El Chacho nos enseñó a ganar a su manera

Chus Mateo lo llamó "nuestro Harry Potter" en sus palabras de despedida. Florentino Pérez le agradeció "su magia". No se ha parado de hablar del Chachismo, de la alegría con la que jugaba, de la diversión, de lo lúdico. Parece que el legado de Sergio Rodríguez fuera ese, y no sería poco. Pero lo que nos deja el Chacho tras 20 años menos un día en el baloncesto profesional no es solo el júbilo. Es una lección de vida: así, poniendo el goce en el centro, que dicen ahora en política, lo que hizo el canario fue enseñarnos a que divirtiéndote también puedes ganar.
La carrera de Sergio nació bajo sospecha, como siempre lo están el talento y la alegría. Tiró todas las paredes a base de caños, pases sin mirar, la búsqueda de la sonrisa en los demás. No sé si fue su intención o solo que no entendía la vida botando el balón sin pasárselo bien. Posiblemente sea esto último. Pero tampoco entendió nunca entrar a una pista sin querer ganar por encima de todo. En el viejo debate de lo bonito o lo efectivo, Sergio escogió los dos. Y en eso es un genio generacional, único, un cometa caprichoso: ha habido muchos jugadores que nos hicieron vibrar por lo bello de su juego, ha habido un montón que nos han hecho sonreír por su búsqueda de la diversión, ha habido unos cuantos que nos han hecho apretar los puños por su insaciable hambre por ganar. Pero, ¿cuántos nos han dado las tres cosas durante 20 años menos un día? Pocos. Se cuentan con los dedos de una mano. Uno de ellos es el Chacho.
El Chachismo es, también, ganar. Divirtiéndose, sí. Sin dejar que te coarten tu personalidad, sí. Poniendo la diversión por encima de casi todo, sí. Pero es ganar. Hace muchos años, cuando Sergio acababa de regresar de la NBA y lo entrenaba Ettore Messina en el Real Madrid, cuando no le iba bien y Messina parecía ser un ogro que le chupaba la magia, el entrenador italiano me confesó: "Me encanta Sergio porque quiere ganar por encima de todo, no está ahí por estar. No tiene nada de inocente. No me esperaba que fuera así".
Varios años después, cuando Messina era asistente en los San Antonio Spurs, me vio en el pabellón del equipo texano y nos saludamos. Lo primero que me preguntó es cómo estaba Sergio, qué tal le iba la familia, cómo lo veía yo. Dos años después lo fichaba para el Armani Milán como su jugador fetiche. La respuesta de Sergio fue hacerle ganar. Ayudó a convertir a un alicaído histórico como el equipo milanés en una franquicia otra vez ganadora. Pregunten allí por Sergio, ya verán como es adoración. En Moscú, de donde se fue tras ayudar decisivamente a ganar una Euroliga que parecía resistirse, también lo quieren mucho. Lo mismo en el Madrid. Y en la Selección. Y sí, en todos esos lugares ha dejado su encantadora personalidad (la de un chaval que se hace querer porque también sabe querer), su juego vistoso que enamora, su simpatía y su don de gentes... pero en todas partes dejó un legado de títulos y victorias.

Eso nos enseña Sergio. Es una lección de deporte y de vida. Se puede ganar, se pueden hacer las cosas bien, se puede ser exitoso sin perder las ganas de pasarlo bien ni de disfrutar y hacer disfrutar. En el baloncesto o en tu trabajo, lector/a que me estás leyendo. Cuando te hagan creer que para rendir hay que pasarlo mal, que para conseguir objetivos hay que tener miedo, que para hacerlo bien hay que tener un palo metido por el culo, piensa en el Chacho. Él nos dice que no es así. Y ese legado traspasa todas las fronteras.
En su acto de despedida del Real Madrid, Sergio dejó una frase que podría ser el titular de este texto: "Espero ser recordado como alguien que se divirtió jugando al baloncesto y lo dio todo para ganar". Recordar a Sergio como alguien que nos hizo disfrutar de este juego, que en cierta manera nos devolvió a la fascinación infantil por las cosas con cada asistencia, cuya leyenda está muy por encima de sus números porque su juego se guarda en el corazón y no en un disco duro, recordarlo por todo eso está muy bien. Y es justo. Pero no es todo. Sergio ganó, hizo a todos sus equipos ganar, y en una pista no hizo nada que no sirviera para ganar. Ganar, ganar y volver a ganar. Pero ganar como él quiso.