GRAN TURISMO

La historia del español que podría haber sido el guion de Hollywood de 'Gran Turismo'

El nuevo estreno de Sony cuenta cómo un chaval inglés pasa de jugar al famoso videojuego en su casa, a pilotar en las 24h de Le Mans. Pero el pionero fue un español y se llama Lucas Ordóñez.

Lucas Ordoñez, durante una de las fases de GT Academy, en 2008./Sony
Lucas Ordoñez, durante una de las fases de GT Academy, en 2008. Sony

En la pequeña sala de estar de la casa hay una mesa baja, de madera oscura, un tendedero y unas cortinas, de las que cuelga una sábana blanca, enfrente de un sofá de cuadros. Apoyado con la espalda en la parte baja del mismo y con unos cojines debajo, está sentado Lucas Ordóñez, el mediano de tres hermanos. Tiene 23 años y lleva ya ocho fuera del automovilismo deportivo. Había logrado asumir hace un par de años que nunca sería piloto profesional, su sueño. En las manos tiene un volante que se acaba de comprar con parte del dinero que gana trabajando de monitor de conducción en la Escuela RACE del Circuito del Jarama. Una noche más, pasadas las 23.00h, ha vuelto a encender la PlayStation. Su vida está a punto de cambiar para siempre.

El padre de los Ordóñez siempre fue un apasionado al motor: competía de forma ocasional a nivel amateur y recibía en su buzón las revistas británicas más prestigiosas. Cuando su primogénito, Víctor, cumplió cuatro años, le regaló una pequeña moto de campo, que a partir de ese momento se convirtió en su juguete favorito. El de él y el de su hermano, que llegaría al mundo cuatro veranos después.

Los días de colegio y los juegos con la pelota y las bicicletas en la calle, sin pantallas, se complementaban con las horas en el garaje de casa, en Aravaca (barrio al noroeste de Madrid). Allí, los hermanos trasteaban con llaves inglesas, frenos de bici y algún que otro coche antiguo. "Era como un laboratorio a nuestra entera disposición. Ahí surgió la pasión", reconoce Lucas Ordóñez a Relevo. La guinda del pastel eran los fines de semana, cuando las paellas en familia se disfrutaban tras una mañana de libertad en la sierra con la moto de trial. La obsesión por el motor era total y el problema se le presentó al padre de la familia cuando un conocido les animó a los dos niños a probar sendos kart. No hubo vuelta atrás.

A mediados de los 90, los Ordóñez recibieron dos karts (uno Cadete, para Lucas, y otro de categoría C, para Víctor). Inicialmente, su padre les llevaba a diferentes circuitos de la Comunidad de Madrid a que rodasen, se divirtieran y se alejaran de la fiesta los fines de semana. Pero en 1996, empezaron a competir en el campeonato madrileño y fue en Asupark, en Boadilla del Monte, donde tuvieron su primera toma de contacto con los duelos rueda a rueda, las batallas entre niños por cruzar antes la línea de meta... y Lucas acabó segundo, sin saber siquiera cómo descorchar la bebida espumosa sin alcohol que le dieron en el podio.

Lucas Ordoñez, celebra el primer podio de su vida a bordo de un kart.  L. Ordoñez
Lucas Ordoñez, celebra el primer podio de su vida a bordo de un kart. L. Ordoñez

Tres años después, lo que había empezado como un juego de niños, dio un paso más. Víctor, el mayor, se proclamó campeón de la Fórmula Toyota 1300 -un campeonato de formación con pequeños monoplazas a nivel nacional- y esto le permitió entrar en la órbita de un equipo patrocinado por Repsol en la Fórmula 3. El premio que recibió, junto a la ayuda del equipo sirvieron para que Lucas tuviese su oportunidad la siguiente temporada. Pero la falta de grandes resultados en su debut fuera del karting, pese a que logró la pole position en su primera carrera y compitió contras los mejores a finales de año para acabar en el top 10 final, le cortó las alas.

Aunque empleó horas y horas preparando dossiers para convencer a algunas empresas de que le apoyaran. Con 15 años tuvo que gestionar la frustración de ver cómo su gran ilusión se diluía de un día para otro. En casa ya no podían hacer frente a lo que costaba una temporada de monoplazas y Lucas tuvo que empezar a digerir el varapalo. Aunque llamó a mil y una puertas, se apuntó a todos los concursos habidos y por haber para intentar de mostrar su valía y entrenó con su hermano -que fue dando el salto a la Fórmula Nissan y a las World Series, camino de la F1-, no hubo segundas oportunidades.

Empezó a trabajar como monitor en cursos de conducción en la Escuela RACE del Circuito del Jarama, no quiso perder el contacto con el mundillo del motor, por si sonaba la flauta. Pero su melodía se perdió por el camino. Y Lucas tuvo que asumir que era el momento de dedicarse a los estudios, empezar la Universidad, como el resto de sus amigos, y vivir otra vida. Una en la que, además, sus padres se separaron y en la que él, su hermano y su hermana pequeña tuvieron que madurar a una velocidad más de lo habitual.

El golpe de suerte

Una mañana como otra cualquiera, antes de un evento en el Jarama, la fortuna le dio dos golpecitos en el hombro. Mientras ojeaba las hojas de una revista de motor, se topó de bruces con un anuncio que parecía diseñado para él, como si de una película de Hollywood se tratase, como si hubiese una cámara oculta esperando a su reacción. Los creadores del famoso videojuego Gran Turismo -título de culto para todo aficionado a las cuatro ruedas- buscaban un piloto virtual para hacerle pasar a lo real. No lo dudó. Había que intentarlo.

"Me lo tomé con otra filosofía, acepté que el sueño no se iba a cumplir y me centré en los estudios. Me convertí en un chaval normal: viajar, salir de fiesta, colegio, universidad, deporte…Año a año, vas asumiendo que ese sueño de ser piloto no va a volver y más cuando ves que la competición cada vez era más cara y más exclusiva. Lo había asimilado así y por eso me centré en los estudios de Marketing, porque tenía que buscar un futuro profesional. Lo pasé muy mal, pero gracias a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, lo superé… fui aprendiendo de ello. Esa juventud de altibajos en las carreras, de la separación de mis padres, nos hizo crecer como personas más rápido", reconoce.

Anuncio, en inglés, de la iniciativa GT Academy.  Sony
Anuncio, en inglés, de la iniciativa GT Academy. Sony

GT Academy. Así se bautizó a una iniciativa pionera que, con ojos de 2023 no parece nada del otro mundo, pero que en ese momento fue una auténtica revolución. Era una época en la que los videojuegos empezaban a introducir sus opciones online, pero, en el caso de Gran Turismo, esta se traducía en una lista de los mejores tiempos en cada circuito y en función de la categoría de coche utilizado. Muy lejos de las competiciones virtuales actuales con las nuevas versiones de este y otros títulos, donde puedes jugar con rivales rueda a rueda, aunque estén en la otra punta del mundo. Eran los primeros pasos del simracing, sin periféricos muy sofisticados y donde los foros servían como lugar de encuentro y de comunicación.

Ordóñez quiso probar suerte y se inscribió al volver a casa esa misma tarde. Hasta que la competición arrancase unos días después, empezó a practicar con el mando con diferentes coches y circuitos. Pero en los primeros días del mes y poco en el que se desarrollaba la primera fase -que buscaba a los 20 más rápidos de cada país en Europa- se dio cuenta de que le costaba bajar a menos de seis segundos de los mejores. Por ello, se compró un volante, unos pedales y una palanca de cambios, ya que había leído en los foros que el cambio de marchas manual te daba algunas centésimas de segundo por vuelta. Sujetó con cinta americana todo a la mesita de la sala de estar y los pedales al suelo, con un montón de libros detrás para que no se movieran. Se puso unos cojines y se dispuso a bajar sus tiempos.

Su rutina consistió en entrenar todas las noches de 23.00 a 1.00 de la mañana, después de acabar las clases del Máster que estaba cursando. Cada día bajaba unas décimas, poco a poco, intento a intento. "Mis amigos y mi familia me llamaban loco. Que qué hacía todos los días jugando a la Play… pero yo quería darlo todo porque el premio final era correr las 24h de Dubai con un ex piloto de F1, Johnny Herbert. Sacrifiqué muchas horas de diversión, de planes y de sueño por ello", recuerda.

A Víctor también se le había roto el sueño en mil pedazos, cuando su equipo echó el cierre de golpe y porrazo en 2002. Dudaba de la nueva ilusión de su hermano. "Me di cuenta de que la oportunidad había pasado y me dediqué a mis estudios. Por eso era un poco reacio a que le pasara a él lo mismo. El consejo era que dejase de jugar a la consola y acabase el Máster. Le acompañaba, estaba con él, pero no pensaba que fuese a llegar donde iba a llegar. Yo creo que nadie nos podíamos imaginar cómo evolucionó su historia, ni siquiera la gente de PlayStation. Era todo novedad, pero no conocíamos la magnitud de este evento", recuerda con Relevo.

Y así llegó a la última noche, cuando todo se decidía sin vuelta atrás. Cuando el sueño podía volver a escaparse entre los dedos o coger un nuevo impulso. A los dos hermanos Ordóñez les dieron las cuatro de la mañana dando cientos de vueltas, con el nerviosismo a flor de piel y fallando una y otra vez. Pero cuando el reloj llegó a cero, Lucas estaba entre los 20 primeros y la explosión de júbilo tuvo que ser en voz baja para no despertar a su madre ni a su hermana. Aunque no fue hasta la tarde de ese mismo día cuando recibió -"después de fundir la tecla del F5 (actualizar)"- el email en el que los organizadores de GT Academy le confirmaban su puesto en la final española, que se celebraría en el karting Carlos Sainz de la Ermita del Santo.

Sin saber cuál sería la siguiente prueba, Lucas se desplazó hasta la entrada, donde descansa el Toyota Celica con el que Sainz padre fue por primera vez campeón del mundo de rallies en 1990. Con los nervios a flor de piel, vio cómo un par de simuladores acogían a todos los clasificados para completar tres vueltas al circuito de Suzuka (Japón). Ordoñez tiró de inteligencia emocional y logró calmarse para acabar entre los tres primeros de la prueba. Se iba a Silverstone, cuna del automovilismo británico. El sueño seguía vivo.

"No dormí en toda la noche previa a ir al karting, no sabíamos si las pruebas serían en kart o en simulador. Estábamos todos hechos un trapo. Al llegar, vimos unos simuladores puestos y la selección era una cola, con muchas cámaras, estilo Operación Triunfo, e ibas accediendo de dos en dos. Tenías tres vueltas para dar el circuito de Suzuka. Yo vi que la gente estaba súper nerviosa y pensé que la clave era tranquilizarme y conducir como si estuviera en casa. No lo tenía nada claro y no confiaba en mí en ese momento. Pero fue una ilusión y una alegría brutal cuando anunciaron que estaba en el top 3", apunta.

Los participantes de la primera GT Academy, entre ellos, Lucas Ordoñez, de gris, corriendo en Silverstone.  Sony
Los participantes de la primera GT Academy, entre ellos, Lucas Ordoñez, de gris, corriendo en Silverstone. Sony

La hora de la verdad: «Un Gran Hermano del motor»

El plan que los responsables de la primera edición de GT Academy tenían preparado para la semana definitiva de selección era una auténtica locura. En contra de lo que pudieran imaginar los 20 clasificados de toda Europa, no tocaron un coche hasta los últimos tres días. Mientras, les hicieron toda clase de entrevistas psicológicas y periodísticas en inglés -un idioma que Ordoñez chapurreaba vagamente-, pruebas físicas de entrenamiento militar, reuniones con sus coaches y todo ello bajo la atenta e inamovible mirada de cientos de cámaras. "Un Gran Hermano versión motorsport", reconoce Ordoñez. Sin ir más lejos, uno de los participantes se marchó a casa el segundo día, agobiado por tener una cámara siempre delante.

La tercera noche les hicieron dormir en una sala grande del circuito británico, en catres, para despertarles a las tres de la mañana con petardos y dos tipos vestidos de militares. Se tuvieron que cambiar rápidamente para salir a correr por el circuito con la única luz de un Nissan 350Z que rodaba delante de ellos. Los días fueron pasando y Ordóñez seguía a mitad de tabla de un ranking por puntos que elaboraban los jueces -entre los que estaban pilotos, expilotos y profesionales de diferentes sectores-. Le echó cara con el idioma, pero aun así las dudas le asaltaban cada noche: había rivales mucho mejores físicamente y que dominaban el inglés de manera bilingüe. No obstante, cuando llegó la hora de ponerse al volante de diferentes vehículos, el español dio la talla y empezó a atraer la mirada de las cámaras y los responsables del proyecto.

"Terminamos a media tarde el último día y hasta las nueve de la noche no nos convocaron en el hotel. Fue una tarde súper estresante. Era el premio de nuestra vida e iba a cambiar el día a día del que lo ganase. Y no teníamos nada claro quién iba a ganar. Cuando anunciaron mi nombre, me eché a llorar. Aún lo recuerdo ahora y... ese año había fallecido mi primo y mi primer pensamiento fue para él. Tenía 32 años y se mató en un accidente de coche. Me superé a mí mismo tras todo el esfuerzo que había puesto para conseguirlo. Ese complejo de segundón dio un giro de 180º grados y se convirtió en una de las historias más radicales del mundo del motor: un chaval que de un videojuego llegó a convertirse en piloto", comenta, emocionado, Ordóñez.

Lucas Ordoñez, en el podio de las 24h de Le Mans 2011. Nissan
Lucas Ordoñez, en el podio de las 24h de Le Mans 2011. Nissan

Los meses siguientes fueron a caballo entre España, donde terminaba su Máster, e Inglaterra, donde tenía que participar en diferentes carreras para sacarse la licencia internacional y así poder competir en Dubai tres meses después. "Era como recibir un regalo de Reyes cada fin de semana que iba a correr con un equipo preparado solo para mí", apunta. Y su gran actuación en la cita de Oriente Medio (9º), donde logró rodar en tiempos de sus compañeros, ya profesionales, sacó una sonrisa de todos los allí presentes. Pero el CEO de Nissan en aquel entonces, y Kazunori Yamauchi, creador de la saga Gran Turismo, vieron cómo su creación podía marcar un antes y un después. En los siguientes seis meses, Ordóñez insistió e insistió para intentar que los japoneses no acabasen ahí el proyecto y le permitiesen seguir avanzando como piloto.

Lo consiguió. El objetivo se convirtió en asaltar las 24 horas de Le Mans dos años después. Para ello, se tendría que foguear en el europeo de GT4 en primer lugar. La progresión de Ordoñez fue exponencial y en su primera participación en la legendaria carrera francesa, en 2011, logró la pole position y un segundo puesto final en la categoría LMP2 junto a sus compañeros Soheil Ayari y Franck Mailleux. Ese fue el gran trampolín a una carrera deportiva de 12 años en los que fue piloto oficial de Nissan, campeón de Europa de GT3, campeón del mundo en LMP2 y estuvo dos veces en el podio de Le Mans en sus cinco participaciones.

Una vida de película

Desde entonces, Ordóñez ha encadenado más de 100 vuelos de avión al año, de un lado al otro del mundo; llegó a vivir entre Japón y Madrid; ha pilotado prototipos futuristas como el Nissan DeltaWing y su sucesor, el ZEOD; aprendió japonés pese a que nunca se lo pidieron; corrió y ganó las 24h de Nürburgring con el creador del videojuego que le dio la oportunidad de toda una vida; se casó; ha sido padre tres veces y ha disfrutado, hasta la médula, del simple hecho de vivir de su pasión.

Kazunori Yamauchi, creador de 'Gran Turismo', y Lucas Ordoñez, en las 24h de Dubai 2009.  L. O.
Kazunori Yamauchi, creador de 'Gran Turismo', y Lucas Ordoñez, en las 24h de Dubai 2009. L. O.

Hoy, trabaja de asesor de Gran Turismo (de hecho, todos los prototipos de las últimas videoconsolas de Sony han pasado por sus manos), colabora con la Escuela RACE del Jarama y sigue buscado hasta debajo de las piedras oportunidades que puedan surgir.

La historia de Lucas Ordóñez no ha llegado a la gran pantalla por decisiones de Hollywood, pero de lo que no hay duda es de que su vida merece un documental, un libro, cientos de reportajes. Merece que no se pierda y que llegue a todos los rincones posibles. Es la historia de un chaval de Madrid que un día soñó con llegar a ganarse la vida conduciendo un coche de competición y, pese a los reveses del camino, consiguió hacerlo realidad por el camino más inesperado: desde la salita de estar de la casa de sus padres en Aravaca donde se quedaba dormido esperando a que llegaran los Reyes Magos cada cinco de enero.

El Lucas Ordóñez actual solo tiene palabras de agradecimiento para todos los que hicieron posible aquella loca iniciativa, a sus padres, a sus hermanos y a todas las personas que le han acompañado y le acompañan en este viaje: "Mis tres hijas y mi mujer son mi vida. Ahora puedo pasar más tiempo con ellas y día a día van viendo lo que conseguí. Se suben al simulador y poco a poco irán entendiendo que ese simulador me cambió la vida. Mi madre y mi padre son los que me han dado los valores que tengo, la educación y me han hecho ser la persona que soy hoy en día. La familia es la que saca lo mejor de ti. Al Lucas que sufrió el revés de que ese sueño de ser piloto con 13-14 años se rompiese, le diría que siguiese esforzándose, luchando y trabajando por conseguir esos sueños, que la vida son altibajos y al final todo tiene su recompensa; lucha por tus sueños, confía en ti mismo, porque se pueden hacer realidad".

"Ha sido una historia de libro, de perseguir un sueño constantemente, de mucho sacrificio y mucha lucha. Miro para atrás y me doy cuenta de que fuimos unos privilegiados de haber podido vivir tantas experiencias en el mudo del motor, pese al limitado presupuesto que hubo en casa. Pero los dos nos lo hemos luchado, lo hemos trabajado, hemos vivido juntos esta misma pasión. Esa tenacidad y la capacidad de ir a por un objetivo cuando lo tiene claro le hicieron ver donde otros no hubieran visto. A sus hijas les diría que tienen un padre que ha perseguido sus sueños, que ellas lo hagan y que con trabajo, talento, formándose y creyéndoselo, se pueden cumplir". Son las palabras de Víctor, el hermano mayor de los Ordóñez. Su compañero eterno y el espejo donde siempre se ha mirado.

*Este reportaje documental no habría sido posible sin Escuela Race, Circuito del Jarama Madrid Race y SMC Motorsport..