ENTREVISTA (PARTE II)

Carlos Delfino: "Estuve casi tres años entre muletas y silla de ruedas"

En una primera entrega contó muchas cosas, como ese contrato que rompió con el Real Madrid, pero la charla del escolta de 41 años con Relevo daba para mucho más.

Carlos Delfino, durante los JJ. OO. de 2008. /AFP
Carlos Delfino, durante los JJ. OO. de 2008. AFP
Julio Ocampo

Julio Ocampo

Aunque esté sin equipo y tenga 41 años, oficialmente Carlos Delfino no está retirado. Además, probablemente nunca lo estará, porque ya lo estuvo una vez, y volvió cuando menos lo pensaba, cuando a lo máximo que aspiraba era a jugar con su hijo en el patio del colegio o en algún parque de su querida Bolonia, ciudad que rezuma un aroma de basket muy especial. En el páramo agreste de las lesiones -casi tres años sin poder caminar- comprobó que sólo el miedo brinda la posibilidad de ser valiente y que el prestigio (abandonó la NBA para empezar de cero en Boca) se sostiene en las carreteras secundarias.

Carlos Delfino habla de sus lesiones. EDICIÓN: MICHÈLE NOVOVITCH

A veces la prensa necesita titulares telegráficos y taxativos, pero tú hablas otro idioma. ¿Nunca te vas a retirar del baloncesto?

Ya lo estuve con las lesiones. Fue hace muchos años, y lo pasé fatal. En realidad, yo nunca dije entonces que abandonaba el baloncesto, pero enseguida comenzó a girar ese mensaje. Me molestó muchísimo, me hizo daño. Estaba imposibilitado para jugar, para correr, pero no roto o retirado como se decía de mí. Me afectó muchísimo todo eso. Salí por suerte, pero algo tocado. Hoy mi software, tanto física como biológicamente, va quedando obsoleto, eso está claro. Además, con tantas operaciones… Muchas veces de mi vida he entrado en una cancha pensando que ese era mi último partido, y eso me daba tristeza.

¿No jugabas bien porque precisamente pensabas que podía ser el último?

Sí, exacto. Cambié el chip y mejoré mi rendimiento. Si analizas mis últimos años con la Selección o en Pesaro (Serie A italiana) ves grandes prestaciones, porque nunca pienso ya que pueda ser el último. Es que yo cada día entreno para jugar mi próximo partido, que no sé cuándo, con quién ni contra quién será, pero estoy seguro que vendrá. Toda la vida será así. Eso me da alegría.

Estuviste en el partido de despedida de tu compatriota Nico Gianella, que jugó varias temporadas en España: León, Granada, Lleida o Plasencia.

Sí, y le conté todo esto, porque es un hermano para mí. Jugamos juntos en Reggio Calabria. Nos vimos en verano y le dije que le envidiaba, porque se puede retirar y despedirse… Yo no sé. Mi juguete más lindo es la pelota de basket. Nunca podré decir que no juego más. Respeto el juego, mi pasión, me da igual la camiseta, ganar un euro o nada… Me divierte el juego, sin más. Así estoy mejor, sin pensar en el último partido.

El nuevo entrenador del Libertas Pesaro, Maurizio Buscaglia, decidió prescindir de ti. Fuiste capitán allí las tres últimas campañas.

Sí, aunque pude renovar a mitad del curso pasado sin saber aún quién iba a venir. Me negué para evitar precisamente eso, ser un peso para el nuevo técnico que viniera. No quería ser incómodo. Fue lo más sano para todos, y el tiempo me ha dado la razón, porque no contaba conmigo.

¿Quién te regaló tu primer balón?

Mi abuela era peluquera y mi abuelo albañil. Ellos me hicieron ese maravilloso regalo. Mi padre fue jugador profesional en argentina cuando el profesionalismo en esa liga se instaura en el 85. No quería que yo jugara. Así pues, mi abuela me compró el balón y mi abuelo me colocó el aro en el patio de casa. Mi papá no quería saber nada. A partir de entonces cambió mi vida para siempre.

Tras dos años en la Fortitudo llegas a la NBA en 2004. No habías cumplido ni 22 años. Allí pasas de luchar por el anillo a las infinitas lesiones. ¿Cómo fue cruzar el Atlántico?

Un sueño. Crecí viendo a Kobe Bryant, y luego me enfrenté muchas veces a él. Fue algo único competir cada noche contra los mejores del mundo. Llegué a Detroit, que venía de ganar el anillo. Eran los campeones, y aunque en mis tres años no jugaba con continuidad (quince minutos de media) me pareció todo sensacional. El primer año perdemos la final contra San Antonio, liderado entonces por Ginobili, Parker y Duncan. Nosotros teníamos a Chauncey Billups, Richard Hamilton, Rasheed Wallace… Fue brutal.

Te tocó perder muchas veces: finales de Euroliga, Scudetti con la Fortitudo, finales de conferencia (contra Miami en 2006 y en 2007 contra los Cleveland de LeBron). Luego vas a Toronto, donde juegas con Calderón, Bargnani o Garbajosa... Y a Milwaukee. Viviste todas las esferas de la NBA. Las lesiones ya se acercaban.

Yo estaba en Houston. Íbamos a jugar los playoffs, así que me infiltré para jugar. Tenía una pequeña fractura en la parte alta del pie, concretamente en el hueso que le permite rotar y moverse. Al parecer, todo esto porque me ataba los cordones muy fuerte.

El punto 'clou' es en casa con Oklahoma.

Yo estuve bien dos o tres días tras infiltrarme, pero luego llega ese partido. Podía ser el último partido de la temporada, así que quería jugar. En un momento del choque, robo un balón, salto para tirar a canasta y ahí me hace falta Kevin Durant. Al caer siento un ruido muy extraño en el pie. Todo el mundo estaba enloquecido porque fue canasta y personal. Pido el cambio al técnico (Kevin McHale) cuando meto el tiro libre. El cambio no estaba listo aún, así que el partido continúa, robo un balón y vuelvo a encestar. No podía más de dolor.

Insististe con el cambio.

Sí. Fue mi último partido. El hueso se rompió, así que decidí operarme en Nueva York a través del equipo. A los dos meses, ya con el hueso curado y demás, firmo mi nuevo contrato con los Bucks (2013-14). Me dan el protocolo de trabajo para el verano, que lo paso en Argentina. Un día estoy pedaleando en bicicleta y noto el mismo ruido en el pie. Me volví a romper el hueso. El doctor que me operó me dijo que una parte de él está en necrosis, como una manzana podrida. Ese proceso ya suponía, al menos, 18 meses para volver a su ser.

A partir de ahí, siete operaciones. ¿Qué sucedió en la cuarta?

Me sacan el hueso de la cadera para ponerlo en el pie y hacer revivir la parte marchita. Nunca sucedió. A partir de entonces me pasé dos años y medio entre muletas, mesa de operaciones y silla de ruedas. Fue muy duro. Perdí todas las esperanzas.

La ilusión reaparece en tu querida Bolonia, cuando ya estabas retirado.

Sí, mucho después encuentro un día a un amigo podólogo. Me habla del profesor Giannini, número uno de la Universidad de Bolonia. Ya anciano, pero quien enseña a los doctores y especialistas de hoy. Hizo lo que todo el mundo descartó inicialmente: extraer la parte podrida del hueso. A los dos meses ya podía caminar. Le pregunté si al menos iba a poder jugar con mis hijos. ¿Sabes qué me respondió? Que eso y mucho más: incluso volver nuevamente a la élite… Y así fue.