacen gestos, se desafían. Cánticos de Kosovo. Una situación controlada después de una batalla en la que ha participado, por ejemplo, el hijo del presidente de Serbia, Danilo Vucic, cuyo padre fue ultra de Zvezda y ahora su primogénito tiene vínculos con una facción del Partizán. Unas relaciones "normales" en Serbia.
Del «fuck off» a Inglaterra a la calma tensa de un tren lleno de munición
De golpe, la Policía empieza el peregrinaje con los ultras. Y estos pies siguen como uno más con la acreditación al cuello. A los costados, alrededor de cincuenta policías con chaleco antibalas, pistola, porras y mucha calma. En el centro, ultras serbios ("no estaban los más peligrosos, tenían ese mismo día una manifestación del Partizán... y otros no pueden viajar porque se les retiró el pasaporte", cuenta un periodista que conoce al dedillo la actualidad del país) y cuatro periodistas. La comitiva se acerca a Gelserkirchen HBF entre gritos obscenos a Kosovo, reacciones por alguna bandera de Albania en los balcones y mofas de algunos ingleses: "3-0", le señalaba uno de ellos. Valiente ahora. También los que esperaban la llegada del tren y vieron asomar al rebaño ondeaban las banderas inglesas ante el "fuck off" serbio.
Llega el tren 302 vacío. Solo para el centenar de ultras, los 50 policías armados y los cuatro periodistas que se unen. Los serbios llevan tejanos o pantalón de chándal, sudaderas oscuras la mayoría, cabezas rapadas o pelo corto. El más bajito mide 1,85m y sus bíceps son tan anchos como una viga de hormigón. Todos tienen tatuajes: el águila bicéfala, el emblema de Grobari, los conocidos como "enterradores" del Partizán, y otro en homenaje a Gavrilo Princip, un miembro serbiobosnio que buscaba el fin del dominio austrohúngaro y desencadenó la I Guerra Mundial.
Lo que ha hecho cada uno se desconoce, roto el pánico por una calma tensa, por el surrealismo de una situación inesperada. "¿Cómo es la policía de allí?", preguntó curioso un policía alemán, quien antes había activado un dispositivo en el momento más limítrofe del viaje. Una chispa podía prender la mecha. Después de salir de HBF, el tren se detuvo en la siguiente parada, llena de ingleses dispuestos a subirse al tren. La policía intervino para ponerse en cada puerta y evitar que se abrieran. Se dio la orden de no detenerse más. Y así ocurrió hasta el final, con las mofas de los ingleses que de vez en cuando hacían gestos desde sus coches, algún autocar o desde esas paradas en las que el tren pasaba de largo. Junto a la carretera, varias furgonetas de policía escoltaban a los ultras cuál familia real.
La charla entre la Policía y los ultras: «En Serbia es brutal»
"¿Cómo es la policía de allí?", preguntaba el policía. "Es brutal", contesta uno de ellos, que se ríe. "Hay problemas cuando jugamos Estrella Roja y Partizán... Pero ahora no, estamos con la selección", dice. "¿Y estáis muchos días?", insiste el policía. "No, solo hemos venido para este partido", contesta. Apenas hay cánticos en el tren. Los ultras están dormidos. No son ellos. Apagados en los asientos, algunos bromean con las mujeres policías. "Me gustan estos servicios eróticos de Alemania", le dice uno, mientras un ultra con gorra se acerca a hablar en serbio a los policías con la ayuda del traductor, el más sociable. Otro de ellos le coge el micrófono a un cámara y bromea que habla por él, lo hace en serbio. Y muchos se ríen.
En ese momento, el tren llega a Veltins Arena. Aguardan más policías y la peregrinación continúa junto al estadio. Chispea. Todos los espectadores se detienen y miran curiosos mientras los ultras se destensan. "¿Me hacéis una fotografía?", nos pregunta uno de ellos, con la cabeza vendada porque ha recibido uno de los golpes en la pelea. Y hacen el gesto de la Santísima Trinidad de la iglesia ortodoxa. Otra vez una iglesia.
Esa sensación de pensar que no se me caiga su móvil al suelo o que haga bien la fotografía.
La policía se dispersa. Los ultras han llegado a su destino y pudieron ver desde el estadio la derrota de su selección. Atrás quedaron dos horas junto a ellos y la policía. El animal domado en un tren después de la batalla. Nada fue lo que pareció.