Las memorias de Miguel Reina, el padre de Pepe: "Me fui al Atlético por una suspensión de pagos en mis empresas, el Barça no quiso ayudarme"
Miguel, leyenda de la portería del Córdoba, Barça, Atlético y Selección, atiende a Relevo antes de recibir en casa a la Roja: "Los jugadores ganan tanto que ya no tienen por qué ser simpáticos".

Córdoba.- Miguel Reina (Córdoba, 1946) interrumpirá por unas horas su plácida vida en el sur, mientras tiene repartida a la familia en Barcelona -donde jugó de blaugrana- y Madrid -donde lo hizo con el Atlético-, por la visita de la Selección. A fin de cuentas, el legendario guardameta y padre de Pepe Reina vistió los colores nacionales en edad juvenil, en la España B amateur cuando existía, en la Absoluta y hasta en el combinado militar. Todo el mundo le requiere en las horas previas al duelo ante Serbia para contagiarse de su verbo, de sus experiencia y de su gracia.
Cita a Relevo en el hotel donde se hospedan estos días Zubimendi y compañía. Seguramente para degustar una vez más el maravilloso ambiente que envuelve a un partido grande y que a él le recuerda a aquellas noches en las que ganó una Liga, tres Copas, una copa de Ferias, una Intercontinental y dos Zamoras. Hitos que han dejado huella en sus manos. Durante una hora hace un repaso a una trayectoria imponente y se emociona recordando a los que no están. Su vida, que comenzó como cocinero, pasó por las porterías de medio mundo y continuó con el trajín del comercio y la política, le tiene ahora sumido en la nostalgia que lleva con tanta humildad como naturalidad.
La Selección llega a su tierra. ¿Qué siente una leyenda internacional como usted?
Es especial para mi Córdoba y una inmensa alegría que esté aquí y que seamos anfitriones. Una maravilla. Aún recuerdo, el primer encuentro que hubo aquí con la Selección B, en el que se ganó 4-1 a Portugal o 4-0. Fui suplente de Fernández. Pero no era mi primer vínculo con España. Fui a la Selección juvenil con Eusebio Martín. Recuerdo que nos hospedábamos en el Hotel Mora, en el Paseo del Prado de Madrid. Y fuimos a jugar a Holanda. Con Rodri de segundo. Éramos tan amigos que en la selección andaluza, donde ya habíamos coincidido, jugamos media parte cada uno porque, como entonces no había cambios salvo lesión de un guardameta, nos hacíamos los lesionados.
¡Qué dice! Con la competencia que hay ahora. Mire Courtois o Lunin. O en su día Casillas y Diego López.
Pues nosotros, no. Hubo un momento en que no íbamos a ninguna selección porque realmente creían que estábamos mal. Y lo hacíamos para jugar los dos. Al final se aclaró todo. Precisamente en ese campeonato de Holanda hice de cocinero, porque es lo que yo era en el Hotel Palace de Córdoba. Me metí en la cocina en pleno campeonato del mundo Juvenil. Y lo mismo hice en la Selección Militar. Se me sigue dando bien la cocina. Jugaba en Primera en el Córdoba y mientras era cocinero. De hecho, cuando salga de aquí me comeré un rabo de toro que he dejado preparado...

¿Ha pertenecido a una generación en la que había más camaradería que ahora?
Antes era total y absoluta, sí. Todos los porteros con los que compartí vestuario fueron mis amigos y mantengo la relación. Ahora es diferente. Con todo mi respeto, y con esto no quiero herir susceptibilidades, los jugadores ganan tanto que no tienen ni por qué ser simpáticos. Antes nos lo repartíamos todo. Había competencia, y muy grande por el puesto, pero también había mucha humanidad. Me lo he pasado pipa jugando a esto.
Ha costado traer un partido así a Córdoba cuando en otros sitios la Selección repite con frecuencia. ¿Por qué?
Pues no lo sé, la verdad. No sé si son temas de la Federación, de las propuestas de las mismas ciudades... No lo sé ni quiero ocuparme de ello. Lo que sí desearía es que lo que va a ocurrir este martes, con el Serbia-España, suceda dentro dos años otra vez. Es bueno para todos. Yo, cuando estuve de concejal de deportes de Córdoba [de 2011 a 2015 por el Partido Popular] intenté traer a la Selección pero, además, montamos el mejor cuadrangular juvenil internacional del mundo. Venían los mejores equipos.
¿Qué recuerdos le trae la Selección a un internacional como usted?
Todos y cada uno de ellos. Se me va la mente ahora a mi querido padre, que él era un aficionado al fútbol tremendo y por circunstancias de la vida tuvo que emigrar a Venezuela en la época de cuando allí se jugaba la pequeña copa del mundo. [Se emociona y tiene que tomar aire] Tengo fotos de aquello, cuando Juanito Arza jugaba en el Sevilla y me trajeron un balón y todo. Aún recuerdo las señas que yo le escribía a mi querido padre en las cartas. Miguel Reina Llorente, jefe de cocina del Hotel El Pinar, Avenida Carabobo, El Paraíso, Venezuela, Caracas. Bueno, lo que iba a decirle: el ambiente que se vive en la Selección es único.
Dicen que es muy diferente al habitual de un club.
Tengo la gran suerte de ser internacional juvenil, amateur, militar, B y de la Absoluta. Y de haber estado en el Mundial de Londres en Inglaterra con Iribar y Betancourt como compañeros. He pasado por todas esas y es otro nivel. Y la verdad que estoy agradecido a Dios y a la vida por todo lo que me ha dado. Porque más allá del fútbol, tengo una familia maravillosa, con cinco hijos y ocho nietos y una mujer extraordinaria. ¿Qué más puedo pedir? Soy un afortunado en vida.
¿Todavía sigue pensando como futbolista?
A veces sí, a veces no. Quiero tener el recuerdo de lo que fui. Pero tengo que confesar que no voy a los partidos. Porque a mí lo que me gustaba era hacerlo yo. Ahora más aburro.
Jugando en el Barça y el Atlético, y siendo dos veces Zamoras, ¿no fue convocado demasiado poco con España?
Es que me topé con un monstruo que se llama Iribar. Casi nada. Y aun así fui ese Mundial [en 1966]. Por cierto, estuvimos concentrados más de un mes en Santiago de Compostela para acostumbrarnos al clima que íbamos a tener en Birmingham y cuando llegamos allí había ¡27 grados...! Tremendo. Para mí Iribar era el portero que destacaba por encima de todos. Pero mi ídolo era don Antonio Ramallets. Y luego tuve la suerte de poderlo emular y estar debajo de esos palos que él también defendió. Ignacio Izaguirre era otro, que acabó siendo mi maestro y entrenador del Córdoba, y el que me dio el bautismo en Primera. Domínguez también era una cosa... Si es que había unos porteros buenísimos.
¿Qué tal jugaba Miguel Reina con los pies y cómo se adaptaría ahora?
La jugaba bien. No tenía ningún problema. Tanto es así que en los partidos de entrenamiento me ponía delante, no me ponía de portero. La tocábamos muy bien. En los rondos nos gustaba. Me defendía. Ha cambiado mucho el estilo del portero. Ahora usan mucho los pies. No sólo para jugarla, sino para tapar. Con todos los respetos, parecen porteros de fútbol sala. Y echo de menos que ya no se sale de puños como antes. Casi nadie lo hace. No hay ni un portero que salga bien de puños. No veo a ninguno. Antes estábamos deseando que llegara una jugada de esas para sacarlos a pasear. Yo miraba al cielo y decía 'señor, que la cuelguen ya, que la cuelguen ya'. Sabía que pegando el primer puñetazo, luego ya no metía nadie la cabeza más ahí. Me los llevaba a todos por delante. Mire qué fotos...
"Yo jugaba bien con los pies; ahora se usan mucho para tapar, parecen porteros de fútbol sala. Y no hay ninguno que salga bien de puños como antes"

¿Cuáles eran sus mayores virtudes?
[Mientras va enseñando imágenes en el móvil] Tenía un poquito de todo. Era valiente en la salida, medía bien, era ágil. Y sobre todo teníamos un vestuario excepcional que era lo importante, ser compañero y amigo de todos.
Me recuerda mucho a su hijo, o Pepe a usted, en el físico y por lo que me está diciendo de la importancia que le da al buen ambiente en el vestuario.
Es que debe ser así. Es lo que queda y es lo que hace funcionar a los equipos.
¿Qué es lo que más le gusta contar a sus hijos y nietos de cuando jugaba?
No los tengo cerca y no tengo ocasión de hablar mucho de eso... Hay fotos en las que me recuerdan ellos cosas o me dicen 'abuelo, una vez te metieron un gol importante, ¿no?'. Por el famoso gol de la final de la Copa de Europa.
¿Y que les dice?
Tiro de guasa, que en eso también me parezco a Pepe, y les digo que si no hubiese sido por ese gol de Schwarzenbeck nadie se acordaría de mí. Así que mira, algo bueno saco de aquello.
Tenía este tema para más adelante, pero se ha adelantado. Ahora que está tan en boca de todos las críticas que reciben los futbolistas y la salud mental, ¿cómo vivió aquel gol en el último minuto que privó al Atlético de ganar su primera Orejona?
Aquella noche a mí me costó las lágrimas. Pero, a modo de broma, me gusta decir lo que ya le he dicho: que si a mí no me marcan aquel golazo, de mí no se acuerda nadie. Y, además, nos permitió ser campeones de la Intercontinental. ¿Le parece poco? [Risas].
Dijo que en el partido de desempate, en el que el Bayern les arrolla 48 horas después de aquel disgusto, vio cosas raras. ¿A qué se refería?
Fue terrible. Nosotros estábamos destrozados. Anímicamente y físicamente. Estamos todos rotos. En el Atlético de Madrid no estábamos acostumbrados a jugar dos partidos en 48 horas. Y más con la intensidad que se llevó a cabo. Ellos parecía que se habían tomado tres biberones cada uno. Era unos fenómenos los cabrones. Volaban. Demasiado. Fue una pena porque aquella Copa de Europa la teníamos ganada y desgraciadamente se nos fue en el último minuto. Quisimos aguantar el balón en un córner y yo creo que ahí nos equivocamos y teníamos que haberlo tirado fuera. El tiempo se hubiese terminado pero, claro, nadie sabía lo que le iba a esperar en el contraataque. Beckenbauer cogió la pelota, subió hacia arriba, se la pasó a Schwarzenberg y éste fue el que chutó por chutar y le salió aquel tiro al palo derecho mío y no lo cogí. Después, en ese desempate, nos metieron cuatro.
Se le caen las anécdotas de los bolsillos. Cuentan que, antes de llegar al primer equipo del Córdoba en el 64, siendo juvenil ya se subió al bus de sus ídolos en una celebración.
Efectivamente. Salí de trabajar, los vi y allá que fui porque me conocían del juvenil. Trabajaba como cocinero y empecé como pinche. Quería imitar a mi padre. Ser jefe de cocina era un cargo importante y una profesión digna y duradera, y además no pasabas hambre. Ascendí como ayudante y así más y más. Ahí conocí a dos camareras, dos señoritas que eran limpiadoras de pisos, que luego dio la casualidad que fueron las hermanas de mi esposa. Ahora el recuerdo me embarga, porque murieron con la leche del Covid [se emociona mucho].
¿Usted vive aquí solo?
Ahora sí. Los demás están en Madrid. Y vamos y venimos para vernos. Con toda mi admiración, yo no quiero vivir en Madrid porque Madrid es un sinvivir. Y eso que tengo allí a mis cuatro hijos, pero uno en cada punta. A 48 kilómetros de diferencia unos de otros. He llegado a hacer 23 paradas de metro para ir a ver a uno cerca del Metropolitano desde Barquillo, que es donde vive mi mujer. A ella sí le gusta, aunque al final esté metida en casa. Yo voy, estoy un par de días y me vengo. Mire qué vida llevo aquí: paseando a todos lados.
Pues después del fútbol, que se retiró más o menos joven, sí se quedó a vivir en la capital por los negocios...
Sí, porque la piedra angular de las grandes empresas estaban ahí. Las sedes centrales de compra como eran Galerías Preciados, El Corte Inglés, Cortefiel, Simago... Yo era proveedor de ellos. Empecé a moverme incluso antes de dejar el fútbol a los 33. Un año antes. Sabía que mi futuro tenía que ser el de comerciante e importaba.
¿Trabajó más por necesidad psicológica o por necesidad económica?
Por dinero. Era padre de tres hijos y luego vinieron dos más. Cinco en total. Y tenía un futuro por delante. Debía seguir dándole de comer a mi familia. Antes no se ganaba como para tener dinero toda una vida. Me retiré más o menos joven.
¿Hubiera podido jugar más?
Coño, estaba entero. Claro. Pero ganaba más con lo otro que con el fútbol. Me encontraba con Enriquito Collar, que también se dedicaba al tema de representaciones.
¿Qué piensa ahora cuando ve que un portero suplente de media tabla cobra un millón de euros?
Me alegro por ellos. Esto ha cambiado mucho. De hecho, quiero aprovechar el momento que me brinda y lo voy a decir muy claro: no me gustan las formas ni las maneras que el profesional tiene ahora dentro de un terreno de juego.
¿Por?
No se puede mentir tanto, no se puede engañar tanto, no se puede... Son profesionales y como tal te tienes que comportar, ¿no? Por lo menos ser enseñanza viva para los niños, para la juventud, porque ellos son vivos ejemplos de lo que quieren ser los demás. Y es una pena cómo mienten. Tocas a algunos y dan 14 vueltas.
"No me gustan las formas de los jugadores ahora: no se puede mentir y engañar tanto; son profesionales y ejemplo para los más pequeños. Es una pena"
Debutó con 18 años en Primera. ¿Qué piensa ahora cuando ve a niños como Lamine Yamal dar ese paso?
Ese es un fenómeno.
¿Es más fácil debutar ahora tan jovencito y antes era más complicado?
Hombre, difícil siempre ha sido, en todas las épocas. Porque para debutar en Primera tienes que tener calidad, obviamente. Ahora, mucha más. Y lo del niño ese es... la madre del cordero. Me encanta el cabrón.
¿Cómo recuerda su llega al fútbol profesional?
Quien me dio la oportunidad de entrenar con el primer equipo fue Roque Olsen. Luego lo tuve en el Barça, él me llevó allí. Pero en ese intervalo de tiempo con Olsen fui internacional juvenil y entonces ya podía jugar con los grandes. Y recuerdo todavía cómo fue el debut. Fuimos a Las Palmas y comenzó a jugar García. Íbamos empatados 0-0 y, a falta de cuatro minutos, hubo una falta a la altura de la línea media nuestra, centraron sobre la portería y gol. García salió de puños, falló y nos marcaron. En ese mismo momento el míster me tocó las piernas y me dijo 'Miguelín, prepárese que el domingo juega usted en Córdoba'. Ya sabía que iba a debutar una semana antes.
Imagino que no comería ni dormiría hasta que llegó el momento.
Qué va, comía y dormía como siempre. Lo que hice fue cuidarme más que nunca [risas]. Hicimos una campaña bestial. Sólo encajé un gol aquí en el Arcángel. Y fue de Ricardo Costa en propia puerta. Uno en unos 30 partidos. Dicen que otro de Di Stéfano, pero ese se lo metió a García, no a mí. Y por aquí pasaron el Madrid, el Barça y todos. Será algo único. Se ponía el estadio hasta arriba. Aquí he sido muy querido. Ídolo. Afortunadamente me han sabido aceptar mis gentes. Teníamos un equipazo, pero se fue deshaciendo porque ficharon a nuestros mejores jugadores.

Estando en el Córdoba llegó a vivir cosas increíbles que, lamentablemente, han pasado a la historia negra del club y la ciudad. ¿Cómo vivió la gran inundación de 1963?
Buff. Estaba en los juveniles y se suspendió el partido. Se quedó una cuarta así de agua. Fue una riada tremenda. Se cubrían las portadas de agua. Fue una desgracia en varias barriadas. Lo sentí, sobre todo, porque se inundaron las casas de las familias más humildes. Fue muy duro.
¿Y dónde le pilló el trágico día del accidente en el que un bus que iba al estadio cayó al río en el 64 con 11 muertos?
En la grada viendo al Córdoba. Ya estaba en la plantilla pero no estaba convocado. Jugaron Benegas y García. Cuando se produjo el accidente y la caída al río del último autobús que traía afición al estadio, los altavoces del estadio comenzaron a citar nombres para que se dirigieran a las diferentes puertas para ser informados. Fue una alarma brutal, ya que quedó todo el público pendiente de lo que había sucedido. Allí dentro no sabíamos lo que había pasado realmente y la gente se levantaba y salía para ir a la zona del siniestro. Entonces no había móviles y mucha gente temía que fueran familiares. El partido se siguió jugando, muy raro todo, y el Córdoba ganó 4-0 al Levante con Fernández de portero. La gente ni vio el partido. Muy triste.
Y cuando le arrancan de su Córdoba y se lo llevan a Barcelona, ¿cómo lo vivió? En esas edades nunca es fácil. Mire Iniesta cómo lloraba cuando dejó Albacete.
Con ese fichaje se ven todos mis sueños cumplidos. Yo juntaba los cromos de Antonio Ramallets. No le digo nada. Cuando llego allí tengo que disputarme el puesto con unos fenómenos.
¿Lo del fútbol a usted le venía de familia?
No. Mi padre no fue futbolista. Fue campeón de cross aquí en Córdoba y Andalucía. Y el pobrecito mío luego se quedó cojo. No había dinero para darnos la educación que él quería y emigró a Caracas. Se colocó y volvió cuando reunió lo suficiente para comprarnos una casa en Córdoba y algo más de dinero para arreglarla y poder al menos estar un poquito holgados. Tardó dos años y algo en regresar.
¿Ha pasado hambre?
No. Y gracias a mi padre. Llegó a venir a Barcelona conmigo junto a toda la familia. Y luego, curiosamente, iba a ver a La Masia a mi hijo Pepe cuando fichó allí y hasta a llevarle el bocadillo [llora al recordarlo]. En principio me fui solo a Barcelona y voy a una casa de una tía que vivía en Badalona. Pero en el transcurso de un mes y pico, dos meses, vi que estaban haciendo unos bloques en Les Corts. Fui a verlos y, por la proximidad del estadio, compré dos pisos allí, y aún hoy los tiene mi hermano. Me llevé a todos allí, mi padre se colocó en un hotel, me parece que se llamaba Hotel Nacional, que estaba en la Ronda de San Pedro, y allí hicimos vida. Barcelona es maravillosa. Fue entonces cuando le dije 'papá, para trabajar para otros, mírate un local donde quieras y montamos nosotros un restaurante'. Y así fue: Cafetería Restaurante Reina. Aún recuerdo que vendíamos más de 90 kilos de rabo de toro al día, que es una especialidad cordobesa. Venía gente de todos sitios a comer.
¿Y las lesiones, le respetaron? Hoy hay pánico y usted sabe de eso sabe tras romperse una rodilla.
A mí me cogió el mejor cirujano que había, don Joaquín Cabot. Rotura de ligamento cruzado. Me lo hice el primer año que ficho por el Barcelona, con 18 años o 19 años. Habíamos ido a jugar a Londres contra el Chelsea y en una de las salidas me pegaron una patada en la rodilla. Desde ahí ya empecé a encontrarme regular. La potencia no era la misma. Y un día, en un entrenamiento, a falta de cinco días para empezar la temporada, salté, caí mal y se me fue la rodilla y me rompí. Conseguí recuperarme pronto, en tres meses.
Imposible.
Ya le digo yo. Volví al poco tiempo porque me cogió el mejor doctor y porque había un monstruo de la fisioterapia que se llamaba Ángel Mur padre. Se tiraba cinco o seis horas diarias conmigo. Iba por la mañana a las nueve, nueve y media, empezaba con pesas, masajes, flexiones, pesas, bicicletas, más pesas... Y por la tarde quedaba con él otra vez para otra sesión igual o más fuerte.
¿Y quedó bien?
De puta madre. Ahora, a veces, con estos cambios de tiempo me molesta, pero lo sobrellevo. Fíjese si quedé bien que hice una gran carrera.
¿Hay más lesiones ahora que antes?
Siempre hubo. Ahora, además, lo digo con letras grandes y pronunciándome en alto: lo que hay es un abuso total y absoluto hacia el jugador. Demasiados partidos. Es una absoluta barbaridad. El jugador tiene que recuperarse. Y el jugador no es un ciclista que, con todo su esfuerzo, va sobre dos ruedas y va pedaleando, pero no carga sobre su cuerpo. El jugador sí. El jugador cae, salta, presiona y le dan. No se puede aguantar. Nosotros no fuimos capaces de hacer un buen partido en el desempate de la Copa de Europa por jugar a las 48 horas. No quiero ni imaginar si hubiéramos jugado toda una temporada cada tres días.
"Hay un abuso total y absoluto hacia el jugador; hay demasiados partidos y es una barbaridad"
¿Y había antes más 'palos' que ahora?
Palos, algunos había... [carcajada]. Por Granada me han dicho que daban... Fernández era un hijo de puta. Y Aguirre Suárez, otro. Y con toda la simpatías que les tengo, se lo digo cariñosamente. Pero es que era impresionante lo que daban. Campanal, el del Sevilla, era otra cosa. Fue campeón de salto. Un atleta. Pero los del Granada eran... A Gento le gustaba ir poco por allí. Ni por Sevilla. Y aquí, a Córdoba, tampoco le gustaba venir por lo que daban Simonet y Ricardo Costa, el canario. Cómo pegaban. Manolín Bueno, que era el suplente habitual de Gento, y uno de los tíos más graciosos que conocí, miraba el calendario a principio de temporada y decía 'Miguelín, ya sé los partidos que voy a jugar este año'. Es que en Granada le pegaron una vez a Amancio una patada que le rajó la pierna con esos clavos que había por tacos. Yo he llegado a ir a ese campo y mi compañero en el Barcelona y el Atlético Marcial Pina, que era centrocampista, se venía donde yo estaba en la portería cabizbajo y callado. Y yo le decía 'venga, sube y vete más arriba'. Y decía, 'no, no que me quieren pegar'.
Se quejaba la gente el otro día de las patadas que daba Dinamarca en Murcia a Lamine. ¿Qué les puede decir alguien que vivió la batalla de Glasgow con el Atlético?
Escúcheme... Eso fue otra cosa. Hubo un momento en que yo creí que nosotros íbamos a Glasgow a jugar a fútbol, no a decapitar. Me cago en sus muertos. Si es que la patada más pequeña la dábamos aquí [se señala el cuello]. Los videos de aquello circulan por ahí. Le pegaron una a Jimmy Johnstone aquí en el pecho para matarlo. Cómo sería que a Panadero Díaz y otros de nuestros argentinos, cuando enseñaron sus pasaportes en el aeropuerto, se los tiraron al suelo. Fuimos un poco hijos de puta. Pegamos patadas de cojones. Y Quique también dio. Panadero dio por todos lados.
"La Batalla de Glasgow", el mítico partido de semifinales de la Copa de Europa, de un lado el Celtic, del otro el Atlético Madrid del "Toto" Lorenzo y un director de orquesta de patadas, el Rubén "Panadero" Díaz. El "Ratón" Ayala no quiso ser menos. pic.twitter.com/4wTcAikxPo
— La Okocha (@la_okocha) April 28, 2022
Ese día sacaría el puño y la rodilla...
Todo. Ésa fue la vez que más. O ellos o yo. No estaba aquello para bromas. Por aquí tengo más fotos... Mira, una con Luis Aragonés.
¿Cómo era?
Muy buen tipo. Luego fuimos vecinos. Le hablaba a Pepe de mí.
Es que siempre ha estado muy presente su legado en los entrenadores. Setién, cuando coincidió con su hijo en el Villarreal, le llamaba Miguel en vez de Pepe.
Sí, sí. Eso me decía. Ésa era buena.
¿Le hubiera gustado ver a Pepe en el Córdoba?
Me hubiese encantado. Pero haciendo historia en lo que era aquel Córdoba. Ahora...
¿De haber estado en Primera cree que le hubiera hecho ilusión acabar aquí?
No sé. Pero segundas partes nunca fueron buenas. Él que se vaya por otro lado y que deje a su padre tranquilo aquí con lo que fue.
¿Cómo le está viendo ahora en Italia?
Bien, muy bien, muy bien. Con confianza, está contento, sobre todo porque Pepe hace vestuario. Pepe es amigo, Pepe es compañero. Y Pepe ayuda a todos.
El otro día me acordé de él cuando Murcia aplaudió a Cucurella pese a no jugar. ¿No le queda la sensación, y no sé si le gusta, que a Pepe le valoran más por hacer grupo que por su rendimiento?
No es porque yo sea su padre, pero Pepe ha sido uno de los grandes porteros de este país. Sin duda alguna. Ve a Inglaterra y pregunta por él. O en la Lazio o el Nápoles. En Nápoles no le hicieron un monumento de milagro. El tema es que tiene arte para todo.
"Pepe ha sido uno de los grandes porteros de este país y se le va a recordar siempre; ahora quiere ser entrenador y lo hará bien porque sabe unir"
¿Aún le queda cuerda o está en su final?
Se está sacando el curso de entrenador. Lo tiene claro. Y va a ser bueno porque sabe unir. En La Masia ya era un líder. Sacaba la cara por todos. Pregúntele a Iniesta, a Xavi y a toda esta gente quién era Pepe Reina.
Aquí, en Córdoba, le adoran pese a ser madrileño. ¿Cómo se originó lo de mostrar aquella bufanda blanquiverde tras ganar el Mundial?
Se casó con una mujer de Córdoba. Esta es la tierra de su padre. Y su padre cada vez que ha tenido la posibilidad ha estado aquí. Hemos pasado largas temporadas en esta ciudad. En el Mundial que ganamos se puso la bufanda del Córdoba porque estaba convencido de que iban a hacer algo grande y se la llevó preparada sin decirle nada a nadie. Perdón por la petulancia, pero a Pepe se la va a recordar siempre. Ayuda a mucha gente. La que se sabe y la que no.
¿De dónde ha mamado ese liderazgo en los vestuarios? ¿Usted hacía piña o era más guerrero?
Yo era así. Fui capitán de la Selección Militar. Teníamos un equipo de cojones. Ese equipo fue luego la Selección. Yo hacía piña como él. Con mi amigo Paco Gallego. Hubo un día que recuerdo con especial gracia. ¿Se acuerda del entrenador del Barça Rinus Michels?
Sí, claro.
Fuimos a jugar a Bilbao y perdimos 1-0 en San Mamés. Después de cada encuentro y tras la cena, siempre te decían, 'señores, tienen ustedes una hora de paseo'. Y esa vez, pues no hubo y nos mandaron a las habitaciones. Nos quedamos sorprendidos y dijimos '¿esto qué es? Y consensuamos el plan: vámonos para arriba y jugamos a la butifarra, que era un juego de cartas muy conocido en Catalunya. Estábamos Sadurní, Eladio, Fusté, Olivella y más. Nos fuimos todos a la habitación 411 del hotel. Estábamos bromeando con Rifé, que no era muy agraciado físicamente, y alguien dijo que pidiéramos dos botellas de champán y once copas. Y así hicimos. Y como circulaba mucha gente en la calle y no podíamos bajar a alguno de los dos bares que había por si nos veía el míster, llamamos a la centralita para pedir....
¿Y?
Rinus, que estaba abajo, se percató y fue el que cogió el recado y no las subió. Llamó a la puerta y dijo: '¿Han pedido champán los señores?'. Y yo respondí, 'sí, dos botellas con once copas...'. ¡Qué hostia le pegó a las botellas! Salieron cristales volando por todos lados y creo recordar que a algunos se le clavaron algunos cristalitos en la pierna. Pero eso lo hacíamos siempre. Independientemente del resultado. Y no lo entendía. Repetía una y otra vez: '¿Perdemos y piden champán? ¿Qué profesionales son ustedes?'. Menuda se lio. Nos fuimos todos a dormir y a la mañana siguiente, ya en el autobús, nos pusimos atrás a cantarle con sorna 'camarero..., camarera..., tú eres la camarera de mi amor...'. Eran otros tiempos. Eso sí, al final de la temporada hubo dos jugadores que salieron del Barça, otro traspasado inesperadamente... Se lo cobró el hijo de puta.
¿Le dio para aprender algo de catalán allí?
Algo. Mi hijo sí. Los míos se han criado allí. Pepe terminó el bachiller en Barcelona y sabe catalán perfectamente.
Él ha mostrado muchas veces su lado más político y dice lo que piensa sin esconderse. ¿Usted también era así con su edad y hablaban de esos temas en casa?
A mí no me iban a cambiar mi forma de ser y pensar. Yo respetaba a todos. Eso es la convivencia. Si jugara ahora allí, pues respetaría el sentir de Catalunya y ya está. Se puede respetar y discrepar sin problema alguno. Nosotros teníamos unas mesas en las concentraciones del Barça en las que estaban Fernando Olivella, Rifé, Fusté, Eladio, Zaldúa y se hablaba catalán. Y había momentos en que ni te dejaban participar. Y si había que hablar de política, se hablaba. Pero poco. Íbamos a lo nuestro. Yo adoro aquella tierra. Solamente le doy gracias a Catalunya por todo lo que me dio. Allí viven todos mis hermanos. Yo soy el mayor de cinco. Todos fueron para allá cuando fiché y se han quedado.
¿Por qué luego entró en política?
Porque me lo pidieron. Me ofrecieron estar y dije que sí. Me encantaba. Y sobre todo si podía hacer algo o ayudar de alguna manera a mi Córdoba a la que tanto quiero.
¿Qué tal la experiencia?
Bien, bien, pero la política para los políticos y el deporte para los deportistas.
¿Se arrepiente de haberse metido ahí por las denuncias archivadas que luego recibió durante esos años de concejal?
No. Es con aquello fueron unos hijos... Lo tengo que decir. Ahí Comisiones Obreras y Paco Moro, que es un hijo de... y lo digo en medio de Las Tendillas si hace falta, que es la plaza principal de aquí, se portaron muy mal. Cuando entré en el Instituto Municipal de Deportes había 62 o 63 personas y pedí el histórico de cada uno y un balance. De 12 millones de euros pasan a darme nueve millones en el presupuesto y luego ocho. Bien. Y veo que está sobredimensionado de personal. No podía ser. Y quité a los que no eran competentes para esas funciones. Hicimos dos o tres campos de fútbol nuevos, transformamos otros siete, mejoramos la iluminación de varios más... Y fueron a por mí. Pero todo quedó archivado, claro. Hice un estudio de todas las instalaciones. En algunas pedían dinero para mejorarlas, luego las visitaba y no había nada. Ni espalderas, ni el plinton, ni el potro, ni nada. Robaban. Y los cogí y los llevé al pleno del ayuntamiento. Y les metí mano a los golfos que había. Eché a tres responsables de la obra, de mantenimiento, y a dos de la oficina que llevaban el tema. Eché a ocho personas. Y tengo la conciencia tranquila. No me arrepiento de haber entrado en política. Lo disfruté y además limpié. Que hay gente deshonesta en todos lados.
"No me arrepiento de haber entrado en política. Lo disfruté y además limpié. Que hay gente deshonesta en todos lados"
No se anda por las ramas. Así que aprovecho y vuelvo al fútbol. Después del Córdoba, pasó por Barça y Atlético. ¿De qué equipo realmente es?
Por este orden: Barcelona, Atlético y Córdoba.
Pues ya puestos, quería saber si esto que cuentan fue así o no. ¿Se puede decir que el Camp Nou le trató regular con una pitada polémica y el apoyó a otro portero como Sadurní?
Fue con Buckingham, el inglés, de entrenador. Llegué al Barça y le quité el puesto a uno de Barcelona, mi amigo Sadurní. La mañana antes de jugar un Gamper salen unas declaraciones suyas diciendo que le había dolido como catalán y barcelonista no haber jugado ni un solo encuentro la temporada anterior. Yo en el vestuario, con el Chato, no tenía ningún problema, pero la afición del Barcelona lo leyó y se calentó. Y justo en ese partido, en el partido de presentación, sale Reina de nuevo como titular y me empiezan a silbar. Desde la alineación ya empezaron a meterse conmigo. Y mira por dónde, el Dinamo de Moscú de Yashin nos mete cuatro. Y gracias. Pudieron ser más. Menudo equipazo. Un equipo de leyenda. Y a partir de ahí, a tomar por saco.
¿Qué pasó?
El míster habló conmigo y me dijo 'tranquilo, las aguas se calmarán, no hay problema'. Y yo le dije que hiciera lo que debiera. Comenzó a jugar Sadurní en casa y yo fuera, pero ante el Granada pegó dos cantes y empecé a jugar yo todo otra vez. Y la afición volvió a estar bien conmigo. No me puse nervioso antes ni luego. Nunca me ponía nervioso. Cuando había pitos pensaba: '¿habrá cosas más bonitas en el mundo que 90.000 espectadores estén todos contigo? Uno con tu puta madre, el otro con tu puto padre...' [jajaja]. Luego ganamos títulos, y yo el Zamora, y todos tan contentos.
Pero se fue al Atlético.
Por una suspensión de pagos que tuve que hacer en las empresas que ya tenía. Monté una fábrica de confección, me fue mal, me robaron, y tuve que hacer una suspensión de 30 millones de pesetas. Le pedí ayuda al Barcelona y les propuse que me adelantaran la ficha de cinco años para poder llegar a un convenio y pagar a todos los trabajadores. Me dijeron que no. La empresa la monté para mi hermano y para mí. Ya proveía a El Corte Inglés y a Galería Preciados. Y el Barça no me ayudó. Me fui a Madrid, vi a don Vicente Calderón, y él me puso los ocho millones y un abogado, así que en poco tiempo levanté la suspensión de pagos. Había dado todo por los colores del Barça pero...

¿Sufrió impagos?
No. Bueno, el Córdoba me echó una mentirijilla. No se portaron muy bien. Yo debía cobrar 500.000 pesetas si era internacional. Ya ganaba 250.000 y otras 250.000 si daba ese salto. Me traspasaron al Barcelona y cobraron ocho millones en un talón y me dicen, 'pásate por el hotel Condal y te damos lo tuyo, un cheque de 500.000 pesetas'. Y cuando llegué, lo que me habían dejado era una nota que decía: 'Miguelin, nos hemos tenido que ir urgentemente para Córdoba'. Me las vi y me las deseé para cobrar. Un tío mío era director de un hotel que hay aquí, que se llamaba Hotel Brillante, y ahí se concentraba el Córdoba. Pude cobrar las 500.000 pesetas de 25.000 en 25.000 pesetas. Estuve dos años y medio para cobrarlo todo. Se portaron muy mal. Fueron unos...
¿Cómo cree que le recuerdan los aficionados?
Como alguien que se entregó y quiso darlo todo por lo que tanto disfrutaba y quería, que era el fútbol.
¿Y qué le gustaría que digan de usted el día que ya no esté por aquí?
Fue amigo de sus amigos y una persona honrada.
No me habla de fútbol, me habla a nivel personal.
Claro, es que es lo más importante de todo.