Lo de Alemany, un puñetazo en la mandíbula

A veces parece que la felicidad molesta. Que es algo que debe erradicarse de lleno para volver a un camino tortuoso, lleno de obstáculos en los que centrar todo esfuerzo y discurso. El liderato portentoso del FC Barcelona no lleva consigo un refuerzo institucional acorde al momento del equipo, sino que la noticia de la marcha de Mateu Alemany, "Padremany", como muchos aficionados lo han catalogado por sus malabarismos, ha caído como un puñetazo ciego, salido de una esquina, en plena mandíbula azulgrana. ¿Para qué ser feliz si no tengo nada que incordie?
Los últimos cursos del conjunto azulgrana se han construido en la adversidad, en una trinchera colectiva que ha aglutinado un relato nostálgico basado en la fuerza del club como elemento herido que contenía una promesa; volveremos. Y en ese volver, que es el camino, Mateu ha sido pieza clave. Desde su birllante movimiento desprendiéndose de Griezmann el último día, algo que viendo las cifras del francés y el poco margen salarial azulgrana terminó por desahogar al Barça, pasando por las llegada de Aubameyang en invierno hasta llegar al mercado del pasado verano, con una mejora evidente de la plantilla. ¿Y ahora qué?
En las altas esferas en las que se suelen cocer estas decisiones, unas que ninguno de nosotros podemos entender, no sorprenden estos movimientos, repletos de secretismo y en las que no suele haber un solo motivo, sino varios que apuntan a una misma dirección. Lo que sorprende al ojo del aficionado es el timing. El Barça gana a Osasuna y ya puede tocar LaLiga con las manos, el equipo recupera a los lesionados e incluso se vive el debut histórico del bisoño Lamine Yamal. Es como si al culé no se le estuviese permitido soñar más de lo merecido. Recordemos que después del gol de falta de Messi ante el Liverpool, llegó Anfield. Después de Neymar siendo héroe ante el PSG, llegó el verano para arrebatar al heredero.
Lo que no se había visto todavía era al director deportivo anunciar que se presentaba un verano movidito y que el preludio fuese su marcha, como si este gesto fuese el definitivo en la condena eterna del culer una vez las cosas le van bien. Dice mucho de estos momentos que vive el club que la marcha de un ejecutivo se llore más que la de casi cualquier futbolista, porque al culer lleva tres años no en el plano futbolístico, sino en uno nuevo que converge lo económico con la pelota. Y ahí, Mateu era capital valioso.
Este verano es como el final de Succession. Todo el mundo sabe que algo muy gordo va a suceder, planea sobre el ambiente una noticia aunque nadie sepa cuál, aunque se intuya. El fin de algo que conlleve a su vez el inicio de algo nuevo. A diferencia del serial de HBO, el fútbol no termina en una cuarta temporada, sino que se expande hasta el horizonte. El culer se mueve temiendo y queriendo la baja de Messi. Temiendo y queriendo muchas cosas. Quizás por esto, en el fondo, la autodestrucción sea parte del club.