OPINIÓN

Te voy a convencer de que Jordi Alba es la figura más humana de la era Messi

Alba y Messi celebrando un gol. /GETTY
Alba y Messi celebrando un gol. GETTY

No estoy de broma. Si uno quiere entender la historia reciente del FC Barcelona, pongamos la de los últimos 10 años, hay pocas figuras que la condensen tan bien como la de Jordi Alba, con todas sus aristas y complejidades. Porque Alba, con todo lo que ha supuesto la última década, ha sido el jugador más humano de todos los que han sido importantes: llegó y se hizo íntimo de Leo Messi como hubiésemos hecho todos, buscando su complejidad y entendiendo que su logros llegarían por Leo, y lloró en los vestuarios de Anfield como si fuese un aficionado más, oliendo la que se venía.

Aquellas lágrimas son el gesto fundacional de los años más negros del Barça desde que Leo Messi llegase a la primera plantilla. Significaron un punto de no retorno y dejaron preso al club de aquel estado de letargo que se alargó en el tiempo. El Barça estuvo a tres partidos de un triplete, con Alba como pieza indispensable del proyecto, y desde aquel llanto jamás volvió a estar remotamente cerca de un título europeo, con un Jordi cada vez más señalado.

Siempre que uno se marcha de un sitio es difícil poner en perspectiva lo logrado. Es cuestión de tiempo, sí, pero también de voluntad. Desde que Alba llegase al Barça hace once veranos, no ha habido en Europa tres laterales más regulares que el canterano. En su plenitud llegó a hacer de su mirada con Messi una pista de despegue para martillear al rival. No hubo nadie con ese timing. Y saber llegar a los sitios es importantísimo en esta vida. Alba era el despertador, aunque su sonido no gustase a todo el mundo.

Cuando Neymar se marchó, el vértigo de jugar sin nadie en esa banda y con un equipo envejecido le dio alas a un Jordi que se vio capaz de corretear toda la cal él solo. Con Ernesto Valverde al mando y un fútbol que cada vez tenía menos matices, Alba demostró que su energía valía por dos. No fueron Dembélé ni Coutinho los que tapasen la herida de Neymar, sino la comba de Leo para Jordi. El culer cambió el regate por el sprint, la magia por la puntualidad. Y en esa transición, de lo mágico a lo mundano, uno empezó a ver a Alba como lo que en realidad fue siempre: un lateral sin desborde ni regate, tampoco con un centro maravilloso, pero sí un sentido del momento único. No era el que mejor se desenvolvía en una fiesta, pero sí el que siempre te llenaba el vaso.

De Alves a Alba. De encontrarse en espacios reducidos y estar en permanente contacto a una relación a distancia. Messi ha sido el mejor porque ha establecido dos relaciones igual de exitosas siendo opuestas con sus dos laterales. Con Alba mantuvo una relación a distancia después de notar el calor de Alves, Bastaba una mirada para activarse y entenderse. Y esa complicidad vale un mundo.

Cuando la abundancia dejó paso a la precariedad, el culer empezó a detectar en Jordi Alba una limitación. De 2019 a 2023, y sobre todo tras la marcha de Messi, su figura fue empequeñeciéndose dentro del Barça. Jordi Alba cobraba como el mejor lateral del mundo cuando estaba lejos de serlo, como si en realidad el tiempo en el Barça se hubiese congelado. Nada avanzaba excepto que todo iba pasando. Y el Barça no paró de acumular derrotas y momentos de flaqueza y en esos momentos es cuando el aficionado recurre a nombres propios para explicar una situación. Y ninguno resonó con más fuerza que el de Jordi Alba.

Pero sería injusto cargarle a Jordi Alba una responsabilidad compartida que empieza mucho más arriba y se reparte entre el resto de jugadores. La realidad es que el pasado curso, en el día a día, siguió siendo un lateral productivo: 15 goles producidos. Este, jugando casi 2.000 minutos menos, ha producido 8. Y asumiendo un rol menor, de actor secundario, a ratos anecdótico, ha firmado un año que tendría que considerarse quizás como una de sus mejores obras: guiando y aconsejando a Balde, sin malas caras y con un rendimiento notable cuando ha tenido que rendir.

La memoria es siempre selectiva, escurridiza y traicionera. Las lágrimas de Anfield quedarán en el imaginario colectivo como uno de esos momentos que señalan y marcan a jugadores, pero es justo recordar que nadie que no fuese un genio ha tenido esta complicidad con Messi en un terreno de juego. Alba ha sido el único mortal en entenderlo. Y aunque solo fuera por esto, ya merecería una consideración a la altura.