REAL MADRID - LEGANÉS

La cruda historia de Lamini Fati, la nueva joya de la cantera del Real Madrid: "Nació en casa, el cordón umbilical lo corté con un cordón de zapato y unas tijeras"

El defensa, que cambio Leganés por Valdebebas en diciembre, ha necesitado mucho apoyo para conseguir jugar de blanco.

Jorge C. Picón
Salvador Fenoll

Jorge C. Picón y Salvador Fenoll

La vida no es otra cosa que tratar de salir adelante. Para algunas personas resulta sencillo, casi se da por hecho. Para otras, la cosa se pone difícil. Siempre hay que superar obstáculos, pero varía la altura de los mismos. Que se lo digan a la familia de Lamini Fati (18 años), una de las joyas recién llegadas a la cantera del Real Madrid y que juega en el juvenil a Arbeloa. El central es un portento físico que enamora a los técnicos en Valdebebas y todo su entorno ha tenido que entregarse en cuerpo y alma para que, ahora como adolescente, se acerque al sueño de dedicarse al fútbol. Padres, hermanos, entrenadores, representantes… todos pusieron su granito de arena para que, con su esfuerzo, este chico de padres africanos y criado en un humilde barrio de la capital disfrute haciendo lo que más le gusta y se acerque a conseguir el profesionalismo. La historia de muchos otros niños que, en su caso y por suerte, va viento en popa.

Relevo se planta en una cancha de fútbol de Hortaleza, un barrio al noreste de la ciudad donde se mezclan zonas de chalets millonarios y colmenas de pisos en los que las familias viven tranquilas, pero apretadas. Las nubes encapotan el cielo y los charcos embarran las calles, manchando las suelas de las zapatillas. Allí, entre bares y comercios por los que no parece pasar el tiempo, se establecieron Linda y Sayo junto a sus hijos, Sayo, Lamini y Sara. Venían de otro barrio, el de Tetuán, buscando un ambiente más amable para los tres. No hace falta pasear demasiado para descifrar que se trata de un vecindario con mucha inmigración, en el que personas de diferentes países conviven en paz mientras pelean en su día a día por conseguir un futuro.

"Hemos jugado muchas veces aquí. Cuando llegamos yo tenía 12 años y Lamini debía tener 9", dice Sayo, el mayor de los hermanos. "No hemos tenido complicaciones. Adaptarnos fue bastante fácil", añade, asegurando que el fútbol siempre les sirvió de punto en común para relacionarse con el resto de chicos y que su personalidad "atrevida" ayudó. Para ellos, igual que para el resto de la familia, Hortaleza es su "casa". Su "lugar seguro". Donde son "felices".

En esa misma cancha, de color tierra y con canastas destrozadas, que demuestran que allí el fútbol ha ganado la batalla, Lamini forjó las bases de lo que es ahora como futbolista. Los niños del barrio marcaban unas reglas sagradas, que nada ni nadie podía saltarse. "Aquí las faltas se pitan si uno acaba casi llorando o si había una herida grande. Sí no, jueguen...". Ahora, tanto Lamini como él, que juega en el humilde Sporting Hortaleza, lo llevan a rajatabla del cemento a los campos de césped.

Detrás de un sueño, jugar en el Real Madrid, hay dos padres que hicieron lo que pudieron para que Lamini lo consiguiera. Sayo llegó a Europa procedente de Guinea Bissau, aunque ya con 15 años empezó a viajar por África para llevar dinero a su casa. Se mudó a Portugal y de ahí a España, desde donde viajaba a Alemania para ganarse el pan, siempre trabajando en la construcción. Linda dejó Angola junto a unos amigos para dedicarse a lo que le dejasen: cuidar niños, limpiar casas, cocinar en restaurantes… Los dos, sin papeles, pelearon sin descanso hasta regularizar su situación.

La familia Fati al completo: Linda, Sara, Sanyo, Lamini y Sayo. Relevo
La familia Fati al completo: Linda, Sara, Sanyo, Lamini y Sayo. Relevo

"Nunca es fácil dejar tu casa porque sabes de dónde sales pero no adónde vas. La cultura, la gente, el idioma… no sabes nada", dice Sayo, que abre a Relevo las puertas de su casa. Linda, rodeada de fotos de sus hijos jugando al fútbol y premios ganados a lo largo de los años, respalda a su marido: "Los primeros fueron años muy difíciles. Ufff [suspira]. Te levantas aquí, te asomas a la ventana y piensas 'a ver si veo a un hermano'. Pero no ves a nadie. Fue muy duro", lamenta. Sin embargo, el padre de los Fati reconoce que lo que peor llevó fue algunos ataques de discriminación. "Lo viví varias veces. Al final lo asimilé, porque por más que a mí me duela, esta gente no va a cambiar. He tenido situaciones un poco desagradables. Pero tuve que agachar la cabeza y pensar que no valía la pena".

Linda y Sayo se conocieron en un local de Madrid frecuentado por africanos y, tras unos años de romance, llegaron los niños. Desde su nacimiento, Lamini demostró ser especial. Nació en casa, y no por decisión de sus padres. "Fuimos al hospital porque ella ya estaba sangrando, pero el médico nos mandó para casa porque decía que era normal. Llegamos, la dejé en casa, y me fui a la guardería a buscar al mayor. Y de repente me llama: 'El bebé ya está aquí'. Yo le decía '¿cómo que el bebé? ¿Qué bebé? Yo no te he dejado con ningún bebé'", narra Sayo.

"Cuando sales de tu casa sabes de dónde sales, pero no adónde vas"

Sayo Padre de Lamini Fati

Linda, que asiente con la cabeza validando la historia que cuenta su marido, se levantó a por algo de comer cuando, por sorpresa, Lamini empezó a salir. Se fue a la cama y allí nació, sin nadie que los asistiera. Los gritos del parto se escuchaban por todo el bloque, pero la puerta estaba cerrada y los vecinos no podían entrar. Sayo salió corriendo a casa mientras llamaba a la ambulancia y, cuando llegó, vio a Linda junto a su hijo recién nacido.

"El cordón umbilical lo corté yo. Fui a la cocina, cogí un cordón de zapato y una tijera. Até la parte del niño, la parte de ella y lo corté a la mitad. Limpié el niño y lo puse al lado. Vino la policía y me preguntó quién lo había cortado, y les dije que fui yo. Les pedía que llamaran a la ambulancia, porque la madre y el niño están bien, pero yo de la placenta no lo puedo sacar. Al rato llegó la ambulancia diciendo que se habían perdido", finaliza Sayo, que reconoce ir después al hospital para recriminar al doctor su mala praxis, aunque nunca lo encontró. Linda estaba sola y asustada. Dice que fue una suerte tener el teléfono al lado para poder llamar a su marido. "Estaba bien, no perdí el conocimiento en ningún momento. Cuando vino la ambulancia ya me llevaron al hospital. Ya demostró que era especial", bromea con una sonrisa en la cara.

Su nombre ha dado mucho que hablar. ¿Tiene algo que ver con Lamine Yamal o con Ansu Fati? La respuesta es no. El nombre, Lamini, viene del de un profeta, Muhammad Lamini, común en África. Fati es su apellido. Cuando les preguntas si les han bromeado por su apellido, no pueden contener la risa. "A mí sí", dice Linda. Sayo reconoce que conoció al padre de Ansu hacía años, de coincidir en locales de la capital y porque son de la misma tribu de Guinea Bissau -mandinga-, pero que le perdió la pista cuando se marcharon a Sevilla y sólo lo ha vuelto a ver por la televisión.

Lamini comenzó su todavía corta carrera jugando en el Unión Adarve. Ya por entonces, Linda y Sayo tenían problemas para que pudiese ir a entrenar. El trabajo les impedía llevarlo, por lo que se veían obligados a pedir ayuda a los padres de otros niños y a los trabajadores del club cuando lo necesitaban. Entre ellos, Gonzalo Cuenca, exentrenador del defensa en benjamín que destapa sus curiosos viajes en coche.

Lamini Fati, en el prebenjamín del Adarve.
Lamini Fati, en el prebenjamín del Adarve.

"Me encontré un chico muy alegre y muy educado. Teníamos la norma de chocar la mano cuando llegamos al vestuario y él te chocaba la mano y te daba un abrazo. Había situaciones en las que su familia no podía encargarse de Lamini y yo era el primero que me ofrecía. Le recogía y le dejaba en su casa. Recuerdo conversaciones muy buenas en las que pensaba que estaba hablando con un hombre mayor. Hablaba mucho de cómo competir mejor. Me daba su idea del estilo del equipo y de cómo mejorar. Hablar eso con un niño de su edad era algo impropio", cuenta Gonzalo.

Ya le veía tintes de gran jugador. Su toma de decisión, su capacidad física, su lectura de las diferentes situaciones... y siendo zurdo, lo que hacía subir su valor sobre el terreno de juego. Esto hizo que el Leganés se lanzará a por él. Lamini no quería cambiar de equipo, tal y como relata su madre. Quería seguir con sus amigos, e ir allí suponía un largo viaje todos los días para ir a entrenar. Él acabó aceptando bajo una premisa: "Si no te adaptas, vuelves al Adarve".

"Con 13 años tuvimos que enseñarle el camino a Leganés en metro"

Linda Madre de Lamini Fati

Empezó un reto para toda la familia: cómo llegar hasta Butarque teniendo sólo 13 años. "Fue un problema al principio. Tuvimos que enseñarle el camino en metro, no quedaba otra. Fueron dos días enseñándole el trayecto y ya al tercero le dije 'ahora vas tú'. Pero iba detrás de él y no me veía. Vigilando para que no bajase en una parada equivocada. Lo hizo bien. Un par de días después ya vi que iba seguro de sí mismo y le dejé ir solo", cuenta Linda.

Allí creció mucho. Los técnicos le dieron confianza y su esfuerzo hizo el resto. En esos años conoció a Carlos Rodríguez, su actual representante (de la empresa AS1), quien también resultó clave para el nivel que muestra actualmente. "Desde el primer día tuvimos muy buena sintonía y hasta el día de hoy, que parecemos una familia", comenta Carlos, que además pone en un altar a Sayo, su padre, quien más ayudó a su hijo durante su etapa en Leganés.

Lo ayuda en la gestión de su carrera Raúl Medina, exjugador del Atlético de Madrid que también trabaja en AS1. La intención de ambos es que Lamini alcance el fútbol profesional. Cuentan con que su personalidad, su humildad y su fútbol sean la clave, pero también se encargan de que no caiga en posibles 'tentaciones'. "Desde que salimos de Valdebebas se lo dijimos. 'A partir de ahora todo lo que hagas va a tener mucha repercusión'. Confiamos ciegamente en él. Le asesoramos y también sabemos que su familia es muy estricta porque saben de dónde vienen", dice Raúl.

Su evolución le llevó el pasado invierno al Real Madrid. En enero se despedía del Leganés para firmar su contrato como jugador blanco, para alegría de una familia que respira madridismo. "Es un sueño hecho realidad. ¿Cómo explicarte? [suspira]. Fue muy emocionante. Ese día no tenía permiso en el trabajo para ir y dije 'no, yo voy a ir. Luego vuelvo pero voy a ir'. Fue muy especial para todos los que estamos aquí. Sentías escalofríos", recuerda Linda, que reconoce que Lamini estaba nervioso aunque no lo quería aparentar.

Sayo acaba la entrevista con una frase que sirve para explicar lo que han vivido estos años. "Siempre ha tenido el apoyo que ha necesitado, pero el trabajo principal lo ha hecho él. El empeño de todos, de la familia". Uno de los muchos ejemplos de todo lo que luchan niños y familias en todas España y en todas las categorías persiguiendo el sueño de dedicarse al fútbol. O, aunque sea, de poder disfrutarlo.