La muerte no te respeta ni a ti, Pelé, que has sido el más grande

Pelé era del 40 y yo, del 49. Se puede pensar que nueve años son muchos para que 'el más grande' y yo coincidiéramos sobre un terreno de juego, pero coincidimos. Y bastante, esa es la realidad. La primera vez es una fecha que nunca se me podrá olvidar. Mi primer partido profesional con el Sao Bento, en el Campeonato Paulista, fue contra el Santos de Pelé. Fue en su estadio, Vila Belmiro, y yo acababa de cumplir 18 años. Era el verano del 67. Nos ganaron 4-3 y Pelé llevaba ya diez años en el primer equipo del Santos. Si tengo tan presentes estos datos es porque a lo largo de mi carrera fui refrescando la memoria y son acontecimientos que no se te pueden olvidar nunca. Estamos hablando de Pelé.
Cuando yo era un chaval, jugaba de delantero y como era habilidoso con el balón en los pies y era 'moreno' como él, muchos me llamaban Pelé. No era algo exclusivo, era muy normal que a los niños negros y regateadores se les llamara Pelé cuando no se conocía su nombre de verdad. Se pueden imaginar lo que era para nosotros que nos llamaran así. Eso sí, cuando crecí y me fui para la defensa ya nadie me llamó de esa forma. Ya era Pereira, o Luiz, como me llamaban algunos. Al año siguiente, en el 68, pasé del Sao Bento al Palmeiras y ahí la rivalidad con el Santos ya fue mayor. Estuve ocho años antes de fichar por el Atlético de Madrid y todas las temporadas nos enfrentábamos regularmente.
Para mí enfrentarme a Pelé era algo habitual. ¿Cuántas veces? 15-20... Habría que mirarlo. Nos enfrentábamos en el Campeonato Paulista, en el Brasileirao... Hasta nos enfrentamos una vez en Cádiz, en el Trofeo Carranza. Lo que sucedió en ese torneo fue inolvidable. Fue justo después del Mundial 74, el único que yo jugué con Brasil. Las grandes atracciones del cartel eran el Barcelona de Cruyff y el Santos de Pelé. El Espanyol y el Palmeiras, los otros dos equipos, parecía que íbamos de invitados y resulta que jugamos nosotros la final. El Palmeiras ganó al Barça y el Espanyol, al Santos. La final la ganamos nosotros con un gol mío de cabeza casi al final del partido. En el duelo Barcelona-Santos, ganaron los catalanes 4-1... y Pelé marcó gol del honor brasileño. Como campeones del trofeo fuimos invitados al año siguiente y fue entonces cuando el Atlético nos fichó a Leivinha y a mí.

Me han preguntado mil veces en mi vida cómo se podía marcar a Pelé y nunca supe contestar porque la verdad es que era mejor no pensarlo. Nos ayudaba que le conocíamos mucho pero, sin embargo, siempre tenía algo nuevo para sorprenderte. Cuando iba a toda velocidad y se paraba en seco, nunca sabías que hacer. Lo que siempre nos decían los entrenadores es que no le hiciéramos faltas cerca del área porque era un gran lanzador. A mí siempre me llamó la atención su salto. De cabeza se anticipaba a la jugada. Intuía los centros.
Juntos solo jugamos una vez. En la selección no coincidimos. Su último Mundial fue el del 70 y yo entonces tenía 21 años. Estuve preseleccionado en una lista de 50 jugadores, pero me venía muy grande todavía. Al Campeonato de Alemania, en el 74, Pelé ya no fue. Se había retirado de la selección después del Mundial de México. Le intentaron convencer para que viniera, pero no quiso. Nos hubiera venido muy bien porque el equipo del 70 se había prácticamente deshecho.
El único partido en el que fuimos compañeros fue en el homenaje a Garrincha en Maracaná. Fue en diciembre de 1973, unos meses antes del Mundial. Brasil se enfrentó a una selección del resto del mundo. Ganamos 2-1. Pelé marcó el primer gol y yo, el segundo. Su tanto fue inolvidable. Recomiendo que se vea porque existen imágenes de aquel partido. Recogió un balón fuera del área y se fue de cuatro o cinco rivales. Para mí, ese encuentro, aunque entré en la segunda parte, fue inolvidable por su significado. Por fin Pelé estaba en mi equipo y además era la despedida de otro de los grandes del fútbol brasileño: Garrincha.
Pelé, amigo, en estos momentos lo único que se me ocurre pensar es que la vida, o mejor dicho la muerte , no respeta a nadie. Ni siquiera a ti que fuiste el más grande de todos los tiempos. Y yo sí lo puedo decir porque te vi jugar y te tuve enfrente con el balón pegado al pie y despegando tus motores.