¡Hagan algo!

La palabra es una cuestión de vida o muerte. Es salvar (se) o las tinieblas. La renuncia de Ricky Rubio a ir a un Mundial, donde estaba llamado a ser líder y ejemplo, para cuidar su salud mental y cuidarse a sí mismo le ha convertido precisamente en eso, líder y ejemplo para una sociedad que va con la sonrisa puesta y la cruz a cuestas. Su confesión, su apertura, su "hasta aquí", es una lección para aquellos que ven en cada día una pendiente y en cada instante un tormento que nadie puede entender porque pocos pueden explicar.
Pone sobre la mesa una pandemia social que muchos intentan ignorar. Hasta en el Congreso de los Diputados se ha llegado a escuchar alguna gracia sobre un tema que no admite bromas. Aquel "vete al médico" que recibió Íñigo Errejón, portavoz de Más País, del popular Carmelo Romero mientras exponía la necesidad de actualizar la estrategia nacional para la atención psicológica, fue un bofetón y un esparadrapo en la boca a quienes están rotos por dentro. El diputado se disculpó, pero ahí quedó el síntoma.
El paso adelante de Ricky demuestra, una vez más, que a pesar de verles como superhéroes, como figuras inquebrantables, como máquinas engrasadas para el triunfo y el éxito, los deportistas no están libres de la amenaza silenciosa. "Entre dos fotos de Instagram, nadie sabe lo que está pasando", declaró Lewandowski este viernes en L'Equipe, poniendo el foco en los juicios rápidos a los que se les someten. La vida va por un lado y la salud mental por otro, con el suicidio como consecuencia más trágica. Y cuando este se presenta, ya no hay hilos que puedan coser un camino de regreso.
Uno de los últimos estudios publicados en nuestro país, indica que cuatro de cada 10 españoles aseguran no gozar de una buena salud mental. Pero lo más preocupante es que un 40% de las personas diagnosticadas con este tipo de problema ha sentido rechazo social por parte de su entorno.
Ricky Rubio no está bien pero su gesto puede contribuir a que todos vayan encontrándose mejor. Su honestidad debe servir para abrir los ojos y, sobre todo, la boca de quienes nunca se permiten sentirse mal. Afortunadamente, muchos deportistas están rompiendo con esa armadura histórica, gris y rancia, asumen su situación, se ponen en manos de psicólogos y psicólogas y, lo más importante, alzan la voz.
Les toca a ustedes, señores políticos, priorizar un asunto que duele a todos pero no todos tienen recursos para ponerle remedio a su derrumbe. Se estima que en la Sanidad Pública hay poco más de seis psicólogos por cada 100.000 habitantes, tres veces por debajo de la media europea. Ya es hora de que se dejen de lanzar el mobiliario a la cabeza para ayudar a los ciudadanos a cuidar la suya. La confesión de Ricky es un ejemplo, como también lo fue el paso a un lado de Simone Biles, quien este sábado, dos años después de renunciar por un problema mental en plenos Juegos de Tokio, vuelve a competir. A veces para poder continuar hay que parar. No se puede correr con la pierna herida, pero tampoco con el alma rota. Ni en el deporte ni en la vida. Hagan algo.