El tren que nunca pudo coger Enrique Martín: "Que Osasuna no me dejara ir al Real Madrid fue una puñalada"
El exfutbolista navarro, 390 partidos y 82 goles como rojillo, recibe a Relevo en Pamplona para repasar, en dos entregas, su extensa carrera deportiva.

Llega con su inseparable pañuelo al cuello, saluda a los recepcionistas y pregunta por el horario de la cafetería. "Vengo de vez en cuando, pero nunca recuerdo si abren a las nueve o a las diez", confiesa. La justificación, aún sin cámaras, funciona como chupinazo de una charla que se prolongará más de dos horas en las entrañas del Hotel Iruña Park de Pamplona. "Estaría todo el día, pero tengo que dar una charla en un colegio", advierte, ya con el sol calentando las aceras, quien vistiera casi 400 veces la camiseta del Club Atlético Osasuna en la década de los ochenta. Su puntería le llevó a la Selección, donde llegó a debutar a las órdenes de Miguel Muñoz. El Real Madrid, en cambio, quedó en un sueño prohibido.
¿Dónde empiezas a dar patadas al balón?
Todo ha evolucionado mucho, pero entonces jugábamos en el pueblo. Organizábamos partiditos, nos juntábamos cuatro o cinco, los de más habilidad, y nos poníamos a jugar contra otros chavales. Cuando el dueño del balón se cansaba, se iba para casa y se terminaba el partido. Ese es el fútbol que he mamado. Poco a poco, fui creciendo y a los 14 años le dije a mi tío, Ángel Monreal, que quería hacer una prueba en los infantiles de Osasuna. Quería jugar ahí. Al menos, tener la oportunidad. A él se le encendió la luz y montó un equipo cadete en Beriain, el Iruntxiki. Empezó a captar chavales y en el primer año metí 60 goles y quedamos subcampeones de Navarra. Al año siguiente montó otro equipo, esta vez juvenil, y al tercer año fue cuando me fichó Osasuna. Recuerdo que, a cambio del pase, mi tío sacó un par de redes para las porterías, ocho balones y algunos equipajes. Era lo que había en aquel entonces.
¿Por qué delantero?
Bueno, tenía cierta habilidad, me gustaba regatear y mis jugadores favoritos siempre habían sido delanteros. Me fijaba mucho en Johan Cruyff, por ejemplo.
¡El flaco!
Es que yo también era muy delgado. De hecho, te puedo decir que llegué a tener complejo por ello. Con 14 y 15 años veía a mis compañeros y pensaba, yo no puedo ser futbolista. ¡Tenían cada pierna! Claro, y yo con estas garrillas, que me cogía los muslos y me cabían en la mano, imagínate. El complejo se me fue precisamente al ver a Cruyff y al resto de la selección holandesa: la mayoría eran flacos, estilizados, y jugaban de maravilla. Dije, ostras, pues yo también puedo ser futbolista.
Siempre quisiste marcar goles, entonces.
Fíjate, me acuerdo que en ese equipo juvenil mi padre me daba una paguilla por cada gol que metía, 25 pesetas o algo así. Hubo un día, me acuerdo como si fuera ayer, que íbamos ganando 4-0, había metido yo los cuatro goles, y nos pitaron un penalti a favor. Yo no era el encargado de tirarlos, pero le propuse a mi compañero que si me dejaba, le daba la mitad. Él me dijo, venga, vale, tíralo. Y luego le tuve que compensar, claro.
O sea que lo metiste.
Sí, sí, claro. Fue gracioso. Esas tonterías se te quedan en la cabeza. Son anécdotas, pero las recuerdas con mucho cariño.

Poco después llegas al Promesas, el filial de Osasuna.
Sí, en aquel momento el Promesas estaba en Tercera División y Osasuna en Segunda. Normalmente, el primer equipo andaba entre Segunda y Tercera. El caso es que aquella temporada el 'B' tenía problemas de clasificación y, siendo juvenil, el míster del Promesas, Ángel López, me hizo debutar en El Sadar.
Tu primer contacto con la élite.
Bueno, sí y no. En aquella época, existía la tradición del partidillo de los jueves. Todos los equipos lo hacían: el primer equipo jugaba un partido contra el filial, el juvenil o quien tocara, y de ahí sacaban el equipo para el domingo. Yo tenía 17 años y recuerdo que ya me llamaban, junto a un par de compañeros, para estar ahí. Claro, todos estudiábamos, pero yo ponía los jueves por delante de todo. Era mi ilusión, mi sueño. Me decía, no he ido a clase hoy, ya estudiaré mañana el doble. Quería jugar en Osasuna y no podía perderme esa oportunidad.
¿Cómo fue el salto del Promesas al primer equipo?
Desde los 18 a los 20 años estuve en el Promesas. Hacía las pretemporadas con el primer equipo, pero el entrenador entendía que no estaba preparado para dar el salto. Hubo una pretemporada, con 20 años, en la que los jugadores más habituales de la delantera estaban en el servicio militar, que generalmente caía en julio y agosto. Recuerdo que en esos partidos me salió todo, fue impresionante. Pero me hice una composición mental equivocada.
"Nosotros en casa nos desinhibíamos, era brutal. Nos llamaban los indios, ¡corríamos de la leche!"
Exjugador de Osasuna¿Por qué?
Porque me basé en una lógica que nacía de mi ilusión, de ver cerca el caramelo y de saber que lo había hecho de puñetera madre. Luego, claro, volvieron los delanteros del primer equipo y el entrenador confiaba en los suyos. Mi mente ahí empezó a funcionar y pensé, a ver, si habiendo hecho lo que has hecho, no te dan chance… ¡Fíjate tú qué comida de tarro!
¿Y qué pasó?
Que me caí. Me caí por completo. Acabé incluso sin jugar en el Promesas. El entrenador me decía, si no le echas más narices, no vas a jugar. Me llevé tal decepción que salía al campo, pero no lo hacía bien. Jugaba sin ganas.
¿Cuándo se dio el clic?
Hice otra pretemporada con el primer equipo, esta vez en Bulgaria, y a la vuelta el entrenador me dijo que nada, que no contaba conmigo. Me cedieron al Tudelano, justo cuando se formó la 2ªB, con el grupo norte y el grupo sur. Jugué de centrocampista y metí ocho goles. Bueno, estuve bien, sin más.
Y volviste.
Sí, vuelvo a Osasuna, hago otra vez la pretemporada con el primer equipo y el míster me vuelve a decir que no me ve. Fue ahí cuando ya hablé con el secretario técnico de entonces y le dije, oye, por favor, búscame un equipo fuera de Navarra, quiero ver realmente si puedo dedicarme a esto de manera profesional.
Y acabas en Lleida.
Eso es, allí que me fui cedido. Era la temporada 1978-79. Me río mucho recordando aquello porque luego, con el tiempo, aquel secretario técnico me reconoció que se había inventado todo lo inventable para colocarme en el Lleida. Claro, no me habían visto jugar, y el decía: "Os voy a mandar un chaval que no os hacéis a la idea el rendimiento que os va a dar… ¡Es la leche!" [ríe]. Tú imagínate, en ese grupo estaban equipos como el Córdoba, el Nástic, el Levante, el Badajoz, el Cáceres, el Ceuta… Auténticos equipazos.
Pero salió bien.
Sí, metí 22 goles y me hicieron ocho penaltis. Fue una temporada brutal. Claro, ya ahí vuelvo a Osasuna y por fin me quedo en el primer equipo. Había cogido ciertos galones. Tenía, digamos, un currículum importante que me respaldaba, y había equipos como el Espanyol que me habían intentado fichar.
¿Cómo arrancó la aventura en el primer equipo?
Al principio tenía un hándicap importante, porque cogió el equipo Pepe Alzate, que venía de entrenar a un Tercera del que se había traído a tres jugadores, entre ellos, un extremo izquierda. Entonces, mi pelea deportiva iba a ser un poco con él, porque los otros dos de ataque eran Irguíbel y Echevarría, que eran intocables y, además, cuatro o cinco años mayores que yo. La única posibilidad que tenía de entrar al once era por la izquierda.
"Acababa el entrenamiento y casi toda la plantilla iba a la zona de Estafeta a tomar el vermú"
Exjugador de Osasuna¿Cómo lo afrontaste?
Pues mira, por primera vez entró en juego el tema mental que tanto me apasiona. Así como unos años antes me había caído, esta vez me sentía muy reforzado mentalmente. Yo me hacía mi composición y decía, a ver, vengo de un grupo que es superior al de Tercera de este chico, he metido 22 goles, es cuestión de tiempo, esto tiene que caer de mi lado. Efectivamente, el primer partido no salgo de inicio, juego diez minutos, el segundo no juego, el tercero entro 15 minutos y ya me salen cositas, y en el cuarto, que recibíamos al Recreativo de Huelva, que acababa de bajar de Primera y tenía un equipazo, les pasamos por encima: ganamos 6-1, metí un gol y di tres o cuatro.
Todo, rodeado de jugadores a los que poco antes idolatrabas.
Sí, pero mira, creo que es una cultura que ha ido cambiando en Pamplona con el paso del tiempo, pero yo, cuando era espectador, veía a los que poco después iban a ser mis compañeros y joder, cómo les insultaban. ¡Las barbaridades que les decían! Yo decía, joe, es inevitable, a mí también me va a tocar.
Te fuiste haciendo.
Sí, y también con los partidillos de los jueves. Eso hizo mucho. Yo sentía que esos partidillos me fueron despejando ese efecto sorpresa, ese decir, joder, estoy entrenando con este o con el otro. Al final, de estar tantos jueves ahí con ellos, muchos del primer equipo me cogieron cariño. Acababa el entrenamiento y el 80% de la plantilla iban a la zona de Estafeta y de la Plaza del Castillo a tomar el vermú después del entrenamiento. Eso lo he vivido. Venían y me decían, venga chaval, vente con nosotros. Yo iba encantado, claro, para mí eso era lo máximo. Iba con ellos y tomábamos cervezas, pinchos… Había un ambiente estupendo. Te arropaban, te prestaban botas para jugar. Lo asimilabas todo poco a poco. Lo miras ahora y dices, ostras, cómo ha cambiado la cosa.

Fue la época en la que Osasuna se asienta en Primera.
Eso es. Vino Pepe Alzate con un sistema de juego muy diferente a lo que había sido Osasuna hasta entonces. No digo que fuera un equipo defensivo, pero sí más reservado, y Pepe trajo una actitud distinta. Siempre recordaré el primer partido... Claro, nosotros íbamos a jugar, qué se yo, con el Madrid de Santillana, Juanito, Camacho, Del Bosque, Benito; o con el Barça de Maradona, Schuster y compañía. ¡Eran equipazos impresionantes! Jugadores que poco antes estaba coleccionando en los cromos. Pues en la primera jornada, llega Pepe, y para desmitificar todo aquello, nos suelta: "Desde que se inventó la patada ahí, no hay nadie más que nadie". Se me quedó grabado.
¿Qué recuerdas de aquel año?
Nosotros en casa nos desinhibíamos. Era brutal. O sea, un año antes, en Segunda, hacíamos dos o tres goles en los primeros 15 o 20 minutos del partido. Yo aún no me lo explico. Salíamos a full, con 4-3-3 y presión muy alta. Ahora cuando hablan de la presión alta o la presión tras pérdida, eso lo hacíamos nosotros en el año 80, pero con una diferencia que era un poco putada, si se me permite, y es que el portero podía coger el balón con las manos. Tú ibas como un loco por ahí presionando, se la daban al portero, la cogía y tac, volver a empezar. Por eso creo que tenía aún más mérito. Ahora hay alguna posibilidad de que se equivoque el portero, pero entonces no se equivocaba nadie. Me acuerdo que esa temporada empezaron a llamarnos los indios o algo así, porque la verdad es que corríamos de la leche. Ahora, el día que no hacíamos gol en la primera media hora, caput. No ganábamos. Era curioso.
"Ahora dicen que El Sadar tiene un peso especial, pero con todo el respeto... ¡Me río yo!"
Exjugador de Osasuna¿Cuánto empuja El Sadar?
Bueno, es que la gente… ¡Guau! Se me ponen los pelos de punta. Vamos a ver, ahora dicen que El Sadar tiene un peso especial, pero con todo el respeto, ¡me río yo! En los ochenta, la agresividad social que había se trasladaba al campo. Nosotros salíamos a calentar y había 8.000 o 10.000 personas ya en la grada. Era terrible. Claro, pitaba el árbitro y salías como una moto. Era, puf [suspira], era disfrute cada 15 días. Ahora la gente entra a falta de cinco minutos. Parece que no hay nadie y de repente, pum, en cinco minutos se llena el estadio. Claro, de aquellas recuerdo una temporada en la que nos salvamos en el último partido de la temporada habiendo sacado solamente un punto fuera de casa. ¡Uno! ¡Tela, eh! Es cierto que la puntuación entonces era de dos puntos, no de tres, pero era curioso. Nos llamaban el equipo pijama: de andar por casa [ríe].
El público influía.
Una pasada. En nosotros, en los rivales y en los arbitrajes. En todo. La gente intervenía a full. Y cuando venían los equipos grandes no te quiero ni contar. Cuando venía el Madrid, había una atmósfera dura, fuerte, se percibía hasta al respirar. Era una prolongación de cómo estaba la sociedad entonces. Sin embargo, contra el Barcelona igual era más light. Bueno, igual no, seguro. En cualquier caso, era increíble también. La gente apoyada en las vallas, tú les mirabas y te daba hasta miedo. ¡Aun siendo en casa! Decías, aquí va a pasar algo.
Impresionaba.
Mucho. Y te digo más, contra Madrid y Barcelona, el 99% de los equipos jugaban y juegan bien. Luego, puntuar es otro tema, tienen que coincidir muchas cosas, pero sí tu te fijas en el juego, todos los equipos que se enfrentan con Madrid y Barcelona juegan fenomenal. El problema es el resto del año. Por eso siempre me ha llamado la atención el tema mental. ¿Por qué juegas tan bien el día que vienen estos dos equipos? ¿Qué te hace rendir más? Fíjate, después de mucho tiempo, llegas a la conclusión de que es el no pensar. Contra Madrid y Barça, las arengas son brutales, el ambiente que te transmite el entorno y la prensa es diferente. Y tú, lógicamente, vas con otra mentalidad, más desinhibido. Si fallas, la gente te aplaude igual. Luego, claro, como entrenador, tu gran caballo de batalla es pensar cómo transmitir eso al jugador cuando juegas contra Elche, Hércules, Cádiz o Granada.
Antes de pasar a los banquillos, a ti te quisieron equipos grandes.
Yo tuve en un momento dado la posibilidad de ir al Real Madrid, sí.
¿Qué pasó?
Bueno, se hizo una asamblea, el club no necesitaba dinero y decidieron, con el presidente al frente, que no iban a dar ese paso. No me dejaron salir.
¿Cómo lo tomaste?
Hombre, si a ti te ofrece un equipo esa posibilidad, ¡pagas dinero! Por jugar en el Madrid o en el Barcelona pagas dinero. ¿Qué más te da lo que pase después? Con que tengas para vivir, te da igual todo lo demás. Ya podrás decir siempre que has jugado allí. Y ojo, como futbolista yo estaba convencido de que hubiese triunfado. Los amigos, para reducir el golpe, me dicen: "No, joe, igual te pierdes porque Madrid, la noche...". ¡La noche y el día! Si te quieres perder, te pierdes en Madrid, en Barcelona o en Sebastopol. Y si no te quieres perder, no te pierdes en ningún sitio.
"Le rogué a la directiva que me dejaran irme, pero no cedieron. Me fastidiaron de pe a pa"
Exjugador de OsasunaTe dolió.
Evidentemente fue una puñalada, porque yo aquí estaba en lo más alto, realmente estaba muy bien. Está mal que yo lo diga, pero fue así. Le rogué a la directiva por activa y por pasiva, pero no cedieron. Qué quieres que te diga, me fastidiaron de pe a pa. Es un puñal que lo llevas toda la vida, pero claro, luego tienes que seguir viviendo y tratar de hacer de aquello un momento de orgullo.
¿Entiendes que al aficionado de Osasuna le doliera o incluso, todavía hoy, le duelan esas palabras?
Me daba igual. A ver, a mí aquí la gente me ha querido y me quiere muchísimo. Pero yo, a quien me preguntaba, le decía, oye, te voy a hacer una pregunta, si yo fuera tu hijo: ¿Qué pensarías, que tenía que ir o que no? Y la gente me decía, ya, bueno, tal... Todo el mundo se escaqueaba. Pero la realidad es que mira, yo a Osasuna le voy a querer siempre, hasta que me muera. Y creo que ellos a mí también.
¿Cómo le diste la vuelta a ese bajón anímico después de que se frustrase el fichaje?
Aquel año 82 empecé a hacer visualizaciones con Iñaki Ventura, que era nuestro médico pero también era doctor en psicología. Trabajando con él logré una cosa que en su momento no le conté a nadie porque pensé que me tratarían de loco. Yo jugaba en El Sadar y la mochila de no haber ido al Madrid era tan grande que deambulaba por el campo. Entonces, con esas visualizaciones, pasé a fijarme solo en el terreno de juego, en los jugadores del equipo contrario, en mis compañeros y en nada más. Llegué al punto de acabar un partido, entrar en la caseta, sentarme y pensar, no me he enterado si había público o no. Estaba acojonado, hablando mal y pronto. Pensaba, no sé a dónde me va a llevar esto, pero no he visto público, no lo he sentido. ¿Cómo puede ser? Me convencí de que no se lo podía decir a nadie, porque en esa época me hubiesen tratado de loco e igual hasta me hubieran internado.
Pero funcionó.
Y tanto que funcionó, sí. Me cambió todo.
Tanto que acabó llamándote la Selección española.
Fua, eso fue una cosa inolvidable. Tú imagínate lo que era para mí compartir momentos con esa gente que muy poquito antes tenía en los cromos.
¿Cómo te enteraste?
Estando en mi pueblo, en Campanas, llego al bar a la hora del telediario e iban a dar la lista de la selección. Yo, vamos, sin esperar nada. Pero empiezan: pam, pam, pam, pam... ¡Y Martín, de Osasuna! ¡Guau! Te lo cuento y todavía se me pone la carne de gallina. O sea, tú imagínate la situación.
¿Cómo es jugar en la Selección?
Indescriptible. Estuve en algún partido con la 'B' [la actual sub-21], que jugamos también aquí en Pamplona, pero con la absoluta, la primera vez fui a Málaga, contra Islandia, que jugué ocho o diez minutillos. Luego, la segunda, fuimos a Irlanda, que empatamos a tres, creo recordar. Y ahí jugué 25 o 30 minutos. Fue una sensación, a ver cómo te lo explico, porque va todo a tanta velocidad. Es uno de los momentos que más me ha costado procesar de mi vida. Yo decía, vamos a ver, aquí hay 16 tíos, que entonces iban 16, escuchando el himno nacional. ¡La Selección española! Y hay uno de un pueblo de cien habitantes que se llama Campanas. ¿Qué hago yo aquí? O sea, [piensa en silencio], todo el país, cuarenta millones de españoles, pendientes de su Selección. Y ahí había un aldeano de Campanas. Es impresionante, ¿no?
No reparaste en ello entonces.
No, claro, es que cuando estás en la vorágine, no reparas en nada. Va todo muy rápido. Ya luego con el tiempo empiezas a caer en que has jugado con esa gente. No sé, a mí por ejemplo me tocó la habitación con Arconada, y los amigos, claro, te preguntan, oye, cómo es, cómo es Arconada.... ¡Pues como tú y como yo! Pero Arconada, Satrústegui, López Ufarte, Santillana, Juanito, Camacho y todos. Son tipos como tú y como yo.
Todos futbolistas.
Eso es. Y la época no es la de ahora, eh, antes era más difícil llegar a la Selección española. ¿Por qué? Porque entonces había, creo que, uno, dos o tres extranjeros, como mucho, por cada club de Primera. Generalmente, a la Selección iban cinco, seis o siete del Real Madrid, otros cinco, seis o siete del Barcelona, y otros cuatro del Atlético de Madrid. En los tiempos que quedaron la Real y el Athletic campeones, pues de la Real iba Arconada, López Ufarte, Satrústegui, Alonso, Zamora... Normalmente, el bloque del equipo o de los equipos que estaban arriba no fallaban. Y luego iban, bueno, pues algún jugador suelto de equipos más pequeños, no sé, de Osasuna, Cádiz...
¿Supiste ya entonces que ibas a ser entrenador?
No, eso fue cuando pasó lo del Madrid. Fue un impasse hasta el punto de que me juré a mí mismo que iba a ser entrenador y que nada ni nadie me iba a cortar nada. Es decir, tú me podrías echar, pero si tú me quieres fichar y yo no quiero, te digo que no. Tú no me quieres y me echas, vale, pero no me ibas a prohibir nada. No me ibas a cortar las alas. Entonces, con 32 años, cuando ya me dieron la baja de Osasuna, me ofrecieron la posibilidad de quedarme de ayudante de Pedro Mari Zabalza en el primer equipo. Yo ahí tenía la posibilidad de ir a dos equipos, Castellón y Málaga, pero no me sentía motivado. Me dije, ahora es el momento. Quiero empezar mi carrera como entrenador.