En este Tour, Vingegaard fue la aguja y Pogačar el hilo
La victoria del danés y su Jumbo-Visma fue tan excelente como fría. El triunfo del ciclismo calculado frente a la espontaneidad encarnada por su rival esloveno.

En Combloux, un globo estalló. Lo que hasta entonces había sido un sol radiante y poderoso que inundaba de energía el Tour de Francia se tornó en un cielo gris y plomizo. La exhibición de Jonas Vingegaard, su contrarreloj de récord, era un jarro de agua fría sobre las expectativas de los aficionados que deseaban ver un duelo cerrado, resuelto en segundos, entre el danés y Tadej Pogačar. Aquella tarde todo el mundo se dio cuenta de que bajo su labio había un herpes que, en realidad, llevaba ahí desde el Grand Colombier. Y qué decir de la atmósfera que dejó el hundimiento del esloveno en el Col de la Loze…
Jumbo-Visma lo ha conseguido: ha derrotado de nuevo a Pogačar y, como el verano pasado, lo ha hecho con un despliegue de calidad y estrategia pocas veces visto antes en el Tour de Francia. "Teníamos un plan y lo hemos cumplido a la perfección día a día", enuncia un Vingegaard exultante bajo la mirada satisfecha de Merijn Zeeman, presente en casi todas las zonas mixtas, muñidor de ese equipo que aspira a figurar en los anales de la historia del deporte. Ya han ganado casi todos los títulos que se puede ganar; ahora es momento de imponerse en el intangible de la narrativa.
Todo este Tour de Francia se ha leído a partir de Tadej Pogačar. El tema de conversación en la víspera no eran las plausibles demostraciones de Vingegaard en el Critérium du Dauphiné, sino cómo estaba el escafoides de su rival. La incógnita no radicaba en la excelencia del danés, sino en el estado físico del espectacular e imprevisible Pogačar, cuya lesión añadía un factor de suspense. Cuando ganó en Cauterets, los corrillos rumiaban no tanto su triunfo como unos gestos bajando el Tourmalet a rueda de Vingegaard en los que sacudía su mano, tratando de desentumecer la muñeca.

Pasó el tiempo; pasó el Tour. Jumbo-Visma consiguió, tal y como buscaba desde la primera etapa, desfondar a Pogačar en el Col de la Loze. Vingegaard se exhibió tanto o más que en la contrarreloj y le infligió siete minutos y medio al esloveno. Sin embargo, casi todas las preguntas que recibió en zona mixta y rueda de prensa giraron en torno a Pogačar. El discurso de Vingegaard es muy parco. Ante sus respuestas de dos o tres frases, se agotan los argumentos y ángulos que explorar. Los medios disfrutan más con el prolijo Pogačar, que para más inri transmite más espontaneidad sobre la bicicleta. Incluso compite sin gafas en los momentos clave de las etapas, dejando ver sus ojos, su mirada, su alma: se humaniza frente a los robots de rictus impenetrable que le rodean.
"No diría que soy su amigo, pero es muy buen tío". La frase es de Vingegaard, pero podría ser de Pogačar. Ambos se respetan y estiman como los excelentes rivales que son. Complementarios en su personalidad: el abierto y el introvertido. Complementarios en sus cualidades: el fondista que disfruta con la dureza contra el cuchillo que se desgasta con los esfuerzos, siendo que Pogačar es el segundo mejor fondista del mundo y Vingegaard el segundo mejor cuchillo. "Aprecio mucho la belleza de mi duelo con Tadej", proclama Jonas, y suena profundamente sincero.

En este Tour de Francia, Tadej Pogačar ha sido el hilo narrativo: la razón por la que el aficionado encendía el televisor, la esperanza de incertidumbre, la expectativa de espectáculo. Jonas Vingegaard y su Jumbo-Visma, en cambio, han desempeñado el papel de aguja: han enhebrado al esloveno, llevándolo a su terreno hasta someterlo para confeccionar un triunfo inapelable. Entre todos han bordado una gran ronda francesa inolvidable, un capítulo más de una rivalidad cuyo tanteo refleja empate a dos. A los espectadores este Tour se nos ha hecho corto; de hecho, ya estamos deseando que llegue el próximo.