OPINIÓN

Adiós al Chachismo o cuando una forma de sonreír supera cualquier trofeo

Sergio Rodríguez, durante un partido con el Real Madrid./GETTY
Sergio Rodríguez, durante un partido con el Real Madrid. GETTY

El deporte profesional muchas veces se mide en base a los trofeos que tienes en la vitrina o en los triunfos que acumulas en tu cuenta de resultados. Como si de un banco se tratase. Sin embargo, de vez en cuando aparece una especie distinta, una raza de deportistas que entienden su actividad como un juego para ganar, pero también para deleitar a quienes pagan una entrada por verles.

Entre estos, alguno incluso se convierte en una forma de vida, una corriente filosófica para entender el deporte. Y ese, probablemente, haya sido el triunfo más importante del Chacho.Sergio Rodríguez dejó su nombre y su apellidos para el DNI y adoptó una personalidad diferente en la cancha. Se puso el traje de showman y de su varita nació el Chachismo, esa tendencia que hacía sonreír a los espectadores, que hacía soñar a sus compañeros y que desesperaba a los rivales ante la imprevisibilidad de su juego.

El base tinerfeño lo ha ganado todo en su carrera. De hecho, su palmarés no está al alcance de todos aunque a muchos les pase desapercibido: 3 Euroligas, 4 Ligas ACB, 5 Copas del Rey, 5 Supercopas de España, 2 ligas en Rusia, una liga italiana, una Copa en Italia, una Copa intercontinental, un Mundial, un Eurobasket, una plata y un bronce olímpico y otras tres preseas continentales, amén de varios galardones individuales, como el MVP de la Euroliga que muchas veces se olvida y que terminan palideciendo ante algo que muchas veces es más importante en el deporte: el legado.

La huella del insular no se ciñe a la sala de trofeos. Es más duradera. Es como ese primer amor juvenil, que nunca se olvida. Es esa primera impresión que quedaba grabada en la retina para siempre y que te hace engancharte a algo como una mala droga: un primer visionado de El Padrino, las primeras notas del Satisfaction, las primeras líneas de Brooklyn Follies o un pase sin mirar del Chacho. Ese embrujo del que luego no puedes (o no quieres) salir y que te convierten en un adicto.

Eso lo consiguió el Chacho durante 20 años en la cancha y siempre lo hizo con una sonrisa, que en sus últimos años costaba adivinar por su tupida barba. Pero sabías que estaba ahí porque con cada entrada, con cada triple o con cada asistencia sabías que él estaba disfrutando porque él era consciente de que hacía disfrutar a compañeros, espectadores e incluso rivales.

Ha sido el penúltimo de una estirpe (el Rickycesto le cogió el testigo y esperemos que todavía queden trucos en esa chistera) para los que era tan importante el fondo como la forma. No es lo mismo ganar que hacerlo jugando para los demás. Y eso ha sido el Chachismo, otra variante del hedonismo. Una corriente que nos ha enseñado a disfrutar de la plasticidad y los fuegos de artificio con un doble fin: entretener y ganar. No todos pueden presumir de conseguirlo, pero el base insular lo ha logrado.

Heredero tanto en la concepción del juego como en el mote, el 'Chocolate blanco' español cuelga ahora las botas para seguir disfrutando de la vida. Con su familia. Esa que nunca le ha dejado y que le ha acompañado en esa vida a lo Phileas Fogg que le ha llevado a todos los rincones del mundo. Y siempre con la bandera del Chachismo. Ya saben, unos ratos se disfruta y otros, lo mismo.