OPINIÓN

Morata sufre las contradicciones del alma, pero en Italia le ven cambiado: "Tiene carácter, puede con ello"

Morata, en el banquillo /AFP
Morata, en el banquillo AFP

En el debut de Álvaro Morata con el Milán sucedió de todo en los treinta minutos que jugó. Entró con 0-2 en contra ante el Torino y lideró la remontada: 2-2 final. Anotó un gol, provocó un penalti cancelado por el VAR, vio una amarilla y le pitaron un fuera de juego dudoso que podría haber sido determinante. Al terminar el choque de San Siro, dijo esto: "¿Por qué todo me sucede a mí?". La pregunta, retórica, puede sonar victimista, y quizás lo sea. Quizás haya algo de martirio, pero es posible que también mucho más.

Contaba la escritora italiana Dacia Maraini -en su libro Caro Pier Paolo- que Pasolini confesó en más de una ocasión la sensación de cargar con una culpa nuclear. Es decir, que aglutinaba en su cuerpo el peso de todos aquellos que se habían equivocado y eran incapaces de soportar determinado error. En términos psicológicos sería algo así como el inconsciente colectivo, inventado por el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (fundador de la psicología analítica), que mencionaba los arquetipos universales (formas preexistentes como ideas, imágenes o símbolos), una especie de plataforma común que moldea nuestra individualidad sin necesidad de que ésta la haya vivido directamente. Sabido esto, lo de Morata puede sonar a relato barato de cristianismo primitivo, pero también le podría situar como adalid para desatascar traumas, karmas no resueltos por ancestros o por la propia sociedad colectiva.

Aunque todo parece una mentira ilusoria, lo cierto es que el destino de Morata representa el mito de Sísifo, condenado a transportar una piedra a la cima de una montaña, y cada vez que está próximo a ella la piedra cae, una y otra vez. Un perpetuo volver a empezar, metáfora además de la cantidad de equipos que ha vestido en su osado y difícil peregrinaje, que sin embargo es lo que ha dado sentido a su existencia, a su vida. Eso, y no nuestras equivocadas pretensiones fruto también, quién sabe, de una suposición fallida que alberga en la mente errónea de cada individuo.

Porque Morata no es la Gioconda ni nunca lo fue. Sí el inicio de la misma, y basta. Es también una carta enviada a medio terminar, un tren que no se sabe muy bien si llega o se marcha para siempre. "Ojalá esta vez pueda consagrarse como un futbolista decisivo en todos los sentidos. Eso se espera de él. Gol, personalidad, juego. Creo que a nivel mental ya sí está preparado ante las expectativas de la gente. Tiene carácter, puede con ello. Ahora sí, y además creo que puede servirle de estímulo", explica Filippo Galli, vieja estrella rossonera. Campeón de Europa, junto a Carlo Ancelotti en el todopoderoso Milán.

La insoportable levedad

En una entrevista concedida a Relevo, Leo Bonucci dijo que -probablemente- a Morata la gente no le perdonó que cambiara tanto de escuadra. Como si jamás hubiera dado tiempo a ninguna afición para poder amarle. Puede que no le falte razón, porque el delantero debutó en el Madrid en 2010, jugó en dos periodos diferentes con la Juventus. Volvió a la Casa Blanca con Zidane, militó en el Chelsea, y después acudió a la corte del Cholo Simeone en un par de ocasiones. Ahora de vuelta a Italia tras llevar años rechazando mareantes ofertas procedentes de Arabia y justo después de haber ratificado su permanencia en el Atlético de Madrid durante la Eurocopa, donde cada paso que daba era susceptible de error para la opinión pública.

En el argot más salvaje y purista del fútbol, su trayectoria podría tener ínfulas de mercenario, por lo tanto, de sospechoso perpetuo. Además, con unos comportamientos de la retórica kitsch (dictadura de lo obvio, escenas de cara a la galería), pero desde un punto de vista sociológico y antropológico todo es mucho más complejo para enjuiciarlo en un único término, sesgado por naturaleza. Lo explicó perfectamente Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, cuando la protagonista Tereza decidió no manifestarse en París para denunciar la invasión de la Unión Soviética en Praga. "Lo peor no son las dictaduras, sino salir en procesión todos como ovejas para gritar las mismas palabras, las mismas sílabas", y además convertir eso en dogma.

Exacto, quizás el error con Morata es que quisimos convertirlo en nuestro dogma, pero él -mártir irredento también- estaba soportando el peso del inconsciente colectivo, el dolor nuclear, las contradicciones del alma. Por eso nada más debutar se lesionó un mes. Justo, como Sísifo, cuando estaba alcanzando una vez más la cima de la montaña de un nuevo equipo que ya comenzábamos a odiar -o endiosar en Italia- sólo porque estaba él, sacando siempre a pasear todos sus yoes pirandellianos.

Dicen que lo sacro es todo lo que no se puede poseer, mucho menos interpretar porque está sujeto a intangibles obtusos, a mecanismos complejos e invisibles. La delicada y exuberante historia de Álvaro Morata, en los últimos tiempos vestida de gossip y salud mental, habría que comenzarla por ahí. Para entenderla sin tomar posesión de ella. Para, a la misma vez, amarla y odiarla.