OPINIÓN

El gran fracaso de los superequipos: porque acumular talento nada tiene que ver con crear química

Una imagen del cuarto duelo de los playoffs de Euroliga entre Maccabi y Panathinaikos. /GETTY IMAGES
Una imagen del cuarto duelo de los playoffs de Euroliga entre Maccabi y Panathinaikos. GETTY IMAGES

Aún no había cumplido los veinte años y era un fan absoluto de la NBA. Corría julio de 2003 cuando en los Lakers fichaban a Karl Malone y Gary Payton. Los dos sacrificaban salario a cambio de intentar lograr lo que durante casi toda una vida en Utah y Seattle no habían conseguido: el anillo. Curiosamente, el verdugo había sido el mismo, los Bulls de Michael Jordan en las finales de 1996, 1997 y 1998 ante el que ahora sería su nuevo entrenador Phil Jackson.

Si ya era difícil mantener esa relación entre Kobe y Shaq a flote, por lo que no quiero ni imaginarme las caras que pondrían El Cartero y El Guante al ver los choques casi continuos entre ambos cuando ellos, tirando de romanticismo, habían decidido perder dinero buscando un objetivo. Los Pistons, con más cemento defensivo y más corales, les privaban de levantar el trofeo Larry O'Brien y casi les sonrojaban en una final en la que acababan ganando por 4-1. Ese es mi primer gran recuerdo de un superequipo, de una superplantilla. Y la historia demuestra que el baloncesto no consiste en coleccionar estrellas, sino en hacer equipos.

La temporada 2021-22, los Lakers tuvieron en el mismo roster a LeBron James, Anthony Davis, Russell Westbrook, Carmelo Anthony, Dwight Howard y DeAndre Jordan. Y los Nets su 'Big Three' formado por Kevin Durant, James Harden y Kyrie Irving junto a otros jugadores como Blake Griffin o LaMarcus Aldridge. Ni unos ni otros llegaron ni a las finales de Conferencia.

Porque las grandes dinastías del deporte de la canasta en la NBA se han hecho de jugadores que tenían papeles y roles determinados. Los Celtics o los Lakers de los 80, por ejemplo. Sí, los del Showtime tenían a Magic Johnson, Abdul-Jabbar y James Worthy… pero también a AC Green, Byron Scott y Michael Cooper… y los del Garden a Larry Bird, Kevin McHale y Robert Parish… pero también a Dennis Johnson o Danny Ainge.

No hace falta que recordemos a los Bulls porque The Last Dance ya nos ha servido para recordales y, sobre todo, para abrir o reabrir heridas de asuntos internos que suceden cuando se gestionan grupos (y que pasan en las mejores familias).

Pero este artículo no es histórico. Y es que la actualidad de nuestro baloncesto me lleva a la reflexión. Empezando por la eliminación a las primeras de cambio de los playoffs de la NBA de los Suns, tercera plantilla más cara. El dicho dice que el dinero no da la felicidad, ayuda, pero hacer equipos es otra cosa.

Es llamativa la trayectoria de Kevin Durant, que sólo ha conseguido dos anillos curiosamente con unos Warriors que ya eran campeones cuando él llegó en 2016… y de los que salió tras un roce con Green que fue la gota que colmó el vaso, una última temporada que consideró una falta de respeto y no tener una relación cercana-feeling con Curry. A veces la gestión de egos como el suyo no es nada sencilla…

No me olvido de que también estuvo en el inicio de su carrera en los Thunder del 'casi', que sólo fueron capaces de ganar el primer partido de la final de 2012 ante los Heat. Y en aquel equipo de Oklahoma estaban Westbrook y Harden. Tras pasar por los Nets, KD ha vivido un nuevo capítulo en los Suns: barridos por los Timberwolves en la primera ronda de los playoffs tras formar un super-equipo en verano al que añadieron al gran nombre propio Devin Booker a un All-Star como Bradley Beal.

Recuerdo a Shams Charania contando los gritos del técnico Frank Vogel que retumbaban fuera del vestuario tras caer ante los Clippers allá por abril. Pero lo peor no era eso, lo peor era la reacción: a los jugadores les daba igual, vamos que les entraba por un oído y les salía por otro. Un jugador le confesaría al insider que le costaba contener la risa mientras aguantaban una nueva bronca del entrenador en el entrenamiento posterior.

Vi con mis propios ojos al propio Bradley Beal faltar al respeto a Vogel en un cambio en el que le daba la mano de cualquier manera. Y a los medios estadounidense volviendo a señalar que Durant volvía a no estar a cómodo en el ataque de los de Phoenix.

Dice un amigo que la química es responsabilidad del entrenador, pero que le tienes que dar los ingredientes para poder llevarla a cabo. Y es que si sólo tienes sal no podrás hacer pan porque te faltará harina y una pizca de levadura.

Pero vaya precio tiene la sal en Phoenix: a 50 kilos de promedio la próxima temporada de cada una de sus tres estrellas. Svetislav Pesic diría aquella frase que pronunció en su segunda llegada al Barça allá por 2018: "Un jugador que tiene tres coches en el garaje no va al rebote ofensivo".

Trasladando esto a Europa hay que hablar de la mejor serie de los playoffs de cuartos de final de la Euroliga que para mí está siendo la que enfrenta a Maccabi y Panathinaikos.

Cuando escribo este artículo, el Panathinaikos ya ha puesto el empate a dos y tengo pocas dudas de que vaya a sacar adelante la eliminatoria, pero no me veo nada representado con su juego. Claro, cuando tiras de talonario, al final el talento gana los partidos. Eso es lo que ha pasado en el último choque con un jugador como Sloukas que ha hecho que las serie vuelva al OAKA.

Pero no creo que las declaraciones de Ataman sobre Juancho al inicio de la temporada o Vildoza antes de estos playoffs hayan ayudado mucho a generar química. ¿De qué sirve sobrepagar y romper el marcado si para ganar un cuarto partido utilizas una rotación de seis jugadores con cuatro de ellos por encima de los 32 minutos de juego?

Sinceramente me siento más identificado por la propuesta de juego del Maccabi. Un equipo más trabajado (se ve a la legua) y que también, por circunstancias de la situación que han vivido esta temporada, les ha llevado a trabajar esta química. Sombrerazo para Katash.

Decía un Josh Nebo orgulloso de lo logrado en una entrevista al periódico Israel Hayom que "nuestra unidad nos llevó al éxito porque esto podría haberse desmoronado muy fácilmente. En un año como este, podría haber sido muy fácil para los jugadores darse por vencidos, levantarse y marcharse, encontrar excusas para explicar por qué fracasamos, pero este equipo es diferente".

Esa es la química, la del #strongertogether (más fuertes juntos) figurado por la situación de su país en las lonas detrás de los banquillos de la sala Pionir, el exilio en Serbia del equipo amarillo, pero que los jugadores han hecho propia.