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Xavi da en Netflix toda una exhibición de por qué no sigue entrenando al Barcelona

El exentrenador del club blaugrana aparece en el documental de LaLiga con todas sus contradicciones y un mensaje sobre lo duro que es trabajar en el fútbol de élite.

Xavi Hernández reacciona durante un encuentro del Barça en el Camp Nou/Getty Images
Xavi Hernández reacciona durante un encuentro del Barça en el Camp Nou Getty Images
Guillermo Ortiz

Guillermo Ortiz

LaLiga y Netflix se han puesto de acuerdo en armar un documental en el que, con pretensión épica, lo que queda claro es que nadie en su sano juicio querría dedicarse a ser futbolista profesional. Es todo un reguero de ansiedades, miedos, depresiones, inseguridades… trufado de mensajes en redes sociales y las exageraciones mediáticas a las que estamos tan acostumbrados. Morata habla de abismos y de "episodios desagradables" en su carrera, Ferran Torres no se avergüenza de consultar a un psicólogo todas las semanas y Jorgensen, el joven portero del Villarreal, se refugia en su pareja para no tener que lidiar con los silbidos constantes del Madrigal.

Todos coinciden en una sensación de desamparo que les hace humanos y ayudan a que empaticemos con ellos. Son débiles, son frágiles, son como nosotros. Dudo que esa fuera la intención de LaLiga, pero es lo que les ha salido. Y, curiosamente, no hay mayor ejemplo de ese desbordamiento vital, de esa zozobra constante que Xavi Hernández, el exentrenador del Barcelona, que, probablemente sin querer, explica en muy pocos minutos todas las razones por las que ya no sigue entrenando al equipo de su vida.

Ante todo, Xavi huye, como siempre, de la autocrítica. Nada es culpa de él. El equipo juega bien y jugará mejor. Hay algo de ambición, pero es una ambición vaga, que no se traduce en nada concreto porque, al fin y al cabo, insistimos, todo va ya perfecto. Lewandowski es el mejor delantero del mundo, los jóvenes se van a comer el campo, la pelota rueda a toda velocidad, da gusto ver al equipo… El problema, ay, es la mentalidad catalana. No ya el entorno del Barcelona, que también, sino el ADN catalán.

Ser menos competitivos

¿Y por qué es un problema? Porque los catalanes son tan perfeccionistas, que, aunque también lo hagan todo de maravilla, el propio Xavi baste como ejemplo, no es suficiente. "Siempre vemos el vaso medio vacío", dice el entrenador varias veces, obviando que, al menos el año pasado, el vaso estuvo seco de principio a fin de temporada. En esa falta de humildad, en ese alejamiento de la realidad están condensados todos los errores que le han alejado del banquillo culé: hay exigencia, sí, pero con los árbitros y el cuidador del césped. Con uno mismo, solo hay una especie de incredulidad: "Pero, ¿cómo es posible que me critiquen a mí, con lo que yo he sido?"

Y es que, ojo, lo que él ha sido también es parte del problema. Según Xavi, él jugaba tan bien al fútbol -y lo hacía, eso no lo va a poner nadie en duda-, que la gente se creía que como entrenador podía repetir los éxitos de 2008 a 2011. Empezando por el presidente. Eso le parece un listón insuperable… pero a los pocos minutos, ahí está Xavi de nuevo para explicarnos que Pedri no le envidia nada a Iniesta, que Yamal es como Messi y que Araújo hace las veces de un Puyol. Que este equipo "está llamado a hacer época".

Y aquí es donde el aficionado se pierde como suponemos que se perdió el propio Laporta. No es ya que el equipo sea bueno, malo o regular, es que pasa de ser un proyecto de futuro en el que hay que confiar -textualmente, Xavi dice: "El Barça necesita un tiempo de ser menos competitivo para ir creciendo poco a poco"- a ser la octava maravilla del mundo. Un equipo llamado a repetir éxitos y seguir "en la senda de triunfos", como él mismo afirma en la esperpéntica rueda de prensa en la que anuncia que, pese a todo, seguirá en el club la siguiente temporada.

Ya no entrena al Al-Sadd

Solo que no va a seguir, claro, eso ya lo sabemos y lo sabe el documental, que lo explica al final. Nos ha mostrado a un Xavi contradictorio, con el que uno no sabe a qué atenerse y que lo mismo mira al futuro -algo que irritó profundamente a Laporta- como hace un balance exquisito del presente. Si no fuera catalán, se diría que inmejorable. Es complicado dejar un transatlántico en manos de alguien que piensa que sigue entrenando al Al-Sadd y que las exigencias son las mismas. Sin duda, Xavi parece un buen tipo, un hombre honesto, pero que no sabe ni dónde está ni qué se espera de él.

No solo eso. Un hombre que se enfada porque no le den las gracias. Porque la gente "esté siempre pendiente del último resultado", como si eso no fuera también ADN Barça, igual que es ADN Real Madrid y ADN cualquier equipo que se gasta cada año lo que no tiene -literalmente en este caso- por pelear por todos los títulos ya… y no en un futuro quimérico. Xavi ve gigantes donde los demás vemos molinos y nos culpa por ello. No sabemos valorarle a él, no sabemos valorar a Lewandowski, no entendemos nada.

Xavi no cae en la pendiente de Morata, Ferran, Jorgensen o incluso Vinícius -que aparece muy brevemente y solo para recalcar sus problemas con el racismo- porque, de nuevo en sus palabras, "yo tengo una vida, también". Sí recalca en cualquier caso las noches sin dormir, el miedo al juicio constante, la incomprensión, la rabia por lo rápido que se consumen los triunfos y lo que cuesta sacudirse una derrota… Lo del principio, vaya: si quieren una vida plena, aléjense del deporte profesional. Un mensaje que, si se piensa, puede no ser la mejor publicidad para una liga de fútbol, pero parece bastante sensato, aunque sea de rebote.