JJOO

París 1924, los Juegos Olímpicos que estrenaron villa olímpica unisex para evitar "tentaciones"

Así fue la cita olímpica parisina de la que ahora se cumplen 100 años.

Paavo Nurmi en los 1.500 metros en los Juegos de París 1924. /GETTY IMAGES
Paavo Nurmi en los 1.500 metros en los Juegos de París 1924. GETTY IMAGES
Íñigo Corral

Íñigo Corral

Hace un siglo, sin televisión ni redes sociales, el interés mediático por la celebración de un evento como son unos Juegos Olímpicos era entre escaso y nulo. La edición del diario ABC del 4 de mayo de 1924 así lo confirma. Ese día, se inauguraban en París los VIII Juegos de la era moderna y el diario madrileño se hacía eco de dos noticias deportivas: un partido de hockey hierba en Barcelona entre un equipo español y otro alemán, y una carrera de caballos en Sevilla ganada por "Comedien", propiedad del marqués de los Trujillos. En su página 34, dentro de una sección "Espectáculos y Deportes", se aludía tan solo a unos "bailes románticos rusos" y a una compañía francesa de teatro cuya máxima figura era "la señora Provost" que representaba una obra del dramaturgo Pierre Wolff.

En el plano político España llevaba ocho meses bajo la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. Ni siquiera el militar jerezano pudo sofocar durante sus primeros años de mandato la revuelta en Marruecos contra las tropas rifeñas lideradas por Abd el-Krim. Fue una época marcada también por la censura a la prensa, una cuestión que un siglo después vuelve a estar en boca de todos. Y en lo deportivo, el campeón de la Copa fue el Real Unión de Irún que venció en el estadio Reina Victoria de Sevilla al Real Madrid (1-0). Mientras, en Europa, las aguas iban regresando a su cauce poco a poco. Al menos, es lo que parecía. Pese a ello, Alemania fue vetada de la cita olímpica. La que se estrenó en la capital gala fue Irlanda después de que la isla, a excepción de la región del Ulster, lograra dos años antes independizarse de Inglaterra. Aun así, el único atisbo de politización de aquellos Juegos fue la protesta estadounidense por la ocupación de la región minera de la cuenca del río Rühr por parte de los anfitriones.

España se presentó en París con una delegación de 111 atletas que compitieron en doce deportes diferentes, una cifra que casi se ha cuadruplicado este año con la presencia de 382 deportistas de los cuales 190 son hombres y 192 mujeres. En aquella ocasión se eligió como abanderado a Félix Mendizabal, un atleta guipuzcoano que cuatro años antes había conseguido en Amberes llegar a las semifinales de los 100 metros lisos, la mejor clasificación en la historia de un velocista español. Hasta entonces, el medallero olímpico era prácticamente inexistente. En 1924 la cosa no mejoró. Así que siguieron durante unos años más para el recuerdo el oro conseguido en cesta punta por Francisco Villota y José de Amezola (París, 1900) y las dos platas de Amberes obtenidas por el equipo de polo y la selección de fútbol, la misma que pasó a la historia por la célebre frase de José María Belaustegigoitia, Belauste: "A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo".

Los Juegos de «la primera vez que...»

Los Juegos Olímpicos de París 1924, que se prolongaron desde el 4 de mayo al 27 de julio, pudieron haber sido bautizados como los de "la primera vez que…". Por ejemplo, fue la primera vez que se adoptó el eslogan de "citius, altius, fortius, " (más rápido, más alto, más fuerte) que había sido creado años antes por el padre Henri Didon, un fiel colaborador del barón Pierre de Coubertain. Hace solo tres años se le añadió la coletilla "communiter", que significa más o menos "más rápido, más alto, más fuertes – juntos". No hay que olvidar tampoco que la capital francesa fue testigo de excepción del debut de la delegación china en unos Juegos Olímpicos. Ningún atleta consiguió colgarse una medalla al cuello. Lo dejaron para años más tarde. En Tokio, sin ir más lejos, obtuvieron 89; sólo por detrás de Estados Unidos (113).

En lo que respecta a España, la presencia femenina hasta entonces había sido nula. En París la cosa cambió. Dos tenistas, Lilí Álvarez y Rosa Torras, fueron las pioneras, aunque solo representaban el dos por ciento de la delegación española. Hubo que esperar otros 34 años para ver de nuevo presencia femenina en los Juegos Olímpicos de Roma. Hay quien achaca esa prolongada ausencia a la política de Franco hacia las mujeres, aunque esta teoría no es la única, y no todos los estudiosos del deporte español la comparten. Tampoco es que en la capital italiana creciera porcentualmente su representación, porque en una delegación de 144 deportistas, solo once eran mujeres que se agrupaban en tan solo tres disciplinas: natación, gimnasia y esgrima.

París 1924 es recordado, asimismo, porque fueron los primeros Juegos donde se construyó una villa olímpica para los atletas, llamada entonces Pueblo Olímpico. Eso sí, las instalaciones para las mujeres fueron construidas en el extrarradio ante las posibles "tentaciones", como esgrimieron los organizadores del evento. Del mismo, aquella cita olímpica sirvió para la aparición del primer logo. Se trataba de un escudo en blanco y negro con la ilustración de una galera con las velas desplegadas y la leyenda superpuesta "VIII. Olimpiadas de París 1924 - Comité Olímpico Francés". Por lo demás, en el plano deportivo nadie se acercaba ni de lejos a los éxitos de Estados Unidos. De las 110 medallas en Amberes pasó a lograr 99 en la capital francesa. Solo le hizo sombra, y a mucha distancia, Finlandia con 37 metales.

El foco del cine en el deporte

También fue la primera ocasión en que se puso en entredicho el amateurismo de los deportistas y donde el cine se estrenó para filmar las competiciones y tratar así de incrementar la popularidad de unos Juegos Olímpicos. El encargo recayó en manos de los franceses Charles y Henry Pathé. Hasta la I Guerra Mundial los dos hermanos fueron los dominadores de la industria cinematográfica. El deseo de que fueran ellos y no otros los encargados de proyectar al mundo las excelencias del olimpismo fue para dar un puñetazo en la mesa. La idea era revertir la enorme pujanza que ya por entonces había comenzado a adquirir Hollywood y que ya jamás abandonó. De ahí que los Pathé dejaran de un lado la producción para dedicarse en cuerpo y alma a la distribución y exhibición de las películas norteamericanas.

El cine había entrado en los Juegos Olímpicos para quedarse. Y no solo por los hermanos Pathé. La todopoderosa industria cinematográfica hollywoodiense lo mismo impulsaba la carrera en el celuloide de algún atleta, que promovía historias épicas basadas en el olimpismo para echar una lagrimilla. El caso de Johnny Weismuller es el más llamativo. El nadador norteamericano de origen rumano logró cinco medallas de oro, tres en Paris y dos en Amsterdam (1928), y otra más de bronce con la selección de waterpolo de su país. Se retiró invicto, y tras unos años como modelo y representante de una marca de ropa interior, en 1932 irrumpió en el cine con "Tarzán de los monos", un personaje que interpretó hasta en doce ocasiones. Un tipo de leyenda como Weismuller siempre tiene a su alrededor historias un tanto inverosímiles. Se cuenta que fue sorprendido durante la revolución cubana jugando al golf en La Habana. Al verse sorprendido, empezó a gritar el archiconocido grito de Tarzán, y cuando los soldados le reconocieron, le llevaron hasta el aeropuerto para que regresara sano y salvo a Estados Unidos.

De París 1924 surgió también la mítica película de Hugh Hudson, "Carros de fuego", galardonada con cuatro Premios Oscar, incluido el de mejor película. La cinta narraba la historia de Harold Abrahams y Eric Liddell, dos estudiantes de Derecho en la Universidad de Cambridge y de Edimburgo, respectivamente. Abrahams era de origen judío y logró vencer en los 100 metros lisos. Su máximo rival y el claro favorito para en aquella carrera era Lidell, un atleta muy popular en su Escocia natal después de haber destacado en el rugby, ya que jugó con el XV del Cardo dos ediciones del V Naciones. Sus convicciones religiosas le hicieron renunciar a medirse a su compatriota porque la carrera se celebraba en domingo. Se tuvo que conformar con un bronce en los 200 metros lisos y el oro en los 400.

Otras curiosidades que dejó París 1924

Dentro del atletismo se produjeron otras curiosidades que el cine ha dejado de lado. Paavo Nurmi, el finlandés volador, ya había dejado entrever su potencial cuatro años antes en Amberes con tres oros (10.000 metros, campo a través y campo a través por equipos) y una plata (5.000 metros). En París se salió. Nada menos que cinco oros (1.500 metros, 5.000 metros, 3.000 metros por equipo, campo a través y campo a través por equipos). Nadie era capaz de echarle el guante en carreras de larga distancia. Es muy probable que también se pudiera haber subido a lo más alto del pódium en la prueba de los 10.000 metros, pero sus entrenadores prefirieron que descansara.

En cualquier caso, Nurmi se convirtió en una celebridad del atletismo al haber sido el primero en conseguir cinco oros en unos mismos Juegos y en colgarse dos medallas de ese metal el mismo día, una hazaña que solo lograron años después los nadadores estadounidenses Mark Spitz y Michael Phelps. El finlandés volador vio en su fama como atleta la posibilidad de ganar mucho dinero por participar en algunas carreras. Esa decisión fue el principio del fin porque en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles (1932) fue vetada su presencia tras ser acusado de "profesionalismo", algo totalmente prohibido en aquella época.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre quién fue el primer atleta negro en colgarse la medalla de oro. Unos citan a Constantine Heriquez, un jugador de rugby de origen haitiano que se subió a lo más alto de pódium en los Juegos Olímpicos disputados en París en 1900 con la selección del el XV del Gallo, y otros a William DeHart, un estadounidense que venció en la prueba de longitud en la capital gala 24 años más tarde. Tal vez el matiz sea que el norteamericano lo hizo en solitario y el haitiano en un deporte de equipo. Más unanimidad existe a la hora de señalar que fue en aquellos Juegos Olímpicos cuando por primera vez se separaron las calles en natación con unas corcheras y se fijó la distancia de 50 metros. Y ya como anécdota lo que le ocurrió a Robert le Gendre. El atleta norteamericano batió el récord mundial de salto de longitud y no se llevó el oro. ¿Por qué? Pues porque lo hizo dentro de la competición de pentatlón, donde dicha prueba era una de las cinco que tenía que afrontar.