Caso Rubiales: La gallina, los huevos, la mafia y la gesta de unas futbolistas

Vayamos por partes. Primero, lo malo. Luego, lo menos malo. Por último, lo bueno.
Para explicar lo malo podríamos empezar por un chiste clásico de Woody Allen. "Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina". El doctor: "¿Por qué no lo ingresa en un manicomio?". "Lo haría, doctor, pero necesito los huevos".
Todos sabemos que los presidentes de la Real Federación Española de Fútbol se creen emperadores romanos. O Al Capone. Digamos que ambas cosas. Viven en el lujo, amenazan, presionan, extorsionan, invaden lo que no es suyo (desde la Mutualidad de Futbolistas hasta unos labios femeninos) y se sienten impunes. Recuerden que el anterior presidente, Ángel María Villar, solo fue suspendido por el Consejo Superior de Deportes, tras 19 años en el cargo, cuando se encontraba ya en una celda de Soto del Real junto con su hijo Gorka.
¿Por qué la impunidad de esos tipos que en lugar de gallinas se creen emperadores? Porque quienes les eligen y pueden echarles (las federaciones regionales y representantes del mundillo del fútbol en general, 134 hombres y seis mujeres) necesitan los huevos. Es decir, el dinero. Y, en menor medida, los resultados.
Villar, presente en casi todas las corruptelas del fútbol internacional (fue vicepresidente de la FIFA y de la UEFA), aguantó casi dos décadas como aguantaban los emperadores romanos y como aguantan los jefes mafiosos: proporcionando oro y prestigio a sus leales. Respecto al oro, hay más ingresos y menos impagos. Sobre lo otro, con Villar la Selección masculina ganó dos Europeos y un Mundial; con Luis Rubiales, la Selección femenina ha ganado un Mundial y la masculina, eso que llaman Liga de Naciones.
No nos sorprendamos ahora ante el negocio del fútbol. Se trata de un ámbito bastante endogámico, ni del todo público ni del todo privado (lo cual deja un amplio margen para lo ilícito), en el que los jefazos procuran atenerse a lo que consideran "cultura de vestuario", algo tradicionalmente masculino que hoy, con mayor precisión semántica, se define como "machirulo". Esa "cultura de vestuario", de la que participa buena parte de la afición, hace milagros: fíjense que en el nivel profesional del fútbol masculino español no hay, por razones estadísticamente inexplicables, ningún homosexual.
El negocio está basado en unos muchachos, los futbolistas, que dejan los estudios demasiado pronto, se hacen millonarios demasiado pronto y empiezan a comprender la vida demasiado tarde. Por desgracia, los que comprenden antes y mejor en qué consiste la vida (y en qué consiste el fútbol) se hacen dirigentes. Y se convierten en la gallina del chiste. Sabemos que se creen intocables, que roban y corrompen: en el caso de Villar habría demasiado que contar, en el caso de Rubiales se puede acudir a las grabaciones reveladas por El Confidencial sobre comisiones y chanchullos o reflexionar sobre el hecho de que este canalla ha atribuido a Jenni Hermoso unas palabras de disculpa inventadas por él, pero necesitamos los huevos. Los profesionales necesitan dinero y prebendas; los demás necesitamos el fútbol.
(Permitan que les diga, entre paréntesis, que me siento orgulloso de que me permitan publicar en Relevo.com. Es una de las pocas excepciones dentro de una prensa deportiva mayormente dedicada a masturbar al lector-forofo y a realizar la misma práctica con los dirigentes futbolísticos, en el segundo caso de forma oral. No me extraña nada que bastantes colegas del ramo hayan comprendido lo de la mano en los huevos y el beso en la boca, como lo ha comprendido también Villar. Cosas de la euforia. Seguro que Luis Rubiales también les habría dado un pico eufórico a Zlatan Ibrahimovic o a Gennaro Gattuso).
Lo menos malo ha sido la reacción pública ante la zafiedad de Rubiales. Pese al silencio de la mayoría de las federaciones y de los clubes, la gente, aficionados y no aficionados, desde el tuitero de a pie hasta el presidente del Gobierno (un hombre que ha demostrado en otras situaciones unas tragaderas olímpicas), han expresado su asco ante las cositas eufóricas del patán. Lo que no habían conseguido ni la Supercopa de España vendida a los saudíes ni el reparto de comisiones con Gerard Piqué lo han conseguido unos gestos de mal gusto. Para el conjunto de la ciudadanía, el presidente de la Federación manchó de forma indecente la imagen de España. A veces, como ahora, la mayoría tiene razón.
De lo anterior digo que es lo menos malo, pese a ser sustancialmente positivo, porque ha empañado lo bueno de verdad: el fútbol y la victoria de la selección. Ese grupo de mujeres ha sabido unirse (con Jorge Vilda y Luis Rubiales o contra Jorge Vilda y Luis Rubiales, da igual, algo de bueno habrán hecho ambos, además de las cosas malas, para que el fútbol femenino español esté en lo más alto); ha demostrado talento y carácter y nos ha ofrecido un espectáculo maravilloso. Esas mujeres nos han hecho comprender, por fin, que jugar bien o mal, divertir o aburrir con un balón, no depende del género.
He echado en falta más información estrictamente futbolística sobre lo que ha hecho la selección, y me ha sobrado el torrente de opiniones sobre Rubiales. Es decir, a mí mismo me cansa la mayor parte de este artículo. Lo siento. Consigan el vídeo de la final, o de la semifinal contra Suecia, y vuelvan a disfrutar. Con un poco de suerte, cuando terminen de repasar esos partidazos el dinosaurio ya no estará ahí.