Paco Lucas, el piloto de helicóptero de José María García: "En La Vuelta a España pensé que nos matábamos"
El veterano comandante atiende a Relevo para recordar, en dos entregas, las anécdotas jamás contadas de aquellos años en la ronda ciclista.

No es que haga calor, es que el ambiente en Madrid es tórrido. También a las afueras de la capital, donde Paco Lucas recibe a Relevo en el helipuerto del Parque de Bomberos de Las Rozas. Allí, el océano de hormigón sobre el que descansan los helicópteros es incapaz de absorber la fuerza del sol, que rebota contra la piel, emborrona el horizonte y convierte el lugar en un horno inhabitable.
El protagonista, que viste chanclas, pantalón corto y camiseta de tirantes a la espera de una posible llamada de emergencia que le obligue a ponerse el traje y dejarlo todo, refugia a quienes se disponen a grabar esta entrevista a salvo del sol.
Instalados en un cuartucho repleto de sillas con brazo de pupitre, una pizarra en desuso y reclamos populares varios por las paredes, el 'Comandante Lucas', piloto de helicóptero en las 17 Vueltas que transcurrieron entre 1985 y 2002, carraspea, acomoda las piernas y agudiza la mirada para hablar sin tapujos de José María García y la guerra de las radios en la ronda ciclista. A fin de cuentas, no es el primer incendio al que se enfrenta en lo que va de día.
¿Cómo llegas a La Vuelta?
Por coincidencias de la vida. Yo siempre había soñado con volar, desde que era niño. Me hice piloto civil de helicóptero en una época en la que no era lo habitual, la mayoría eran militares. Fui de los primeros que hubo en España y me surgió la oportunidad estando en la sección de rescates, en Asturias. Llamó Televisión Española, que querían hacer La Vuelta ciclista a España en directo. Iba a ser la primera, claro. La empresa me dijo: 'Pues tú, venga, ¡a La Vuelta!'. Y allí que me fui, a hacer la primera edición televisada en directo.
Y de ahí, a la radio.
Sí, muy pronto pasé a la radio. Primero, en la Cadena Ser, donde estuve cerca de diez años con José Ramón de la Morena, con Manolo Lama, con Paco González y todo el equipo. Éramos unos chavalines, teníamos muchas ganas y mucha ilusión, pero éramos como un grupo de amigos que luchaba por competir con José María García.
Precisamente, te acabó fichando García para la Cope.
Sí, después de esos diez años en la Ser, fiché por la Cope. Fue todo muy rápido. Mi empresa era una compañía de helicópteros, pero nada de lo que hacíamos salía a concurso público. Era todo privado. Hubo un momento en el que otra empresa ofreció un servicio más barato que nosotros y la Cadena Ser la contrató. García se enteró y me llamaron de su equipo de inmediato.
¿Ya le conocías?
Sí, ¡allí nos conocíamos todos! En la primera Vuelta que hice, estaba llevando ciclistas de la meta a sus respectivos hoteles y allí estaban, entre otros, Anselmo Fuertes y William Palacio, que ese día se había caído y tenía todo un costado en carne viva. Le llevé a un hotel de Valencia, aterricé y cuando me bajé para llevarlo con la gente que había allí esperando, se destrabó el freno y el helicóptero empezó a rodar hacia una pared. Anselmo y el resto de ciclistas se tiraron en marcha. Fue un caos tremendo. Afortunadamente no pasó nada grave, porque pudo haber sido un verdadero drama. En ese momento de crisis, apareció José María García, que estaba con Antena 3, y me dijo: "Paco, ¡qué ha pasado! Dile a tu gente que mañana mismo está nuestro helicóptero a tu disposición". Los de la Ser, cuando se lo conté, no se fiaban del todo. Decían: 'Bueno, bueno, ya veremos'. Claro, había una guerra interna tremenda.
Pero el gesto no lo olvidaste.
Hombre, me pareció un detalle brutal con la competencia que había. Con el tiempo me di cuenta de que él tenía una cara, que era la que sacaba en la radio, y luego otra personal que no tenía nada que ver.
¿Cómo le ayudabas desde el helicóptero en las retransmisiones?
A ver si lo sé explicar bien. El helicóptero hacía de relé. Cogía las señales que emitían los coches y las motos, y esas ondas las recogíamos con unos repetidores y los mandábamos a un receptor, que solía ser un todoterreno ubicado en un punto elevado, y que, a su vez, enviaba la señal a la radio. Claro, había etapas en las que no se podía posicionar el todoterreno. En esos casos, lo que hacíamos era mandar a un equipo de técnicos a un bar, cualquier bar, donde pedían utilizar el teléfono, lo desguazaban, metían los cables correspondientes, me recibían a mí, les daba la señal desde el aire y los metían por teléfono. Claro, imagínate los dueños de los bares. ¡Se pillaban unos rebotes! Decían: 'Pero oiga, ¡qué hacen con mi teléfono!'. Había que explicárselo bien y darle una propina, claro. Ahora parece todo muy romántico, pero que la señal llegara era muy, muy estresante.
Tú desde el aire también intervenías en antena.
Sí. Recuerdo especialmente un día que estábamos por Albacete y en una de las comunicaciones, García me dice: "A ver, Comandante Lucas, ¿cómo está el tiempo hoy?". Le empiezo a contar, pues hay alguna nube que puede romper, pero yo creo que según va la etapa no les va a afectar. "Vale, perfecto, pues todos tranquilos", dijo él. Claro, todos los equipos escuchaban desde los coches a García. Con la información que le di, todos contentos. De pronto, la carretera hace un giro de 90 grados y pum, veo que se meten en nubes de tormenta. Les cayó una chupa… ¡Empezó a llover torrencialmente! Los ciclistas no estaban preparados. Se montó una tremenda. En la siguiente comunicación, García me dice: "A ver, Comandante Lucas. Sé que como piloto eres de lo mejor, ¡pero como meteorólogo no tienes ni puta idea! ¿Qué va a pasar en el resto de la etapa?". Yo pensé, joder, éste me va a pillar otra vez. Entonces le dije: "Mira, José María, hay nubes, hay claros, puede ser que llueva o puede ser que no. En el transcurso de la etapa te lo iré comentando". Se hizo un silencio de radio que me hizo dudar si se había ido la señal. Unas horas después, cuando aterricé en la meta, antes de recogerle junto a varios ciclistas, los técnicos me dicen, Paco, cógete las maletas que te vas para Madrid. Lo de que "puede llover o no"… ¡Él quiere que le digas si va a llover o no! Entonces viene García muy serio: "Te voy a decir una cosa, Paco". Yo pensé, éste me echa. Y me dice: "No solamente he descubierto un gran piloto. También he descubierto un gran comunicador". Claro, yo le pregunté: "¿Entonces no me echas?". Y me dijo: "¡Pero qué cojones te voy a echar, Paco! Venga, va, tira".
¿Tuvisteis muchas broncas?
Muchas no. Te montaba alguna, es verdad, pero lo normal. Él quería que todo el mundo estuviera atento. Quería, por encima de todo, que su equipo fuera el mejor. Además, no te ponía pegas para nada. Que te querías tomar una cerveza, la pagaba la Cope. "Oye, que me voy a cenar", lo pagaba la Cope también. Así con todo. No pedía cuánto gastabas ni nada. No se metía en eso. Su empeño era ser el mejor equipo de radio. Y luego, además, era el primero en dar ejemplo, claro.
¿Cómo?
Hombre, pues con la fama que tenía, que se fuera con el micrófono a las metas para entrevistar a los ciclistas, pegándose codazos con todo el mundo…. Que además, te digo una cosa, con lo bajito que era y toda la gente que había allí, solo se veía el micrófono [ríe]. El técnico que iba con él era el más voluminoso de la Cope. Era un tío que pesaba ciento y pico kilos y que parecía de lucha libre. Era el que le apartaba a la gente.
Creo que nunca lo has contado... ¿Qué pasó en Gredos?
Uf [sonríe, arqueando las cejas]. A ver, en La Vuelta, los periodistas se jugaban su prestigio, pero nosotros nos jugábamos la vida. Te implicabas y querías que saliera todo bien. Un día estábamos siguiendo la carrera en Gredos y me metí con el helicóptero entre dos capas de nubes. Le dije al técnico: 'Mira, nos vamos a dar la vuelta, porque esto no me gusta nada, a ver si se van a juntar las capas y nos quedamos sin visibilidad'. Le dijimos a García que nos dábamos la vuelta. Y en ese momento, cuando nos estábamos yendo, las dos capas se juntaron de golpe. ¡Bum! Me quedé sin visibilidad. Cero. No se veía nada. En ese momento, el helicóptero empezó a caer de cola, miré al técnico, que estaba blanco, y pensamos que nos matábamos. Fue ahí cuando, no sé cómo, me calmé, y me convencí de que tenía que sacarlo adelante. Sin ver nada, saqué el helicóptero, que vibraba muchísimo, lo piqué, cogí velocidad, le dije a todos los compañeros que estaban retransmitiendo que necesitaba silencio de radio y conseguí subir para darle estabilidad. Fue una situación muy, muy complicada, pero no se dejó de retransmitir en ningún momento. Entonces, vino García y me dijo, ¡Paco, no te juegues la vida, coño!
¿Él se la jugó contigo?
A ver, a él no le gustaba volar. No es que le entusiasmara el helicóptero, pero le echaba narices y se subía todos los días. Un día, en Palma de Mallorca, hacía un ventarrón tremendo, y teníamos que ir a Barcelona, y desde allí al Parador Nacional de Vic. Él estaba cagado, me decía: ¿Se mueve el helicóptero? ¡Que si no, me voy en barco! Montamos en el helicóptero con varios ciclistas. Él iba muy nervioso ese día, sobre todo en las turbulencias. Luego todo se calmó y llegamos a Barcelona, donde teníamos que dejar a uno de los corredores. Entonces me dice, Paco, aterriza ahí. Era un sitio en el que no se podía, había que pedir permisos y demás, pero él me dijo, ¡aterriza ahí que te lo digo yo! Si pasa algo, yo te defiendo. Le hice caso, claro. Aterrizamos, se bajó con el ciclista y apareció un coche con una mujer y dos niños. Se bajaron y el ciclista se subió y se lo llevaron. Yo le dije, pero José María, cómo dejan a esta mujer con los niños aquí. García me dijo que se lo llevaban al hotel y que era un momento, que no me preocupara que luego él les daba un regalo. Y así fue.

¿Y después qué pasó en Vic?
Eso. De ahí fuimos dejando a otros ciclistas y, por fin, nos dirigimos al Parador Nacional de Vic, que yo no tenía ni idea de dónde estaba. Miramos el plano, ya anocheciendo, y llegamos como pudimos. Teníamos que aterrizar en una pista de tenis. Pero claro, era noche cerrada, no se veía nada. Entonces, de repente, ¡bum!, se encendió una luz cegadora en mitad de la montaña. Era una pista de tenis completamente iluminada a la que le habían quitado la red. Me dice, aterriza ahí.
Y aterrizaste.
Sí, sí, claro. Entonces, cuando entramos al Parador, me dice, bueno Paco, como estamos solos, ¿qué vas a hacer esta noche? Yo le dije que dormir, claro, que necesitaba descansar. Y me respondió, de eso nada, ¡vente a hacer el programa conmigo! Y así fue. Antes de eso cenamos, que él siempre lo hacía tomando cerveza con agua —algo rarísimo—, y luego ya fuimos a hacer el programa. "Vas a hacer de productor", me dijo. Yo no sabía ni lo que era eso, pero ahí que me hizo el lío. Acabé pasándole por línea interna al seleccionador nacional y al resto de protagonistas del día. Estábamos él y yo solos, allí, en medio de una montaña de Vic, y parecía que en el estudio había 20 personas. Aquello fue una cosa de locos... Aunque peor fue cuando, a la mañana siguiente, vi dónde habíamos aterrizado. Pensé: 'Joder, si lo llego a ver de día, no aterrizamos aquí ni de broma'. Nos podíamos haber matado.