Más respeto y llegarán más victorias

La victoria en Vallecas es un rayo de esperanza para un club que de momento sigue a la deriva. Ganar rebaja tensiones, genera pensamientos positivos (al menos momentáneos) y construye la confianza, algo tan escaso en la plantilla del Sevilla. Seguramente no de para mucho más. Al menos hoy en día. El club, el entrenador, los dirigentes y la afición se encomendaron a la sociedad En Nesyri-Isaac y a la presencia de Nyland en la portería.
Hay una frase muy utilizada por los dirigentes del fútbol: "Cuando un equipo no gana siempre aparecen muchos problemas". Yo creo que es al contrario. Cuando constantemente te metes en problemas, cuando no resuelves uno y rápido te metes en otro, cuando no eres capaz de resolverlos… Toda esta descomposición se traslada al campo y estos equipos suelen ganar muy poco. Prácticamente nada. La última polémica del Sevilla bien demuestra que hay valores al margen de las victorias que deben restablecerse en el club. No puedes dejar que te atropellen las circunstancias. E igualmente poner pies en pared. Nadie está por encima de la institución. Y si tus hechos y palabras no están en consonancia, mal vamos.
La última polémica en Nervión es un ejemplo más de esa pérdida de respeto que se ha normalizado en torno a la entidad. Los incendios se suceden. La casa se está quemando. Lo estoy viendo pero ni intento apagarlo, ni tampoco llamo a los Bomberos. Nada. Víctor Orta dejó clara su versión sobre Januzaj. Explicó que el belga ha rechazado todas y cada una de las seis ofertas que el club le ha presentado a él y a sus agentes, y que él mostró poca preocupación por la falta de minutos. El exjugador de la Real Sociedad no se mordió la lengua y acusó a su director deportivo de no decir la verdad y atacarle de manera gratuita. La única realidad demostrable es que Januzaj no ha jugado con asiduidad con ninguno de los entrenadores que ha tenido en esta etapa en Nervión y todos han mostrado cierta preocupación por cómo afronta el día a día en su profesión. Con desgana. Un pasota, dicho mal y pronto.
El pasado domingo le tocó el turno a Quique Sánchez Flores. El entrenador metió en la ecuación a Rafa Mir, quien ha vivido el final de mercado como una mala película de sobremesa. Se frotaba las manos porque iba a salirse con la suya y jugar en el Valencia. Ingenuo de él. Quique más que claro fue sincero. Sin medias verdades. Por derecho. "El grado de exigencia que tengo está por encima del listón que Rafa Mir y Januzaj han marcado. Con En-Nesyri aquí, ahora siento que tengo dos delanteros". Duras palabras para evidenciar que la actitud de ambos en un equipo que se está jugando la permanencia no es la mejor. En mi opinión, creo que había llegado el momento de evidenciarlos públicamente.
Quizás la política ha desvirtualizado la moral actual. Hace unos años, ya no en el Sevilla, en cualquier club del mundo, este tipo de situación provocaba una reacción en forma de castigo: apartar a los jugadores. En este Sevilla, ambos jugadores recibieron el premio de ir convocados a Madrid. Sí, porque nos cuenten lo que nos cuenten, entrar en una convocatoria es el primer premio que tiene un futbolista por su trabajo. Jugar es el siguiente. ¿Qué mensaje mandas al vestuario? ¿Qué crees que piensa tu gente? Nada bueno, seguro. Respeto cero a un escudo y a una entidad en el que hasta no hace mucho se pregonaba que una derrota debía suponer una crisis. Remover los cimientos del Ramón Sánchez-Pizjuán. Ahora se ha normalizado. Como aquel padre que castiga a su hijo sin móvil y a las cuatro horas se lo deja. ¿Cómo quieres que reaccione? Es imposible generar un temor en el que juega, que sepa que un mal rendimiento prolongado tiene sus consecuencias y que esas consecuencias le afectará en su carrera. Es tu única carta como club. Si también dejas que se queme…
Tampoco se puede modificar la jerarquía. El que salta al césped debe sentir respeto y hasta un cierto temor del que dirige en los despachos. La parte paternalista debe quedar como mucho para el director deportivo. Así fue en la etapa gloriosa del club y así se debe mantener. Cuando esos papeles se intercambian, con los trajes mezclados con el chándal, como si fueran compañeros de quedar los jueves para la pachanga por encima del empleador y empleado, se pierde la esencia y con ella ese miedo al fracaso que afecte a tu carrera. En este Sevilla no pasa nada. Sigues viajando, con tus menús después de los partidos, cobrando religiosamente aunque tengas el agua al cuello. Y bien que la tiene este equipo.
El respeto no mete goles. Tampoco gana partidos. Ni siquiera te evita una amarilla o apaga el monitor del VAR cuando sabes que vas al hoyo. Sin embargo, ese respeto ganado desde los despachos a la hierba es la primera piedra para construir un equipo que lo haga. Una entidad que crezca bajo unos valores que nunca debes perder. Recuperar la grandeza es uno de los deberes urgentes que tienen los dirigentes sevillistas. Eso también ayuda a ganar partidos. Los roles se han cambiado. O directamente ni existen, salvo en el cartelito que te ponen para comer con tu nombre y cargo. No puede exigir respeto quien con sus actos no respeta el cargo que representa.