La letra pequeña de un tsunami corrupto de petrodólares

Ya sabemos que el fútbol es una cuestión de dinero. ¿Tiene algún límite el poder del dinero? Esa es una pregunta retórica. La respuesta, por supuesto, es negativa: no hay límites.
Los petrodólares hicieron sus primeros tanteos en el fútbol europeo por la vía publicitaria. En 2004, Emirates, gigantesca compañía de aviación propiedad de Emiratos Árabes Unidos, empezó a lucir su nombre en la camiseta del Arsenal. Ahora, el estadio del Arsenal se llama Emirates. Y Emirates figura en las camisetas de otros clubes ilustres: Real Madrid, Milan, Benfica, Olympique de Lyon, Olimpiacos.
El siguiente paso fue la compra del Manchester City, una institución atribulada cuyo último presidente antes de la irrupción de los Emiratos era un exprimer ministro tailandés. En 2008, el jeque Mansour (miembro de la familia real y vicepresidente del país, con una fortuna estimada en 20.000 millones de euros) se quedó con el club; lo que ocurrió desde entonces resulta bien conocido. El City de Guardiola y de los gastos desmesurados es el actual campeón de Europa.
Poco después, en 2011, el Paris Saint Germain fue adquirido por Qatar Sports Investments, instrumento de la monarquía absoluta catarí. Catar tiene una extensión parecida a la de Jaén, pero flota sobre petróleo. El emir de Catar, Tamim bin Hamad al Thani, gobierna a la vez su país y el club francés. Es uno de los hombres más ricos del mundo.
Hay quien piensa que, hasta ahora, la inversión en el PSG no ha tenido éxito. Eso es discutible: conviene recordar que Catar consiguió el último Mundial tras una reunión, celebrada en 2010, entre el presidente Emmanuel Macron, Al Thani y el entonces presidente de la UEFA, Michel Platini. Al Thani se comprometió a adquirir el PSG y un montón de armamento francés a cambio del apoyo de la UEFA. Al Thani tuvo su Mundial. Aquella reunión en el Palacio del Elíseo está siendo investigada ahora por la Fiscalía Nacional Financiera francesa por sospechas de "corrupción activa y pasiva" y blanqueo de dinero. En fin, qué más da. No pasa nada. Llegará antes el título europeo que cualquier posible condena, si es que llega alguna condena algún día.
Aún tenía que entrar en escena el peso pesado de los petrodólares: Arabia Saudí. Y está haciéndolo a la manera del hombre fuerte del país, el príncipe heredero Mohamed Bin Salman, el hombre al que un exespía saudí, Saad Al-Jabri, definió como "un psicópata asesino, con infinidad de recursos y un peligro para el planeta". Quizá Al-Jabri exagerara, pero parece probado que Bin Salman ordenó el asesinato y posterior descuartizamiento del periodista crítico Jamal Kashogi. Bin Salman hace las cosas a lo bestia.
Hay que reconocer que los llantos de la Premier por la fuga de sus estrellas al desierto saudí pueden causar un cierto regocijo en todos esos países, mayormente latinoamericanos, que durante décadas han visto partir hacia Europa a sus mejores jugadores antes de ser siquiera profesionales. Al margen de esta leve "schadenfreude" (el alemán tiene la palabra perfecta para cada perversión psicológica), hay motivos para preocuparse.
El dinero es el dinero. Resulta lógico, por tanto, que tantos futbolistas de prestigio se echen en los brazos de Bin Salman. Cristiano Ronaldo gana 4,5 millones por semana. Jordan Henderson, uno de los capitanes de la selección inglesa, 900.000 dólares por semana. A Kylian Mbappé le han ofrecido dos millones diarios.
¿Quién ofrece estos salarios asombrosos? En teoría, los cuatro "grandes" equipos de la Liga saudí: Al Ittihad (Benzema, Kanté, Fabinho); Al Hilal (Neymar, Koulibaly); Al Ahli (Mahrez, Kessié, Mendy, Firmino); y Al Nassr (Mané, Fofana). En la práctica, es Bin Salman quien paga a través del PIF (Public Investment Fund) saudí. El PIF es dueño de los cuatro equipos. Viva la competición. El PIF también es propietario, desde 2021, del Newcastle inglés.
La Liga saudí no es la Liga china, aquel breve espejismo de hace unos años. Al Gobierno de Pekín (no precisamente falto de recursos) los derroches del fútbol le parecieron frívolos, puso el cerrojo y la Liga colapsó. Lo de Bin Salman, en cambio, es un proyecto político encaminado a mejorar la imagen internacional de su país, una dictadura teocrática y corrupta. Sus equipos no deben ajustarse a ningún "fair play" financiero y pueden disponer de hasta ocho jugadores extranjeros. Vistos los nombres en las alineaciones, cabe suponer que iremos acostumbrándonos a ver fútbol saudí.
Podríamos apostar sobre cuántos años harán falta para que la UEFA y la Champions League, de acreditada avidez dineraria, inviten al campeón saudí a participar en la gran competición europea. O cuántos años tardará la FIFA en conceder a Arabia Saudí la organización de un Mundial.
Yo digo que serán pocos. También digo que cuando el dinero (montañas y montañas de dinero) entra por la puerta, viene acompañado por la corrupción masiva. Y el "fair play" salta por la ventana.