La involución de un buen entrenador a quien se le disparó el liderazgo

Cuando el adiós llama, el balance se precipita. A Luis Enrique, la Federación de Rubiales -es más suya que de nadie- no le renueva contrato simplemente porque un equipo que parecía tener ideas plurales y claras se ha llegado a convertir en el 'Parabrisas F.C.' y llegado a ejecutar tan mal un determinado estilo de juego, que también. A Luis Enrique se le dan las gracias por los servicios prestados, además de por no ganar ni a Japón ni a Marruecos, porque se le había disparado el autoproclamado liderazgo y pensaba que además de ser seleccionador, era presidente, director deportivo, secretario general, director de comunicación y director de recursos humanos. Y que tenía la misma potestad para formalizar la lista de convocados, que para cambiar los colores del uniforme, o para convertirse en 'streamer' en plena cita mundialista, por no citar más atribuciones que en la Federación han intentado esconder, pero que irán saliendo poco a poco.
Con Luis Enrique se marcha un notable entrenador. Lo era cuando aterrizó por primera vez; por segunda después de su desgracia familiar y no tiene por qué haber dejado de serlo por el involucionismo y fundamentalismo táctico demostrado en los últimos partidos. Su bonanza como buen técnico la había demostrado cuando sustituyó a Martino en el banquillo del F.C. Barcelona en 2014. Bien sabía él que no se le iba a comparar con el argentino, ni siquiera con Tito Vilanova, sino que todos le iban a mirar en el espejo del Guardiola de dos años antes y cambió el paso. Innovó. Aportó algo suyo al juego del equipo. Más profundidad. Menos retórica. Pases, sí, pero ganando terreno. Y si había que correr, se corría. La palabra contraataque apareció en el vocabulario futbolístico azulgrana. Aprovechó que arriba tenía a Messi, Suárez y Neymar, trasladó la zona de creación a la zona de finalización y la consigna era llevar el balón cuanto antes a los tres tenores y que ellos después se inventaran la traviata.
Ni más ni menos. Antes de llegar a su peor versión, la del 'Parabrisas F.C.' de los mil pases y un remate a puerta, la selección de Luis Enrique llegó a ser un equipo fluido, menos rimbombante. Más sobrio y sencillo. Si tenía que salir rápido, salía y si tenía que tocar para atraer, atraía. Pero, de memoria, no creo que superara nunca los mil pases como en los dos últimos partidos. ¿Qué le pasó por la cabeza a Luis Enrique para caer a esa involución? ¿Por qué no le valía Morata para ser titular contra Marruecos después de haber marcado un gol en cada uno de los tres partidos anteriores? O, ¿por qué sí le valían, sin embargo, como titulares, tres jugadores que no habían sido titulares en sus respectivos equipos? O, ¿por qué despreció la posibilidad de tener cerca a jugadores que en un momento determinado le cambiarán el aire al partido? ¿Tanto le molestaba llevar otro delantero centro? ¿O en los diez últimos minutos del partido colocar a un central de delantero y tirarle media docena de centros laterales, no frontales?
La desgracia es que nunca encontraremos respuestas a estas y otras muchas preguntas porque el Luis Enrique del futuro, en el Atlético, en la Premier, en Italia, o donde vaya, que encontrará club, seguro, seguirá sin dar cierto tipo de explicaciones, que no son precisamente carne de Twich. Lo ideal sería que aprendiera de lo que le ha sucedido en estas últimas semanas y recapacitara sobre su manera de entender el liderazgo y las relaciones personales. De su lado desaparecieron ayudantes como Roberto Moreno, Jesús Casas, José Manuel Ochotorena, José Sambade... y de los que comenzaron con él solo ha resistido Rafael Pol.
Dicho todo lo dicho, la notabilidad de Luis Enrique como entrenador debería seguir vigente y su paso la Selección y el fútbol español no tiene que haber dejado más negatividad que la del Mundial. Haber quedado eliminados en octavos ante un rival al que España tiene que ganar si quiere volver a la senda del cuatrienio 2008-12. Por lo demás, ni ha sido la primera vez, ni será la última que nos vamos de un campeonato del mundo buscando culpables desesperadamente.