FÚTBOL

El Maradona de las cárceles: "Quise secuestrar a Zola"

Fabrizio Maiello, un talento del Monza, encontró su redención en una prisión italiana gracias al amor por un balón de fútbol y un póster de la leyenda argentina.

Fabrizio Maiello, junto a su póster de Maradona./RELEVO
Fabrizio Maiello, junto a su póster de Maradona. RELEVO
Julio Ocampo

Julio Ocampo

"Recuerdo a los guardias, cuando estaba entre rejas, que andaban algo mosqueados por mi póster de Maradona. Al principio lo tenía en el muro externo, pero me obligaron a meterlo dentro situándolo en una pared lateral, contigua a la celda del compañero. Me lo compró mi padre poco antes de morir, por eso hoy sigue conmigo en casa". Así comienza a narrar su historia a Relevo Fabrizio Maiello, el hombre, el delincuente, la promesa, el bandido, el mito, el ladrón y el criminal que se resiste a estar alienado, envuelto en manidos calificativos que no hacen sino disminuir una vida, una obra proverbial.

Son las siete de la mañana de un lunes cualquiera, pero su jornada es larga. Está desmenuzada entre presentaciones de su libro, el estreno del documental sobre su vida y ocupaciones varias con su equipo de fútbol actual: la Seleçao de sacerdotes, dirigida por Moreno Buccianti: "Soy todo menos un cura, y sí me obligaron a cambiar el póster porque temían que lo usara para disuadir mi fuga. Se pensaban que era como la película Cadena Perpetua, con la inmortal imagen de Raquel Welch. No querían caer en el señuelo". Les hizo caso para que no se lo arrebataran ya que esa enorme efigie en papel del Pelusa era mucho más profunda que cualquier túnel: un catalizador de la angustia, del tormento y un salvoconducto hacia la esperanza, los sueños… Usurpados hasta ese momento.

"Mi existencia es larga. Requiere atención, empatía y comprensión", adelanta. Además, posee todo tipo de emociones condensadas en un puñado de años. "Era normal que los agentes sospechasen de mí, de mis malas conductas. Me escapé bastantes veces beneficiándome de los permisos que daban. Yo he pasado 24 años de mi vida entre cárceles -ingresó cuando era menor de edad- y manicomios criminales. Si la primera me empeoró aún más, en la segunda ya toqué fondo. Me trataron como un verdugo, me ataron a la cama. Parecía Cristo en la cruz", rememora a la vez que sugiere comenzar por el principio, el acicate de la historia.

Maiello da toques al balón con la cabeza en el exterior de la cárcel. RELEVO
Maiello da toques al balón con la cabeza en el exterior de la cárcel. RELEVO

Presa fácil de criminales

Fabrizio nace en 1963 en Limbiate, no lejos de Monza. Transcurre su infancia en Cesano Maderno junto a sus padres, de orígenes napolitanos. La zona, entonces, tenía un altísimo nivel de delincuencia, y aunque Maiello pronto se dará cuenta de que su pasión es el balón, ésta terminará por engullirlo sin pedir permiso. "Cuando comencé a jugar, recuerdo que vivíamos cerca de la banda de Renato Vallanzasca (sigue descontando cuatro cadenas perpetuas), ya sabes… La mafia, la droga que llegaba desde Sicilia, la criminalidad en los setenta, los años de plomo", afirma. "Yo tenía 16 años. Era bueno jugando al fútbol. Fui a hacer una prueba con el Milán, pero me asenté en las categorías inferiores del Monza. Era muy bueno, insisto. De hecho, me llamaban el brasileño. Ambidiestro, iba bien de cabeza, técnica, visión de juego. Muy completo".

Lo que vino después está escrito con letras de sangre, la misma que emergía de su pie cuando jugaba descalzo -el zapato ya lo había roto- en la nieve, mientras el icónico homicida Vallanzasca maquinaba algún atraco en connivencia con sus esbirros por las calles de Milán. Fue en ese contexto cuando precisamente comenzó a dar toques a la pelota. "Había un problema. Yo no era un delincuente -como muchos amigos míos- porque jugaba al fútbol. Pero no tenía un plan B. Era el fútbol o la nada"… Y ese vacío, ese precipicio que sabiamente intuía llegó cuando se rompió el cruzado. Entonces, sin los medios de ahora, el objetivo era volver a caminar correctamente. No mucho más. "Yo dormía con el balón sucio bajo las sábanas mientras mis compañeros ya disparaban o estaban en la cárcel de menores. Ahora, desde la madurez lo puedo decir: si me hubiera cogido un psiquiatra en los setenta me habría diagnosticado una obsesión, un trastorno o algo así, porque yo amaba demasiado el fútbol. Era una enfermedad, un vicio, nada normal. Tan grande era la pasión que se me hizo de noche rápido cuando me la quitaron porque repito, no había una alternativa. Depositaba demasiadas expectativas en él, y eso puede que escondiera una duda existencial", confiesa.

Sí había una alternativa en realidad, aunque quizás la menos acertada. Y es que Fabrizio Maiello, cuando el doctor le dijo de operar para recuperar sensaciones, recobrar estímulos solo para volver a andar, porque jugar al fútbol era ya una utopía…Se fugó del centro sin ningún tipo de intervención quirúrgica. También dejó la escuela y se marchó de casa. Tenía solo 17 años. "Era presuntuoso, testarudo. Hoy doy charlas en los colegios. Digo a los chavales que no me imiten. Me escapé de casa con muletas. Pensé en mis amigos, que hasta ese momento eran hinchas míos… Me decían que algún día saldrían de la cárcel para venir a verme a San Siro. Yo no sabía ser un delincuente, sólo amar el balón", subraya con crudeza.

Maiello posa con una camiseta con el nombre de Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco.  RELEVO
Maiello posa con una camiseta con el nombre de Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco. RELEVO

Los primeros robos llegaron con las muletas. Pronto comenzó a quitarle peso a la vida, a la existencia. No quería morir, pero no le importaba demasiado si sucedía. Eso le convertía en un temerario desenfrenado, más violento si cabe. Lleno de odio, de rencor, su única aspiración quedaba sorprender al boss. "Me drogaba, arriesgaba más que nadie, algo que a los capos gustaba. Tenía una pierna y media (también hoy). Me dispararon varias veces, yo también lo hice en innumerables ocasiones a la Guardia Civil italiana para intimidarla, pero no, jamás maté a nadie".

Una vez, incluso, planeó secuestrar a Zola, entonces ídolo del Parma, un diez como Maradona. El anverso de la medalla de un Maiello que por suerte esta ocasión no se atrevió. Es más, cuando se disponía a asaltar al futbolista mientras estaba estacionado con su familia en una gasolinera, le pidió un autógrafo. En realidad, era su ídolo, su sueño. Habría querido ser él, y eso le frustraba a la vez que le brindaba la oportunidad de resarcirse. "Hace poco nos reunimos con Gianfranco, y me lo agradeció. Me firmó una dedicatoria a mi libro, titulado 'En la cárcel de los locos delincuentes'. En alguna ocasión le dije que era un campeón de ojos buenos, y que su mirada inocente sirvió de detonante para que yo comenzara a cambiar mi vida. En la dedicatoria me escribió esto: Contento de que una mirada inconsciente haya servido de ayuda. A Fabrizio, con mucho cariño. Gianfranco Zola".

El fútbol, redención entre rejas

La historia de Maiello contiene socavones, callejones oscuros y flores, muchas flores. En la cárcel jugó a fútbol con camorristas y algunos capos de la Banda della Magliana, una organización criminal de matriz romana que operó en los años de pólvora en Italia. Como él mismo confiesa, en la prisión de Reggio Emilia se jugaba por tabaco, por apuestas y por collares de oro. "Yo entraba y salía porque me convertí en un ladrón serial. Cuando ingresas por vez primera te preguntan dos cosas: qué currículum tienes y si sabes jugar al fútbol. Asocian la práctica de este deporte a ser una persona pícara, despierta, astuta, lista, rápida. Paradójicamente, son valores del mundo criminal también. En definitiva, te ayuda a sobrevivir. El fútbol me salvó en la cárcel. Fue allí cuando comenzaron a llamarme Maradona", subraya no exento de orgullo.

Fue allí cuando comienza, también, a trazarse una parábola mágica hacia la libertad sacándole definitivamente de un vórtice lleno de espinas. Muchas, quizás demasiadas. "Una vez le tiré la silla a un juez y me volvieron a mandar al manicomio criminal. ¿Sabes lo que es eso?". Los manicomios de los que habla son, en realidad, centros OPG (Ospedale Psichiatrico Giudiziario). Según cuenta Fabrizio Maiello, había cinco en toda Italia, con mil pacientes aproximadamente. Se cerraron en 2015. Así fueron los renglones de su libro allí: "Estuve catorce años. Eran campos de concentración, un monstruo con dos cabezas donde contrastaban dos realidades imposibles de hacerlas cohabitar: la cura y la cárcel; los doctores con la Policía penitenciaria, que me masacraba a golpes porque era considerado potencialmente peligroso", relata sin rodeos, con displicencia. También sin pudor alguno.

El horror comienza a teñirse de rosa cuando Maiello se compromete a ayudar a Giovanni, un compañero en dificultad. Lo lava, lo cuida… Paralelamente obtiene un permiso para entrenarse con un balón en el patio. Comienza, a través del amor y la solidaridad, a encontrarse a sí mismo, a rescatar a ese adolescente que dormía con un esférico manchado bajo las sábanas… Todo eso antes de divagar por varias cárceles o alternar periodos oscuros en centros psiquiátricos con robos y daños en sus largos momentos de fugitivo. "Tengo que agradecer a la directora del OPG de Reggio Emilia -Valeria Calevro- porque me salvó la vida. En una maratón organizada en 1998 por la Unión Italiana Sport, me dejó entrenar para prepararla. Yo, sin embargo, no quería correr. Entonces me regaló un balón y decidí, en el patio, hacer el recorrido dando toques. Pasé diez años en esa pequeña jaula forjando esta disciplina, que surgió allí espontáneamente. Cuatro horas al día con sol, lluvia, nieve… Daba toques y contaba los pasos. Diez años, sin parar un solo día".

Maiello revive sus momentos dando toques en el patio del OPG. RELEVO
Maiello revive sus momentos dando toques en el patio del OPG. RELEVO

Eran los pasos hacia el Monza, para volver a su hogar, con la familia, con los amigos de la escuela. 24 passi per usciredell'inferno (24 pasos para salir del infierno, en español). No es casual que el título del docufilm sobre la vida de Fabrizio Maiello tenga que ver con esta poética de caminar con el cuero cosido al pie. 24 pasos para salir del infierno, exacto. Las zancadas que en su día fueron fallidas ahora, fuerte como estaba, eran reales. Suponía la realización de un ser humano con tantas vulnerabilidades como dotes caídos del cielo.

Libro Guinness

Hoy Fabrizo es un hombre libre. Comparte su vida con su pareja Daniela, una funcionaria del OPG. "Hace poco vi a Zola, y me agradeció enormemente no haberle raptado", confiesa despidiéndose, no sin antes subrayar -también sin ambages- los récords de su vida. "En el 98 batí el primero. Toques con derecha e izquierda hacia adelante y luego marcha atrás. Un kilómetro así. En el año 2000, también un kilómetro, pero solo con la cabeza marcha atrás. Después, cinco kilómetros con el esférico sin caer de la testa, tipo foca. ¿Sabes? Cinco kilómetros son cinco vueltas al patio de la cárcel. Fue en 2002 cuando salí por vez primera para hacer este peregrinaje futbolístico". Es el relato del alter ego del Pibe, que se perdía en la inocencia de su niñez cuando se manchaba de barro en el Centro Paradiso de Nápoles o mimaba una pelota de platino en el Pizjuán. Allí, calentando en la banda sin reparar demasiado en una vida que iba en serio porque obligaba a pactar con la moral, con el compromiso, para sobrevivir.

Maiello sostiene el esférico sobre la cabeza en prisión. RELEVO
Maiello sostiene el esférico sobre la cabeza en prisión. RELEVO

La conversación se cierra con un epitafio de agradecimiento y varias sentencias: "¡Amigo! El balón es mejor que cualquier inyección o psicofármaco. No te olvides de poner que el libro está escrito junto a Franca Garreffa (docente de sociología jurídica), y que mi gran gesta fue cuando conseguimos que a Giovanni Marione le dieran el alta del OPG en 2001".

Su íntimo amigo murió en 2008. Sin embargo, la considera su victoria más bella. "Recuerdo que una vez, en 2002, la revista GQ me sacó un reportaje de seis páginas en medio del Mundial de fútbol. Mi secreto, mi fuerza me la enseñó Giovanni. La llevo siempre conmigo". Es como la música de Mozart en Cadena Perpetua, algo así como el sonido perenne de la libertad. Es el poster de Maradona o el de Raquel Welch. "…Y sólo con una pierna y media".