El secreto mejor guardado de David Ferrer: "Estaba obsesionado, lo tengo todo apuntado"
El exnúmero tres del ranking recuerda cómo alcanzó la madurez. "Yo tenía miedo. Iba a entrar a pista y estaba cagado, pero eso es bueno".

Siempre que una joven estrella emerge en el mundo del tenis hay una especie de obsesión por contar los récords de precocidad que se baten. Ya no es que Fulano o Mengano ganara dos o tres Grand Slam con menos de 20 años, es que aparecen estadísticas de lo más rebuscadas. Con Carlos Alcaraz, el último adolescente en agitar el árbol, se han contado hasta el número de veces que ha llegado a cuartos de final.
Sin embargo, muchas veces se olvida -a los periodistas los primeros- que la trayectoria de Alcaraz, como lo que hicieron en su momento Rafael Nadal, Novak Djokovic, Boris Becker o Michael Chang, es la excepción. Lo normal es que un tenista de 19 años no tenga la madurez suficiente para alcanzar ese nivel y mantenerse. Lo normal es que tarde algunos años más en llegar a su pico de forma. "Yo hasta los 25 años no llegué a una madurez completa y no entendí al completo el juego del tenis", dice en ese sentido David Ferrer.
Pero no se equivoquen tampoco: Ferrer no es un tenista "normal". Estuvo 292 semanas consecutivas en el top ten entre 2010 y 2016, llegó a ser número tres del ranking en la época del Big Four, levantó 27 títulos y jugó más de mil partidos antes de colgar la raqueta en 2019. Ahora, a sus 42 años, es el capitán español de la Copa Davis y además dirige el Conde de Godó.
Es una voz respetadísima en el circuito y por eso ocupó uno de los espacios centrales de la World Tennis Conference, un simposio de tenis celebrado recientemente en el que Ferru hizo un repaso de su carrera tenística, revelando algunos detalles desconocidos de su época de jugador.
"Si tuviera que decir una capacidad de mi evolución tenística, sería que tenía mucha curiosidad por los mejores del mundo. Me fijaba en los buenos que tenía alrededor en España como Carlos Moyà, Corta, Corretja... y de joven tuve cerca a Ferrero y a Safin, que entrenó conmigo y me ayudó mucho", recordó el tenista de Jávea. "Yo hacía muy bien lo de copiar y pegar".
Un tenista competitivo como pocos
La constancia y el gen competitivo han sido las dos cualidades que siempre se han destacado de Ferrer, un jugador que se transformaba en la pista. Fuera de ella, era una persona muy tranquila, amante de la lectura y que nunca alzaba la voz, pero una vez dentro era como un pitbull, un tenista que peleaba cada bola, que corría de lado a lado sin parar y que en el fondo de la pista era una roca.
"Tú puedes ir afinando tu técnica competitiva con el paso de los años, pero hay jugadores que son más competidores que otros. Unos lo llevan mejor y otros con más estrés. A mí me encantaba competir. Incluso entrenando: yo entrenaba con puntos y sets", señaló Ferrer. "A mí no me costaba competir. Siempre tenía el respeto de entrar a una pista, pero dentro me transformaba. Tenía ese gen competidor, ese gen de tener rabia me hacía competir bien y no tenía miedo de afrontarlo. Eso era una ventaja para mí".
"Desde el 2007 hasta el final de mi carrera tengo apuntado todo lo que iba a hacer antes de cada partido"
Sobre ese miedo escénico, Ferrer rescató detalles de su experiencia como entrenador de Alexander Zverev. "A mí me gustaba mucho preguntarle a Zverev si estaba nervioso. Él me decía que no. Pero yo le decía que no pasaba nada, que yo también estaba nervioso cuando jugaba. Es más, yo tenía miedo. Pero tener miedo no es malo. Yo iba a entrar a la pista y estaba cagado. Eso es bueno porque te obliga a buscar la manera de afrontarlo y te hace sacar el lado humano".

Las notas infinitas de Ferrer
Además, reveló un secreto: "Desde el 2007 hasta el final de mi carrera tengo apuntado todo lo que iba a hacer antes de cada partido. Escribía cosas como 'Voy a intentar poner tres pelotas dentro en el primer juego al resto' o 'Voy a intentar que los rallies sean largos'. Y luego me apuntaba mi táctica, pero por si fallaba ponía un plan B".
"Es un poco friki, pero es la verdad. Y después del partido, al día siguiente, ponía pequeñas notas, apuntaba en qué había fallado, en qué podía mejorar. Lo tengo todo apuntado en notas. Y eso me daba cierta tranquilidad para afrontar el partido de una manera competitiva. Y cuando fui entrenador también me apuntaba las cosas", añadió el finalista de Roland Garros en 2013.
"También escribía cosas mentales y cuando estaba presionado ponía algo filosófico de la vida, como 'Gane o pierda, mi vida no va a cambiar porque tengo el amor de mi familia'. Eran cosas mías. Cuando me retiré nunca lo vi más, pero cuando jugaba estaba obsesionado".