Michele Bartoli no olvida al épico Pantani mientras rememora su victoria en Flandes: "Ojo, él nunca dio positivo"
El excliclista italiano ganó la clásica belga en 1996.

Lo decía alto y claro días atrás en la Gazzetta dello Sport Davide Cassani, excorredor y, hasta 2021, comisario técnico de la nazionale italiana masculina de ciclismo en carretera: "Sé que la Milán-San Remo tiene el encanto de la incertidumbre, y que la Paris-Roubaix la magia de un infierno que manda al paraíso al vencedor. Sí, pero el Tour de Flandes es la combinación perfecta de elementos variopintos: subidas terribles como el Koppenberg, los adoquines con polvo y a veces mojados, la carretera estrecha y miles de aficionados aglutinados en torno a ti". El ácido panorama es perfecto, pues, para cualquier pintor flamenco que se preste a calzarlo.
La cuenta atrás ya ha comenzado. Mientras el mundo se prepara para la segunda clásica-monumento de la temporada (abre la estación del Norte), Relevo charla con el ganador de la edición del 96. Lógicamente, semejante gesta hace que Michele Bartoli (Pisa, 1970) cuente también con un pequeño púlpito en el cartel de indomables de una prueba excesiva y cruel.
Este año, y ya comienza a ser una costumbre, se presume duelo entre van der Poel (vigente ganador) y Pogacar, aunque Filippo Ganna aspira a irrumpir discretamente para incendiar. Aunque Tadej en realidad lo es todo, ellos son los actuales bandidos del ciclismo de un día, dignos herederos de otros que también arramplaron en Fiandre, como Fiorenzo Magni, Johan Museeuw, Tom Boonen o Fabian Cancellara. Sentaron cátedra a partir de ahí, como El Bosco, van Eyck, Bruegel, van der Weyden o Hans Memling. Unos con la bici; otros con el pincel.
Descríbame el encanto de la prueba por favor
Carrera singular, única. Mientras que la de Lombardía puede ser equiparada a otras (subidas, bajadas… parece la Vuelta de San Sebastián), el Giro delle Fiandre está solo allí. No existe nada similar en ninguna otra parte del mundo. Pasa lo mismo con la Roubaix. Porque si lo piensas bien, la Liegi es parecida al Amstel, al campeonato de Zurich en mis tiempos, pero estas dos, amigo… Estas dos no admiten comparación alguna. Carreteras estrechas, cemento, asfalto, pavé… Los tifosi allí son los mejores. Sin duda. Una caldera a presión.
Usted fue uno de los mejores intérpretes ―a caballo entre los noventa y el dos mil― de le corse in linea di un giorno. En su haber hasta cinco clásicas-monumento. Comencemos por la primera. El Fiandre'96 (Museeuw fue tercero). Bélgica vuelve a vestirse de gala este domingo.
Fue mi primera gran clásica. Un recuerdo magnífico. Nuestro director era el mítico Giancarlo Ferretti. Teníamos confianza en hacer algo importante, porque sabíamos competir. La preparamos muy bien, con simulaciones de ataques en carreras precedentes al Fiandre. Quizás, en mi vida deportiva, fue una de las que proyectamos mejor. Se vio en el resultado final.
Ferreti, durante tres décadas, ha lidiado con grandes estrellas del ciclismo. Usted deja Mercatone Uno en 1995 para pasar a MG Boys Maglificio, donde estaba él. Por esa escuadra italiana han circulado Museeuw, Fabio Baldato (segundo en Fiandre'96), Cipollini, Franco Ballerini, Bettini o Pascal Richard, entre otros.
Ha sido uno de los tipos más importantes del ciclismo moderno y contemporáneo. Una persona especial, un padre deportivamente hablando. Inteligente tácticamente, uno capaz de leer los momentos de una carrera, alguien con una capacidad de intuición fuera de lo común. Muchas victorias mías -importantes- las construyó y diseñó él.
Ferretti, el sargento de hierro, fue compañero de Felice Gimondi.
Sí, lo fue. Muy rígido, porque quería ganar, que todos diéramos el 100%. Era el capitán, lógico que pretendiera sacar lo mejor de cada uno. Si no era así entraba en cólera. Con mucha personalidad, un ganador total y absoluto.
1997. Segunda clásica. La Lieja-Bastón-Lieja, última cita del tríptico Ardenne (las otras son Freccia-Vallone y Amstel Gold Race). En la consecución de estas pruebas de línea lograste vencer a imponentes corredores como Jalabert, Pantani o Luc Leblanc y, en menor medida, otros como Beloki o Matteo Trentin.
Ahí también fue importante el director. Recuerdo la fuga con los dos monstruos de la ONCE: Jalabert y Alex Zülle. Tácticamente era complicado, porque se turnaban para atacar. La clave fue cuando llegó Ferretti y me dijo que tenía que hacerlo yo solo para demostrarles quién era el mejor. Lo intenté, y se calmaron. Tenía razón, sí. La decidió nuestro capitán. Era el más grande. También te digo que la victoria fue increíble, delante de dos estrellas de la misma escuadra. La repercusión fue grande.
¿Le tanteó alguna vez la ONCE?
No. Había una amalgama de talentos infinita en aquellos años. En el 98 pasé al Asics-CGA, luego al Mapei…
Un año después repite en Lieja, patentada por Eddy Merckx (tiene cinco). Jalabert es segundo mientras que Rodolfo Massi y Francesco Casagrande, tercero y cuarto, respectivamente. Frank Vandenbroucke, quien la ganaría en 1999 (luego confesaría que estaba dopado), acabó sexto. ¿Cómo la recuerda?
Fue una victoria más de fuerza que de inteligencia táctica. Era la confirmación, y eso siempre es más complicado. Ataqué en la Doyenne. Me encontraba bien, tenía fuerza. No necesitaba astucia, sino fuerza física y mental. Además, las piernas respondían muy bien.

Antes de centrarnos en el doblete de Lombardia (2002-03), usted fue dos veces ganador de la Copa del mundo ciclista de carretera, una competición -ya extinguida- de múltiples pruebas organizada por la UCI (comprendían todas las clásicas-monumento y algunas importantes en línea de un día). 1997, delante de Andrea Tafi y el sempiterno Laurent Jalabert, y 98, aventajando al entonces jovencísimo Vandenbroucke. Italia, en esos años indómitos, lo ganaba todo. También demostraba jerarquía en grandes giros de regularidad, en la crono…
Sí. Estaban Bugno, Chiappucci, Maurizio Fondriest, Cipollini, Pantani, Franco Ballerini... El ciclismo italiano era el líder a nivel mundial. Estas dos victorias para mí supusieron la coronación del año. Muy especiales.
Mario Cipollini en el sprint, era genial. Un show. Como él, salvando las distancias, sólo Sagan.
Inmenso. Difícil volver a ver uno similar. Uno de los velocistas mejores de la historia. Hubo otros, sí, pero él estuvo entre los más grandes. Fue un pionero… Organizaba su equipo creando este revolucionario tren para arroparlo en los último cincuenta metros… Él, Petacchi, Urs Freuler… Muy grandes todos. Difícil volver a ver algo así.
¿Cuándo volverán esos años bravos? Hace días me ilusioné leyendo esto: “Italia tendrá una gran escuadra de ciclismo. Gracias al sponsor Eni, en 2026 nacerá una con el objetivo de entrar en el World Tour en 2029. Un presupuesto de sesenta millones, y ya contactos con Ganna, Milan, Evenpoel, Ayuso…”. Luego me di cuenta que la información era del 1 de abril ('pesce d'aprile'), en Italia día de los Santos inocentes.
No sé. Precisamente el problema es que no tenemos equipos con licencias italianas. Nuestros jóvenes crecen y maduran fuera. No es fácil, pues en el extranjero si eres inmaduro aún notas mucho la diferencia. Sientes que te falta algo. Sí, es bonito ir a grandes escuadras, grandes team, pero cuando eres maduro. Antes no. Nosotros no tenemos nada en World Tour, luego nuestros ciclistas no tienen otra opción que marcharse rápidamente. Así, con prisas e inexpertos, pueden perderse porque es difícil mejorar y sacar a relucir la calidad a su debido tiempo. El contexto incide mucho, ya lo creo.
Tienen escuadras Continental, pero World Tour no. Hace ya muchos años que no. Quizás, demasiados.
Sí, la última creo que fue Lampre (1990-04; hoy UAE Team Emirates).
Para terminar, hablemos del doblete en Lombardía para cerrar un bagaje de cinco clásicas-monumento.
Me encantaba esta carrera. Desde niño ya la veía en la tele. Significaba el cierre de la temporada. Si ganabas, disfrutabas del éxito durante todo el invierno. Sin embargo, si te imponías en Flandes, enseguida debías poner la mente en la Liegi-Bastone. Lo cierto es que fueron triunfos importantes, de nuevo con Ferretti, quien logró rearmar un nuevo team (Fassa Bortolo). Juntos volvimos a ganar cosas importantes. Fueron años maravillosos junto a él. Nos llamaba al día siguiente, de madrugada, para decirnos que estaba aún disfrutando mucho de lo obtenido. Externalizaba sus sentimientos y te contagiaba. Para él las victorias duraban tres días… Y no paraba de llamarte una y otra vez para recordarte lo que habías logrado y lo feliz que estaba él. Esa ilusión, creo, también se perdió.
A lo largo de su carrera, ¿cómo fue la relación-rivalidad deportiva con Óscar Freire?
Corrimos en Mapei, pero éramos amigos. No creo que haya habido una gran rivalidad, primero porque él era más joven. También tenía características diferentes. Jalabert, por poner un ejemplo, era mi gran adversario. Ambos queríamos, elegíamos competir por la victoria en las mismas carreras. Freire era más rápido. Un ciclista muy completo, pero más velocista. Era el mejor para la Milano-San Remo y esta tipología de carreras… Por lo tanto, no hemos vivido una rivalidad tal. Es un chico especial, muy sonriente, amable, educado.
Una vez, hace muchos años, le escuché hablar del doping. Me gustó lo que dijo usted en términos generales. “Las sanciones deportivas no deben confundirse con la eliminación humana”. Creo que, en muchos casos, la sociedad actual procede con el aniquilamiento. Se vende justicia disfrazada de dictadura.
Lo recuerdo. Todos estamos contra el doping, pero si un deportista se equivoca y resulta positivo no podemos condenarlo como un asesino. A veces sucedía esto… Mira Marco Pantani. Tuvo incidentes desagradables, insoportables para un ser. Una cosa quiero dejar clara sobre él. "Nunca resultó positivo. Nunca. Sí, dio un índice más alto de lo permitido con el hematocrito, pero esto no es una positividad. Sin embargo, la culpa vertida sobre él fue excesiva".