Messi le dice al fútbol que a veces él puede ser más grande
El argentino ha firmado el que es su gran partido con la selección anotando un gol y regalando otro en una asistencia para el recuerdo.

La primera que tocó fue premonitoria, como un mensaje encriptado: no la perderé. Recibiendo de espalda, demasiado lejos de la portería rival, Messi aguantó el sofoco de Frenkie De Jong con parsimonia, alejado del hervidero mediático que le rodea. Veías en el rostro del neerlandés un afán quirúrgico para rebañarle la pelota. Mirabas a Messi y veías la tranquilidad de un tipo que sabe que hoy se hará lo que se diga. En ese gesto, estaba el partido.
Contener a Messi es como tratar de evitar cerrar los ojos con un estornudo. Se puede intentar de mil veces, te pones ante el espejo y te dices con rostro serio que ahora sí, lo lograrás. Notas que llega y estás convencido de tu pírrica victoria. Pero el estornudo siempre te pilla mirando la negritud. Van Gaal decidió que dentro, siempre habría un jugador que seguiría a Messi y que si este recibiese lo haría lejos, de espalda y sin opción de progresar salvo que Leo inventase algo. No le regalaría ventajas. Pero no hizo falta.
En La Jugada, Messi recibe un balón cualquiera. Un control con la diestra que parece poco preciso pero que le permite ganar ese metro para zafarse de su sombra, un De Jong que lo intentó siempre. Una vez se aclara, encara a Aké, el central zurdo que le salta lejos, sabiendo que una vez Messi se gira es como cuando en Jurassic Park el T-Rex te olía: estás a su merced. El pase. Ese pase que nadie vio, ni siquiera intuyó, y que abrió una herida en el alma de todo un país, un envío tan bonito que pareció una equivocación. Ese pase eres tú a los 16 años tiritando cuando la que te gusta te da un beso a escondidas.
Ya con esa jugada, uno podía decir que Messi tenía el control emocional del partido. Y así fue. Países Bajos jugaba sabiendo que Argentina podía tumbarla en cualquier momento, como salir a por el pan con miedo a que te caiga una maceta en la cabeza. Mal negocio. Messi recibía y transformaba la ansiedad de un equipo comprimido en un mensaje de tranquilidad. Cada control era un Whatsapp de tu madre diciéndote que todo está bien, que no te preocupes. Sus compañeros se contagiaron y Argentina jugó unos grandes minutos, fluyendo y sabiendo que la carta ganadora era suya.
La historia de Messi con Argentina ha sido tan cruda, a ratos cruel, que le debía ese final de partido. Como si el fútbol advirtiese a Messi de que por muy grande que sea, él siempre lo será más. Un aviso en forma de goles dolorosísimos, de puñetazos que agrietan mandíbulas. Cuando todo parecía que iba a caerse, Messi le devolvió el revés al fútbol con un guiño. Transformó su pesadilla, esos 11 metros que tanto se le atragantan, en un gesto de reivindicación, en su alegato final. Aunque solo sea hoy, Messi le dice al fútbol que a veces él puede ser más grande.