OPINIÓN

El Barça acelera el cambio climático

Raphinha señala a Lewandowski en uno de los goles. /GETTY
Raphinha señala a Lewandowski en uno de los goles. GETTY

El cambio climático nunca fue tan evidente como hoy en Montjuïc, cuando el Barça de Hansi Flick transofrmó una noche otoñal, de legañas y persianas a media asta, en una de aquellas noches primaverales que tanto echa en falta el culer. Dijo Raphinha que no había venganza en la víspera del partido, que lo de hoy era otra historia, pero al brasileño solo le faltó salir con la máscara de V de Vendetta para recordarle a quien se atrevió a denigrarlo que ni él mismo sabe qué esconde debajo de la máscara. Un poco como el Barça, que saltó al verde sin creerse el 1-0, sin creerse que podía jugar de la forma en la que lo terminó haciendo. ¿Qué esconde este Barça?

Hansi Flick ha entendido al club desde toda su profundidad sin hablar ni siquiera castellano. Sin entender el entorno, las vanidades que se cuecen ni nada de lo que se dijo que tanto afectaba al equipo. Solo con una intención genuina de recuperar todo aquello que se supone que el Barça tiene que hacer de forma desacomplejada, sin atender a miedos ni traumas, aún con el riesgo que eso conlleva. Mientras unos susurraban que "ay el 2-8", "ay las derrotas", Flick situó la línea defensiva a 50 metros y arrebató de la memoria del jugador todo aquello que le torturaba. A partir del minuto 20, y una vez Pedri y Lamine Yamal empezaron a interactuar, ningún jugador dudaba de que ellos eran mejores. Y en el fútbol importa tanto lo que es como lo que se siente, y Flick es un maestro en hacer que lo segundo termine por imponerse a lo primero.

Este Barça es una paradoja bellísima. Lo es porque en la niñez de Cubarsí o Lamine, chavales todavía en edad de babero y siesta, encuentran una veteranía competitiva que no debería, un saber resolver situaciones complejas, de tensión e inferioridad que aniquilan la razón. No tendría sentido, en un mundo lógico, que un adolescente regatease constantemente a uno de los mejores atletas del mundo del fútbol como es Davies, pero en Lamine no hay axioma que se mantenga en pie porque él es, sencillamente, el partido. Uno lo mira y lo puede entender todo. El Árbol de la Verdad.

Así hablo Raphinha tras su partido ante el Bayern. Relevo

El partido cambió en el minuto 20, que fue el preciso instante en el que Pedri empezó a atraer, esconder y fijar, entendiendo que si el rival te presiona al hombre la única vía para salir es el talento, el engaño y la anticipación. De quien se decía que daba pases horizontales y que el fútbol de "2024 le pasaba por encima" ha hecho parecer ese deporte un simple juego de niños, con apoyos y amagos que han desconectado al Bayern hasta que los espacios, hasta ese punto invisibles, se han hecho evidentes. Los buenos jugadores hacen cosas lógicas con precisión, los grandes, aquellos que trascienden, hacen lo impensable sencillo. Pedri y Lamine, cada uno en su lenguaje, transformaron el sufrimiento en diversión.

Marc Casadó decidió que la similitud con Kimmich tenía que ir más allá. La mejor forma de hacerlo fue jugar como el alemán delante suyo, dejando a un Joshua que llegaba pletórico como una sombra de lo que es. Casadó es un dementor y a Kimmich le tocó sufrirlo, quedándose sin energía una vez el canterano empezó a correr, morder y jugar con criterio. Ahora mismo es un pequeño motor de energía infinita que pasa y piensa rápido y nunca está donde no debe. Con Gavi volviendo, Casadó se ha puesto su traje mientras le ha dicho a Kimmich que quizás el siguiente paso será que sea él quien tenga que parecerse a Marc. El fútbol va muy rápido.

Al fútbol cada uno le pide una cosa. A unos ganar siempre, cueste lo que cueste. A otros compañía. Yo le pido diversión, que me emocione y me permite usar los partidos como pisapapeles del tiempo, que cuando en 15 años eche la vista atrás recuerde aquel 23 de octubre como el del Barça-Bayern, y ahí el resultado nunca trasciende, y sí aquello que el partido deja en tu cuerpo. Y este Barça de Flick emociona de la forma en la que las cosas que merecen la pena lo hacen. No me importa qué gane este equipo a final de temporada, yo ya he vuelto a sentir la alergia primaveral en otoño, ese signo indivisible de un fútbol que vive.