OPINIÓN

Marcelino no está (aún) pero se siente

Miguel Ángel Tena, entrenador interino del Villarreal en el Metropolitano. /GETTY
Miguel Ángel Tena, entrenador interino del Villarreal en el Metropolitano. GETTY

El Villarreal envía desde Madrid un cariñoso mensaje subliminal a todos aquellos expertos que dicen que en el fútbol todo está escrito y que cada cosa que sucede en el verde la hemos visto muchas veces ya.

Apunten. En sólo unos días el club que dirige con mano de hierro Fernando Roig ha destituido a un entrenador (Pacheta) nada más lograr una victoria. Tras despedirle con honores por buena persona, puso a entrenar en el mismísimo Metropolitano a un debutante en Primera que lo bordó durante muchos minutos y que hoy, qué cosas, regresará a la clandestinidad de su despacho. Y, además, tiene firmado con un suculento contrato a uno nuevo, Marcelino García Toral, al que echó de mala manera hace ahora siete años y, como mandan las normas, indemnizó debidamente.

Con este panorama, la espantada de Emery a mitad de la temporada anterior rumbo a la Premier, haciendo un Juande Ramos, y los dimes y diretes con Setién, al que renovaron sin confiar porque Iraola y sobre todo Míchel (el fenómeno) dieron calabazas, parecen ya cosas menores y olvidadas. Pero en este club pasan cosas raras. Como que en toda su centenaria historia sólo haya habido entrenadores de habla hispana y ningún acento extranjero animara el vestuario (entiéndase el inglés o francés y no el chileno de Pellegrini), pese a que Roig hijo quedó prendado hace nada en una reunión con Graham Potter. Por eso, por todo lo que pueda suceder de forma tan extraña y trepidante, hoy conviene hablar de Miguel Ángel Tena. Da igual resultado. Por si no vuelve a entrenar ni un día más y cae en el olvido.

Puestos en su piel, su comportamiento ante el Atlético es digno de una mísera columna como ésta a falta de una buena subida de sueldo. Ponerse al frente de un pelotón deprimido que, además, está tan ilusionado con el regreso de Marce como temeroso porque sabe que llega con el látigo, es para valientes. Pudiendo ser un simple gestor de recursos humanos, con un discurso moderado y una puesta en escena como secundario, cogió el toro por los cuernos sin miedo alguno, tomó decisiones de peso y gesticuló, corriendo de acá para allá, como sólo veo hacer a mi madre en cada Nochebuena. Le dijeron simplemente que cubriera por unas horas una vacante -como cuando faltaba el profe de Matemáticas y ponían a entretener a la clase al de Gimnasia- y él se vació como si su futuro dependiera del resultado en una plaza de primera.

Era el escaparate de su vida. Tena, sin postureos y con naturalidad, no dejó de animar a sus jugadores. De corregir sus posiciones (sobre todo a Sorloth) e incluso de echar alguna que otra bronca (Gerard, Capoue, ahí no se arriesga el balón). Le dio para protestar de lo lindo al cuarto árbitro, para pedir explicaciones al principal, para celebrar el 0-1 como si fuera una mismísima final y para encajar el empate con el dolor de un aficionado que siente como nadie la puñalada del descuento. Al final, ya con su ejército cautivo y desarmado, tuvo tacto para quitar hierro al 3-1. El vehemente Simeone, al lado de Tena, algo así como el Fernando Vázquez del Mediterráneo, parecía un doble del siempre tranquilo Valdano.

Es un atrevido. Y no por responsabilizarse hace dos temporadas de dejar el fútbol base de la casa para suplir a Antonio Cordón, un genio de la dirección deportiva, e incluso rechazar una oferta del Lugo de Segunda porque confiaba en seguir creciendo. Más bien porque nunca dice no y se presta voluntario para cualquier causa. Como aquella temporada 2014-15 en la que era jugador del Racing de Ferrol y a la campaña siguiente, por empeño y capricho de su presidente, aceptó hacerse cargo del banquillo y poner rectos, con sólo 32 años, a los que hasta hace unos días habían sido sus compañeros y jugaba timbas de pòker.

Porque sí, Tena, director de fútbol profesional en el Villarreal, interino por unos días y jefe o al menos coordinador de los movimientos de Marcelino en el futuro, tiene sólo 41 años. Idéntica edad a la mía pero aprovechada. Buena añada para cumplir un sueño tan emocionante como fugaz. Porque pese a que todo el mundo alrededor del Villarreal pregunta a estas horas lo mismo en busca de luz -¿ha firmado ya Marcelino?-, se sabe la respuesta. Se nota, se siente su presencia. Por eso, pese a una derrota de las que no hacen tanto daño -salvo a la defensa de plastilina de las últimas semanas-, el dato es que alguno corre ya como si fuera a cobrar desde ahora por kilometraje. Lo único que falta para mejorar y volver a ser el de antes es, sobre todo, hacerlo de manera inteligente y ordenada.