OPINIÓN

El Barça es una serie de HBO con abrazos que son puñaladas

El Barça es una serie de HBO con abrazos que son puñaladas

Toda promesa es a la vez una renuncia, y en muchos casos lo que uno deja de desear o querer ver por prometer aquello que cree más justo y noble le termina carcomiendo e incapacitando, como un pinchazo seco. Desde que Laporta aterrizó en el FC Barcelona por segunda vez, su gran baza no fue otra que la de prometer a todos los presentes que volverían a ser felices. La promesa implicaba una renuncia que todos aceptamos de buen grado porque en la vida nada es más placentero que vivir lo que uno tiene ganas de vivir. Nos entaron dosis irreales de nostalgia en vena que compramos sin pestañear, ebrios de un mundo que no queríamos aceptar. El Barça había vuelto, y con ello todo lo que implica ser del Barça: ganar, jugar bien, poseer de nuevo un relato revitalizador. Xavi como objeto final de deseo, como punto de fuga. La moneda ya estaba en el aire.

El trato solo contemplaba su éxito si Xavi terminaba por ser lo imaginado. Si entre la proyección, la cábala y el resultado definitivo no había un ápice de diferencia. Xavi no solo era un entrenador, pensar esto es ser inocente, sino el reducto final de una forma de entender la vida: con Xavi uno siempre sería superior, porque esto es lo que en su plenitud nos había enseñado en el campo. Y cuando se perdiese, en Xavi quedaría siempre un discurso salvador, como si en la derrota uno siempre puediese encontrar un argumento ganador que desluciese el triunfo ajeno y reconfortase la pérdida. Menos de tres años después, el resultado es evidente. El discurso de Xavi oscila entre lo irreal y lo excusatorio, el juego se ha enquistado de forma traumática y el culer correr el peligro de creer de verdad que es imposible hacerlo mejor. Que el es lo que hay puede aplicar para los fichajes, pero nunca para lo visto en el césped.

Como en las parejas que hace tiempo que no se soportan pero viven en una conveniencia crepuscular, lo que ha dinamitado la relación es el darse cuenta que el teatro, al fin y al cabo, nunca te dará más de lo que ya te ha dado. Que ya has gastado los días felices, los momentos de complicidad y que lo único que te ata es que a los dos os apasiona la misma música, algo que en algún momento lo fue todo y ahora ya no es nada. Xavi y Laporta beben de un optimismo desacomplejado porque, en esencia, son gente ganadora que ha tocado el cielo y se ha quedado a vivir en la cumbre, perdiendo de un tiempo a esta parte la noción de la realidad y los problemas de los mortales.

Para volver a lo más alto, que era lo que Laporta había prometido, el Barça se tenía que negar la templanza como valor de medición, abocado únicamente a la efervescencia y a un resultadismo que ha sido, con total seguridad, el mejor aval de Xavi. Si el egarense siguió este curso no fue por el juego, sino por haber ganado un doblete que le daba oxigeno y prestigio al club. No fue la afición ni el entorno quien metió presión, sino que fue el propio entrenador quien aseguró que "si no hubiese ganado LaLiga y la Supercopa, no estaría aquí", diciendo que el objetivo sería "jugar mejor" y "ganar títulos". Una vez la miel estaba en la boca de todos, cambiarlo por un puñado de sal supondría poco más que una muerte traumática.

Para recorrer los últimos meses del Barça se necesitaría una serie en HBO, porque tiene más de Succession que de otra cosa, con personajes que sonríen mientras lloran por dentro, ratificaciones que no son sino puñaladas y una aspiración universal de salvarse cada uno a sí mismo, usando al otro como escudo con el pretexto, siempre confiable, de que nadie es más culer que el otro. Que al final todo queda en familia. Bastó una reunión de dos minutos para cambiar una decisión de meses, ratificada en cada rueda de prensa como si entrenar al Barça fuese algo terrible, una penitencia penosa. En dos minutos, click. Lágrimas de Laporta, sonrisas, la palabra proyecto repitiéndose como señal de algo por cumplir, una profecía incompleta. Fueron la pareja que en medio de una ruptura deciden irse de cena romántica para que todo vuelva a su sitio, con la promesa de que todo volvería a ser como antes mientras ambos sabían que ya nada lo era y, evidentemente, nada lo volvería a ser.

Hay muchas realidades que colisionan. El Barça tiene una gran plantilla que en septiembre y octubre, con casi todos sanos, parecía no funcionar, de esperar algo que no llegaba. En mayo, sin Gavi ni De Jong y con Pedri regresando de un camino de lesiones, el equipo juega peor, pero lo que te queda es que no solo lo hace porque no tiene a quienes deberían ayudarle, sino sobre todo porque no sabe qué le pasa. Entre medias, la que fue la mejor defensa de Europa es ahora una mediocre, señal de que el éxito fue algo más emocional que táctico, más de estómago que de cerebro. El equipo tiene un problema de juego al que el entrenador ha vestido de un problema solo de áreas y competitividad, y que en caso de no saber competir, el principal responsable es el entrenador.

La realidad es que se fue Busquets y llegó Romeu, en un cambio doloroso, pero lo hizo Gündogan, que ha sido el MVP del curso para el Barça. Se fue Dembélé, que nunca ayudó a jugar mejor pero sí a hacer más jugadas, y emergió Lamine Yamal, que ha jugado mejor que el francés en cualquiera de sus anteriores temporadas. Se fue Alba y llegó Cancelo, Kessie y Xavi le dio cancha a Fermín, Eric e irrumpió Cubarsí. La plantilla es mejor y nadie en agosto apuntaba a lo contrario. La incapacidad para hacerla crecer unida a una gestión comunicativa contraproducente ha imposibilitado una evolución necesaria, y el equipo ha pasado de andar a un gateo forzado, incipiente.

El título liguero no ayudó a construir una identidad colectiva, sino que la difuminó al ser una consecución que tuvo mucho más de pasajero que de coyuntural. La eficacia sobrehumana en defensa y el rédito del unocerismo eran contraculturales porque la cultura táctica y emocional del culer y de su jugador es otra, y la sensación es que no se ha sabido agarrarla para llevar el club a su siguiente escalón, que parecía cercano.

El club decidió erguirse no desde la realidad, sino desde la ilusión. Xavi fue, como Laporta y su pancarta, un ejercicio de nostalgia a la vez que un golpe de efecto que guardaba una bala ganadora, uniendo a dos tipos triunfales y optimistas en un momento de depresión e inferioridad. Choca que ambos hayan entendido de esta forma la victoria y la derrota, con un conformismo estoico, señalando siempre el contorno del problema y nunca su núcleo, que sigue intacto. El club nunca es tan fuerte como cuando parece hundido. Recuérdenlo. Nunca se ganó más que cuando antes parecía haberse perdido todo.