Toda una vida junto a Luisito: "No está bien que lo diga, pero es que yo era muy bueno, muy bueno"

Listo, intuitivo, vivaracho y con esa mente privilegiada del gallego sabio que sube y baja las escaleras al mismo tiempo, 'Luisito' andaba últimamente con la cantinela a cuestas. Quería que sus palabras sonaran a sorna, a broma chistosa. Las acompañaba, incluso, de una carcajada, pero esos vocablos tenían su carga emocional. "Quiquito, ya no leo ni los periódicos y miedo me da cuando cojo el teléfono y veo que es un número español… Lo primero que pienso es que se me ha muerto algún ser querido. Joooder (acento gallego puro y cerrado)... Es que a mí se me mueren de tres sitios… Se me mueren los del Inter, el último mi pierna izquierda, Mario Corso, el que mejor entendió mi fútbol… Se me mueren los del Barça, recientemente Fusté y Olivella con los que fui campeón de la Eurocopa en el 64… Y se me mueren los de la Selección, los que también del Barça y los otros, como Amancio, que era de mi pueblo, de La Coruña y poco antes, Gento…"
Andaba así Luisito en los últimos años. Desde la maldita pandemia que le encerró en su casa de Milán. Zigzagueaba con sus pensamientos como lo hacía con el balón antes de levantar la vista y ponerlo donde lo tenía que poner, donde andaba el compañero mejor colocado. Para mí y para más de media Italia siempre será Luisito. Sobre todo para la Italia nerazzurra que le disfrutó durante nueve años en el Inter, para terminar en la Génova de la Samp, que era la misma que la de la Doria. Allá, por las galerías Vittorio Emanuele, cerca del Duomo; en Brera; en su barrio no lejos de San Siro, todavía le paraban por la calle. "Mi padre me ha dicho que le vio jugar y que era usted muy bueno". Él, Luisito, siempre daba las gracias con su italiano perfecto que no había perdido el acento gallego. "Eso nunca se pierde, Quiquito", solía decirme.
Balón de Oro
Tenía 88 años. Y allí, donde era más conocido y querido que aquí, seguía siendo Luisito. Lo mismo que para nosotros, siempre fue y seguirá siendo el Balón de Oro. Nuestro Balón de Oro. El único jugador nacido en España en ganarlo, hasta que hace un par de años Alexia Putellas, en categoría femenina, compartió galardón con él. Y además ella ganó dos consecutivos. Se alegró de aquello Luisito y le dedicó un artículo cariñoso y emotivo titulado: "Una gran compañera de viaje".
Le llamaba la atención que, después de tantos años, fuera una futbolista quien se sentara a su lado en el trono. Su alegría también tenía que ver con que jugara en el Barça, como él desde 1953 a 1961. Y, además, estaba ya un poco harto de que todos los años, uno tras otro desde 1960, su teléfono no dejara de sonar cada vez que llegaba la entrega del trofeo. "Los periodistas españoles solo se acuerdan de mí cuando llega la fecha de los 'cojones'. El resto del año como si no existiera (risas). La gente a lo mejor no se lo cree, pero siempre estuve deseando que otro futbolista español lo ganara. Debió ser así en 2010, cuando el Mundial. Ese año lo debió ganar Xavi, o Iniesta, o incluso Casillas, aunque parece que a los porteros no les tienen en cuenta en este tipo de premios… Pero se lo dieron a Messi por inercia. ¡Hombre, señores franceses, ese año tenía que ser para uno de los nuestros!".

Xavi e Iniesta juntos
Luisito siempre decía lo que pensaba. Hasta cuando ejercía de comentarista. Lo que no quiere decir que no pensara lo que decía. "¿Por qué no puedo decir que yo era muy bueno, si lo era? Es que lo era. Yo tenía pase, regate y gol. Mucho gol para la época. Fui el primero que disfrutaba con Xavi e Iniesta, por ejemplo, dos jugadorazos, de lo mejor que ha dado España. Pero yo tenía cosas de los dos y además, más remate. Si lo dice uno parece que es un 'chalao' o un engreído, pero era así, tenia cosa de los dos. Lo malo es que no hay casi imágenes para confirmarlo. Algunas de blanco y negro. En Italia hay más que en España de la época del Inter, cuando ganamos las dos Copas de Europa. Pero es que yo daba pases de 40 metros, pero no uno, ni dos… Un docena mínimo en todos los partidos. Y conducía en profundidad con el balón pegadito. Y remataba cuando veía un resquicio. Era un organizador, que se decía entonces, pero marqué casi 150 goles. Son muchos, ¿eh?. Lo mío era la visión de juego. Veía la próxima jugada. Antes de recibir el balón ya sabía lo que iba a hacer. Este detalle es muy importante en el fútbol: pensar un segundo antes que los demás". Quizás por eso en Italia le conocían como Il architetto.
Y sí, tenía razón. Debió ser pero que muy bueno, por lo que decían y dicen todos los que le vieron jugar, futbolistas españoles de la época incluidos. En la década de los sesenta, cuando Luisito reinaba, la televisión todavía luchaba por ganar un color que alegrara el fúnebre blanco y negro. Y los periódicos eran los que eran. Posiblemente, la Radio fue el medio que más propagó su grandeza. Luisito no solo ganó un Balón de Oro, es que también ganó dos de plata y uno de bronce. Todo en cinco años (1960-65). "El del 64, que se lo dieron al escocés del Manchester United, Dennis Law, me lo robaron. Ese año gané con el Inter la Copa de Europa y la Intercontinental y con la Selección, la Eurocopa… Él, creo, que ganó la Liga… No se lo podían dar otra vez a un españolito de La Coruña y me jodieron de mala manera".
Le daba un poco de pena que cuando él ganó el trofeo, mucho más pequeño de tamaño, por cierto, que los actuales, apenas se daba reconocimiento mediático al premio. "Me lo dieron en el Camp Nou antes de un partido de la Copa de Europa, lo recibí, se lo di a Ángel Mur, el masajista, que lo llevó al vestuario. Y a jugar. ¡Coño! Ni una cena, ni una comida... Ahora la fiesta dura un día completo. No es envidia, ¿eh?... Es que ni tanto ni tan calvo".

Su marisco del alma
Muchas veces los compañeros de fatigas o los profesionales del fútbol me han preguntado cómo llegué a tener tan buena amistad con él si éramos de generaciones bien distintas. Y la verdad es que nunca supe qué contestar. Sería por todo y por nada. Por el roce. Por los años de acá para allá. Por la devoción que llegué a sentir por él. Me gustaba escucharle. Luisito era un libro abierto. Divertido, muy divertido. Ocurrente. Vital. Se comía la vida como se comía los percebes (con pan) y las nécoras. Por no decir la centolla. Comía como una lima eléctrica. "Mándame una cajita de marisco... que es lo único que no tiene Milán", repetía una y otra vez cuando hablaba con él por teléfono.
No entendía que las empresas especialistas en transportes no permitieran mandar ese tipo de productos. Hasta que no consiguió encontrar una fórmula para recibirlo, no paró. Fue por pura casualidad y fue testigo de excepción Vicente del Bosque. Él estaba en su Milán del alma, y nosotros en La Coruña de su corazón. Le llamé para que saludara al campeón del mundo y cuando Vicente le dijo que estábamos comiendo en la playa de Riazor, le soltó el discurso. "Vicente, joeeer, que es que aquí ya no llega y no estoy como para irme a Madrid y traérmelo, como hacia antes". Comentó el exseleccionador en la mesa las quejas de Luisito y lo escuchó uno de los comensales, el presidente de la Ponferradina, José Fernández. Una llamada y desde entonces un paisano de Burela, provincia de Lugo, comenzó a enviarle todo lo que le pedía en un camión frigorífico que salía de La Lonja y en 24 horas, más o menos, estaba en Milán. "Es lo mejor que has hecho en tu vida Quiquito. Me lo dejan en la tangenziale, ni a 20 kilómetros de casa".
El Barça y el corte de manga al Camp Nou
Culé-culé como era, Luisito nunca cayó en la tentación de vestirse de blanco, aunque muchas veces maldijo a los aficionados barcelonistas por su afán de quererle enfrentar a Kubala. "En el Barça había sitio para los dos, pero no sé a quién le interesaba enfrentarnos. Y así, medio estadio me pitaba continuamente. ¿Y yo qué he hecho?, les preguntaba cuando iba a sacar de banda. Cómo estaría de harto que un día, cuando ya jugaba en el Inter, les hice un corte de mangas. A tomar por culo. Habían pasado ya cuatro años de mi marcha y seguían como cuando estaba allí. Me silbaban cada vez que tocaba el balón. Rematé dos balones mal, a las nubes, me cansé y zas, corte de manga y me fui del Camp Nou… Y pensar que una de las tribunas del estadio, la más grande, se hizo con los 25 millones de pesetas que el Inter pagó por mí en 1961. Nunca entendí aquella incomprensión hacia mí como futbolista".

Siempre se sentía barcelonista, aunque hasta no hace tanto, siglo XXI ya, el club nunca se acordara mucho de él y le tuviera medio olvidado. En la nueva era, sí. Hasta el punto que cedió el Balón de Oro original para el Museo del club y todos los años era invitado al estadio para las efemérides importantes. La última, precisamente, fue el último partido en el Camp Nou, antes de que la segadora comenzara con la destrucción de las gradas. Declinó la invitación. Desde la pandemia y un susto en el corazón, le había cogido miedo a los viajes. También le dolía la espalda y, presumido él, no quería exhibirse mucho con el bastoncito en el que se apoyaba. Ni siquiera quería venir a Madrid, a su Naveira do Mar, donde Julio padre y Julito hijo le pelaban la centolla y le daban el cava como a él le gustaba, en vaso ancho y cortito. "Es que los catalanes no saben tomarlo, con esas copitas estrechas. Aquí echas un culín y siempre está frío, qué carallo".
La Roja de 1964
Además del Balón de Oro, don Luis Suárez Miramontes, medalla de oro al Mérito deportivo, también llevaba con orgullo el título de campeón de la Eurocopa de 1964. La de Franco en el palco del Bernabéu contra la URSS y el gol de Marcelino. "Siempre fui muy de la Selección. Sería porque debuté en ella, en 1957, el mismo día que Di Stéfano contra Holanda y los compañeros de delantera eran Miguel, Kubala, Di Stéfano y Gento. Póngame de '10' y figúrese qué quinteto atacante. Era un equipazo. Ganamos la del 64, pero si Franco nos hubiera dejado ir a jugar a Moscú en el 60, hubiéramos ganado también esa. Aquel equipo era aún mejor que el de cuatro años después. Con decir que Del Sol, Peiró y Collar eran suplentes. Di Stéfano era el director de la orquesta y todos le acompañábamos".
En el 64, el jefe era ya Luisito. Tenía 30 años y movía las piezas a golpe de pases. "Me gustaba mandar en el campo, ser la referencia y en aquel equipo lo era. Después de ganar a la URSS fuimos al Mundial del 66 en Inglaterra y pegamos el petardazo. Nos pasamos 40 días concentrados en Galicia, pensando que llovía todo el día, como en Inglaterra, y llegamos allí y hacía 40 grados y sol. A la vuelta lo dejé, tenía 31 años, pero como jugaba en el Italia, los seleccionadores no lo veían con buenos ojos. No es como ahora que más de la mitad del equipo está por ahí fuera. Kubala me llamó seis años después para darme una despedida oficial. Fue contra Grecia. Aquello me resultó extraño hasta a mí, pero fue un detalle de Laszi. Habíamos jugado juntos y me quería mucho".

Seleccionador incomprendido
Aunque no lo proclamaba a los cuatro vientos, su gran disgusto como profesional fue el Mundial de Italia 90. Llegó a la selección absoluta con el aval de llevar trabajando muchos años en la Federación y haber ganado un Europeo Sub-21. Además, aquel campeonato se jugaba en su segunda tierra. "Lo teníamos todo a favor. Si hubiéramos seguido más adelante, los tifosi nos hubieran ayudado. Estaba todo previsto, pero nos salió mal desde el principio, aunque pasamos la primera fase. Sí, sufrí mucho. La Prensa me mató, sobre todo García. Se cabreó porque fiché para hacer unas colaboraciones especiales con la SER. No sé si me equivoqué o no, pero no les contaba nada en especial. Hablaba más contigo, por ejemplo, que con ellos... Cuando pienso todo lo que pasó en Udine, se me pone mal cuerpo. Luego me terminaron echando de la Federación y me dieron una indemnización mínima. No la que me correspondía por mi contrato en vigor. ¿Se acuerda? Gerardo González y Villar se sacaron aquello de que mi contrato era de alta dirección y me despidieron como si yo trabajara en las oficinas y no fuera el seleccionador. Me quitaron bastante dinero. Hubo un juicio y todo".

El libro inacabado
La última vez que hablamos fue a mediados de junio. Estaba contento. Como siempre. Nunca le vi triste. Había tenido un susto justo por su cumpleaños, 2 de mayo, y había pasado unos días por talleres, pero volvía a estar en casa. En la Prensa italiana se publicó que era su cumpleaños y el teléfono se le llenó de mensajes. "Hasta jugadores que había tenido en la Sampdoria me dejaron mensajes de felicitación. Él pensaba que no había sido nada serio y todavía le daba vueltas a que tarde o temprano tenía que darse una vuelta por Madrid.
"Tengo que ver al neno, (su hijo Luis) y a mis nietas. Ir donde Julito a tomar un poco de marisco. ¡Qué envidia me dais cuando me mandais las fotos! Eso no se hace. ¿Para qué me las mandas? Para tocarme los... Además tenemos que hacer lo del libro. Le vas a escribir un libro a todos menos a mí. Tener, ya tienes material con todo lo que hemos hablado y las entrevistas que me has hecho, pero hay que darle un repaso y hacerlo bien Quiquito. Hay que hacerlo bien".
Quedamos que me tomaba unos días de descanso, las vacaciones para los autónomos no existen, al acabar la Nations League y que en la segunda quincena de julio le llamaba y me iba a Milán a verle. Intuía que por muchas ganas que tuviera de venir a Madrid no iba a volver a coger un avión en su vida. Su doctor de cabecera le tenía acojonado al respecto. Su mente quería, pero no se atrevía. Lo demás, ya lo saben ustedes y el libro siempre estará escrito en mi corazón, Luisito.