Elber, el delantero que vivió las noches más tensas con el Real Madrid y ahora es vaquero: "Me levanto a las 4 de la mañana"
El brasileño cría toros y vacas en su país. "Lo que le dije a Figo me duele hasta hoy", declara a Relevo al recordar los Bayern-Real Madrid donde saltaban chispas.

Giovane Elber (Londrina, Brasil, 51 años) siempre encontró la felicidad en el minimalismo. En el área huyó de adornos y se convirtió en uno de los delanteros más bravos y efectivos de finales de los 90 y principios de siglo gracias a su sentido práctico, más germano que brasileiro. Cuando se retiró, en 2006, continuó con su particular elogio de la sencillez. No contempló la carrera como entrenador ni le tentó el micrófono para reciclarse como comentarista. Obedeció a la llamada de la tierra, cambió los tacos por las botas camperas y se instaló en Cuiabá, en el corazón de Brasil. Desde entonces, se dedica a la cría de toros y vacas en su Fazenda de 10.000 hectáreas.
"En la naturaleza relativizas todo, no necesitas de lujos para estar bien", cuenta Elber en conversación telefónica con Relevo. Su voz es una composición de gravedad y ritmo y su conversación es tan arrebatada como lo fue sobre el verde su carácter. El mismo que le convirtió en el noveno máximo artillero de la historia del Bayern [139 goles en 266 partidos] y en un incordio para el Real Madrid. El brasileño vivió la época más tensa de los duelos entre blancos y muniqueses, con cruce de declaraciones en la prensa y de cables en el césped. "Para nosotros era como una guerra", reconoce. En 2001, un tanto suyo a Casillas contribuyó a la eliminación de los madridistas de una Champions que acabó en la Marienplatz después de derrotar al Valencia en la final. Un título que mira desde un lugar preferencial a los otros 14 que embellecen su palmarés.
Elber, embajador del club del Allianz, rebobina una carrera que fue alumbrada en Londrina, pegó el estirón en el Milán, maduró en Suiza e impactó en Stuttgart y Bayern para quedarse para siempre en los libros de historia: "Qué rápido ha pasado todo".
¿Cómo acaba uno de los mejores delanteros de la historia de la Bundesliga convertido en 'vaquero'?
Yo siempre tuve en mi cabeza que cuando terminara el fútbol, empezaba una nueva vida. Y no todos los jugadores, incluso los que estuvieron en grandes equipos, van a ser entrenadores o directivos deportivos. Y ahí yo pensé: '¿Qué voy a hacer?'. Mi papá dijo: 'Mira, tú estás jugando en el Bayern, ya tienes un poco de dinero, invierte en la ganadería. Estate ahí con las vacas, con los toros, porque ahí no vas a perder dinero. Si tienes dinero en el banco, vas a querer un coche nuevo, una casa más grande y al final te quedas sin plata. Así empezó todo. Comencé a invertir en el año 2000 más o menos en Cuiabá, a pocos kilómetros de Bolivia, y ya tengo unas 10.000 hectáreas.
¿Tu familia se dedicaba a la ganadería?
Mi papá trabajó en una hacienda. No era de su propiedad, pero trabajaba allí. Y por eso sabía que se puede invertir muy bien en una finca. Ahora tengo 13 trabajadores.
La del campo es una vida más tranquila que la del fútbol, pero mucho más cansada. ¿Cómo es un día tuyo en la hacienda? ¿Qué horarios tienes?
Cuando estoy en la finca, me despierto a las cuatro o cinco de la mañana y a las cinco y media o seis ya estoy montado en mi caballo. Salgo a mirar a los toros y las vacas hasta las 10 de la mañana. Después vuelvo a casa para comer y echarme una siesta porque en Brasil hace demasiado calor a esas horas. Y luego por la tarde salgo de nuevo. Esta vez con el coche porque estar con los caballos más allá de las once de la mañana no es bueno para ellos, por las temperaturas. Regreso y a las ocho de la noche ya estoy en la cama.
Igual que cuando eras jugador, no cabe duda...
(Risas) Completamente distinto, sí. Cuando era jugador me iba a dormir a las once o las doce de la noche. La vida ahora es muy, muy diferente, pero muy buena.

¿Has aprendido a relativizar las cosas?
Estar ahí afuera, en el campo... La vida es muy simple. Ahí notas que no necesitas de todos los lujos para estar bien. Lo importante es que tú estés bien, al lado de tu familia, de las personas que te quieren. Cuando estoy con el caballo, no se coge el teléfono, no hay teléfono para llamar, para hablar. Estás en la naturaleza: solo tú, el caballo y los toros y las vacas.
Has pasado de estar concentrado en hoteles de lujo... ¿a tener problemas con la luz o el agua?
Sí, es así. Yo me cago de risa, porque cuando estás con la familia es un problema. Cuando no hay luz, no hay Internet. Y los hijos están: 'Papá, no hay Internet, esto a mí no me gusta, quiero estar en la ciudad'. Pero es lindo. Relativizas los caprichos, el fútbol, la vida, todo.
"Cuando estoy en la 'Fazenda' me levanto a las cuatro de la mañana para ir con las vacas y los toros y a las ocho de la tarde ya estoy en la cama; la vida es simple"
¿Cómo entró el fútbol en tu vida?
Empecé muy pequeño, en Londrina, de donde vengo. A mí me encantaba jugar al fútbol sala. Cuando comencé, no pensaba en ser un profesional. Para mí jugar al fútbol sala ya estaba demasiado bien. Después, con 13 o 14 años entré a trabajar en un banco, en Brasil. Y ya ganaba una buena plata.
¡Qué me dices! ¿Con 13 años en un banco?
Sí, eran sólo cuatro horas, aprendiendo todo lo que se hacía. Y después estudiaba. En esas cuatro horas yo ganaba más dinero que mi papá trabajando todo el día. Por eso, mi mamá, cuando le dije que me iba a ir del banco para ser jugador de fútbol profesional, me quería matar.
Supongo que ya se le habrá pasado el enfado...
(Risas) Sí, sí. Ahora está más tranquila. Después, si miro atrás, todo pasó muy rápido. Cuando estaba trabajando en el banco, intentando ser jugador con el Londrina, me llamaron para la selección de Brasil de juveniles. Ahí ya mi mamá dijo: 'Oye, pues parece que sí'. Yo quería ser futbolista de un gran equipo. De Sao Paulo, Rio de Janeiro o algo así. Pero las cosas fueron tan rápidas que en un año ya estaba en el Milán.
¿Cómo recuerdas aquello?
Estuve con Brasil jugando el Mundial Sub-20 en el que Portugal fue campeón y nosotros, segundos. Hice muchos goles y cuando iba a volver a mi país, mi presidente me dice: 'Nos vamos a Milán'. Yo no sabía si era de vacaciones o qué. Me dijo que el Milan me quería. Al principio, obviamente, pensaba que era una broma. ¿Qué iba a hacer allí Giovane Elber, con solo 18 años? Únicamente me lo creí cuando estuve delante de Ariedo Braida, que trabajaba en el club como director deportivo. Cuando firmé el contrato, dije: 'Ahora sí'.
"Llegué al Milan con 18 años y casi me cago en los pantalones. Baresi, Gullit, Van Basten, Rijkaard, Maldini... Ancelotti en el campo parecía un mafioso de lo tranquilo que jugaba"
No era un vestuario común. ¿Cómo fue tu primer día?
Mira, te lo juro, casi me cago en los pantalones. Entras y ves a Franco Baresi, Gullit, Van Basten, Rijkaard, Maldini, Costacurta... Grandes jugadores que yo veía en la tele, en casa, todos los domingos. Porque antes en Brasil, el fútbol italiano se veía todos los domingos, todas las personas lo miraban.
En esa caseta también estaba Ancelotti.
¡Sí! Jugaba con el número cinco. Estaba ahí en la cancha, parecía un mafioso de lo tranquilo que estaba, delante de la defensa, controlando todo con Baresi, Costacurta... Jugaba muy, muy bien, era un tío con una calidad enorme. Pero cuando llegué ya estaba al final de su carrera.
Eras joven, juegas muy poco. ¿Te frustraste por estar lejos de casa y verte sin minutos o, por el contrario, te lo tomaste con serenidad, normalizando la situación?
Era un aprendizaje. Para mí, ir al Milan fue muy, muy bueno. El tiempo que estuve con ellos fue extraordinario. Yo sabía que no iba a jugar. En aquella época sólo podían jugar tres extranjeros y estaban los tres holandeses. El destino era irme a un equipo pequeño de Italia o a otro lado, eso lo tenía interiorizado. Y al final el club decidió cederme a Suiza.
Un brasileño adolescente en Suiza. Suena a película navideña de sobremesa.
Y tanto (risas). Suiza para nosotros en Brasil era banco y chocolate. Nada más. No sabía nada de su fútbol. Pero bueno, me fui a Zúrich a encontrarme con las personas del Grasshoppers. Yo me decía que para empezar un año ahí podía estar bien, era un fútbol poco conocido, sin tanta presión. Iba a poder trabajar bien. Y después veríamos. Al final me quedé tres años. Muy bien.
Y de Suiza a la Bundesliga. ¿El Milan no quiso ficharte?
No, ya me vendió al Stuttgart. Cuando pasaron los tres años en Suiza yo ya consideré que había llegado el momento de irme a Italia o a otro país con una liga más fuerte. Y apareció el Stuttgart gracias a Dunga, el capitán de la selección brasileña que estaba allí jugando. Me llamó por teléfono y me lo propuso. Estaba cerca de Zúrich, yo ya hablaba alemán... ¿Por qué no? Y ahí empezó realmente toda mi historia. Nada más llegar comencé a meter goles y la prensa, todos, querían conocer a ese joven que llegaba de Suiza.

Fuiste un impacto porque no eras el prototipo de jugador brasileño, más virguero o descarado. Encajabas muy bien en el molde alemán.
Yo creo que sólo fui el típico delantero brasileño cuando estuve en la selección de juveniles. Después mi viaje a Europa cambió toda mi manera de jugar. También por haber estado en Suiza, que era un fútbol muy fuerte. No tenía tanta técnica. Ahí tú tienes que aprender a jugar con el cuerpo, con la fuerza, tener el balón y, si hay posibilidad de tirar en portería, no quedarte ahí haciendo tonterías, ¿no? Eso me vino muy bien en Alemania porque en ese sentido es similar.
¿Las preparaciones físicas en Brasil eran tan distintas a Europa?
Mucho. Cuando llegué a Suiza, ellos ahí me miraron y me dijeron que con ese cuerpo iba a ser difícil. Había que trabajar, y trabajar mucho. Entrenaba dos veces al día casi toda la temporada. Los jugadores trabajaban una vez, yo dos.
En el Stuttgart marcaste 44 goles en 97 partidos y en 1997 el Bayern, que es el tiburón en el mercado de la Bundesliga, te ficha. Pero...
Pero antes decido la Copa de Alemania contra el Energy.
Por eso precisamente te iba a preguntar. Te fuiste a lo grande, pero algo enfadado también.
Me dolió que algunos compañeros dijeran que yo no tenía la cabeza en el Stuttgart como para jugar esa final. Yo siempre le dije a los fans del Stuttgart que hasta el último minuto iba a dar todo por ellos, hacer lo máximo para ganar los títulos que pudiéramos. Antes del encuentro oí que algunos jugadores hablaron con Joaquim Löw para decirle: 'Mira, Giovane está con la cabeza en Múnich, ya de vacaciones, deja que juegue otro'. Y yo me fui ahí a hablar con el entrenador: 'Por favor, deme esta oportunidad de jugar el último partido para mi equipo. Voy a intentar dar el máximo'. Ya en el primer tiempo hice el 1-0. En el segundo tiempo, el 2-0. Ahí miré a Löw y le dije: 'Si quieres ahora me puedes cambiar'. Ganamos la Copa y yo no tenía ganas de celebrar. Pensaba '¿cómo voy a festejar ahora con esos que no querían que yo jugara hoy?'. Pero Bobic, que era mi compañero de ataque, me dijo que cómo iba a hacer eso en mi última noche. 'Vamos a celebrar y que les den a los que hablaron eso'. Ahí dije: 'Ok, es verdad'. Lo celebré en Berlín, pero cuando llegamos a Stuttgart, me fui a mi casa, de ahí a Brasil y al volver a Alemania ya lo hice directamente a Múnich.
"Cuando fiché por el Bayern se leía en la prensa que era FC Hollywood. Que los jugadores parecían actores, que había envidias. Yo dije: Ok, vamos ahí y vemos"
¿Cómo era aquel Bayern en el que aterrizabas?
Cuando llegué, Trapattoni era el entrenador. Estaban Lothar Matthäus, Oliver Kahn, Mehmet Scholl, Jancker, Lizarazu... En el Stuttgart era todo como muy familiar. Todo pequeño, una familia casi. Y el Bayern Múnich ya se leía en la prensa que era FC Hollywood. Que los jugadores parecían actores. Que uno quería ser mejor que el otro o estar en la prensa y el otro no. Y que había mucha envidia. Yo dije: 'Ok, vamos ahí y ver'. Al principio había algún problema con el entrenador y algún jugador, pero llegó Ottmar Hitzfeld y cambió por completo al Bayern.
¿En qué sentido?
Lo convirtió en el Bayern que yo siempre pensé ver. Con grandes futbolistas, pero jugando el uno para el otro, como una verdadera familia.

Y como en toda familia, hay uno con más carácter que otro. A ver quién miraba mal a Kahn o Effenberg...
Kahn era el veterano, llevaba la voz cantante. Y cuando fichó Effenberg, poco a poco, todo pasó para él. Era el jefe dentro del vestuario. Antes de conocerle pensaba en que tenía un carácter complicado. Con el Stuttgart me enfrenté varias veces a él y decía: '¡Pero qué tonto es ese!'. En el Bayern se vio que no. Es un tío cien por cien implicado en el equipo y con el equipo. Si alguien hacía daño a alguno de nosotros, a él también le dolía. Iba a pelear con todos para defendernos. Así era Effenberg.
El Real Madrid le conoce muy bien de esos enfrentamientos con el Bayern de finales de los noventa y comienzo de este siglo. Recuerdo aquellas eliminatorias como un volcán en constante erupción: polémicas, cruce de declaraciones, piques...
Mira, ¿quién no quiere jugar contra el Madrid? ¿Quién no quiere estar en el Bernabéu si es un jugador de Champions? Cuando hay esa posibilidad, tú tienes que jugar todo lo que sabes y un poco más. Además, era la época de Zidane, Figo, Ronaldo, Roberto Carlos, Raúl... ¡Por el amor de Dios! Si nosotros hubiésemos tenido un día muy malo, nos meten cuatro, cinco, seis goles. Entonces, intentábamos jugar como un equipo. El jugador solo no es importante. Es el equipo. Empezábamos a poner nuestra cabeza en el partido así. Teníamos que ser muy, muy fuertes, pelear hasta el final, y ahí a ver qué pasaba. Así hicimos buenas peleas contra el Madrid. No siempre ganamos, pero nos divertimos un montón. Siempre hubo mucho respeto. El Madrid era el Madrid, un gran nombre en Europa. El Bayern en esa época empezaba a tener un gran nombre.
"Jugar contra el Madrid para nosotros era casi como ir a una guerra"
¿La motivación era sólo por eso?
A ver, si no estamos motivados... Si no vamos a una guerra es mejor no salir de casa. Si vas con ese pensamiento a un duelo con el Madrid, te van a meter más y más goles. Entonces, para nosotros era como una guerra, más o menos. Y después, queríamos ver en qué nivel estábamos, porque el del Madrid lo sabíamos. No es que tuviéramos en el fútbol alemán un equipo como el Barcelona, el Valencia en esa época, el Atlético, el Sevilla, con buenos jugadores. Entonces, para nosotros era la oportunidad de ver si éramos como ellos, buenos, o éramos muy malos. Nosotros no queríamos pasar vergüenza. Y por eso se peleaba hasta la muerte.
Se las tuvo con Figo...
Estuvo muy mal por mi parte. Lo que le dije me duele hasta hoy porque a Figo le conozco desde 1991, cuando jugamos la final del Mundial de juveniles.
Yo me refería a pelea futbolística, no dialéctica. Pero ya que tengo la pelota botando... ¿Qué le dijiste?
Lo que pasó es que para hacer un poco de guerra antes del partido, yo dije algo así como: '¿Quién se piensa Figo que es? Ese no juega nada. Cuando venga a Múnich Lizarazu lo va a matar...'. Algo así. No sé lo que dije exactamente pero algo muy, muy, muy malo. Yo luego le pedí perdón. Le dije: 'Sabes que en un partido como este hablamos algunas veces muchas tonterías. Pero esta fue demasiada tontería porque no soy así. No soy un boludo'. Y ya está. Gracias a Dios, siempre que estoy ahora con Figo hablamos sin problemas.
No me equivoco si digo que tu mejor recuerdo de los Bayern-Real Madrid es en 2001, ¿verdad?
¡Claro! Recibí el balón a unos 30 metros y lo clavé con un derechazo. Pero no sólo por el gol que marqué, con la ayuda de Casillas. Sino porque diez días antes de ese partido yo me operé la rodilla. No se sabía si iba a poder jugar contra el Madrid. Yo dije al doctor, al entrenador: 'No, yo quiero, yo quiero jugar, tengo que estar en el césped ese día. Por favor, puede ser la última oportunidad de estar en una semifinal contra el Madrid'. Y ahí, Hitzfeld sabía que cuando yo hablaba cosas así es que estoy con sangre en los ojos, que quiero dar el máximo. Me dejó a jugar y al final hice el 1-0 de la ida de semifinales. Kahn paró todo lo que se podía parar. Así pasamos a la final contra el Valencia y la ganamos. Por eso celebré aquel gol besándome la rodilla. Para mí fue casi un milagro.

¿Recuerdas a quién le dedicaste el triunfo?
Uy...
A Del Bosque...
Es que leí en la prensa, antes del partido, que él dijo algo como así como 'bah, ese fútbol de los alemanes, balón adelante y todos a correr para ver si hacen algo. Ellos no saben jugar al fútbol como jugamos nosotros'.
Conociendo la prudencia de Del Bosque ante la prensa me extraña...
O al menos así entendí yo (risas). Por eso que dije que le dedicaba la victoria. Nosotros sabemos jugar al fútbol.
"Una vez yo dije algo así como: '¿Quién se piensa Figo que es? Ese no juega nada. Cuando venga a Múnich...'"
Detrás de ese «sabemos jugar al fútbol» estaba Hitzfeld. ¿Qué recuerdo tienes de él?
No solo un padre futbolístico para mí, era un profesor, un psicólogo, era todo en una persona y gran entrenador. Porque él fue importante. Fue importante y se vio en aquella final de la Champions de 1999 que perdimos en Barcelona contra el Manchester United. Al día siguiente, ninguno de nosotros quería jugar al fútbol. Perdimos y nos preguntábamos: '¿Cuándo vamos a tener la oportunidad otra vez de estar en una final?'. No era el Bayern de hoy en día, que cada tres o cuatro años llega al último partido de la Champions. Hacía muchísimos años que el Bayern no se presentaba en la final y la perdimos. Nos quedamos muy mal. Pero Hitzfeld nos dijo: 'Yo tampoco tengo ganas de entrenarles. Mírense la cara que tienen, parece que están ustedes muertos. Pero el fútbol es como la vida. Hay días malos y buenos. Van a mejorar las cosas, pero para eso tenemos que tener confianza y trabajar. Y si llegamos a otra final, la vamos a ganar'. Y ahí empezamos a trabajar nuevamente. Después, conquistamos la final en 2001. Por eso para mí es el mejor entrenador que tuve.
Mejor la empatía que el látigo.
Sin duda. Hitzfeld sabía mirar al jugador, veía que el jugador poseía un poder y no tenía problema en que fuera así. A veces él venía a mi habitación y me decía: 'Oye, mañana tú no vas a jugar'. Y le respondía: "Entrenador, por el amor de Dios, yo quiero jugar. Mañana es un partido fácil, puedo hacer goles, ser el máximo goleador'. Él me miraba y siempre me contestaba: 'Pero mira, ¿qué quieres tú? ¿Ser el máximo goleador o ganar el campeonato? El campeonato, ¿no? Pues es importante que Roque Santa Cruz tenga su oportunidad, que Claudio Pizarro u otros más jóvenes jueguen para estar bien porque si no, vamos a tener muy mal a los que no tienen oportunidades'. Y así empezó con las rotaciones. Por cómo me hablaba yo no me quedaba triste por no jugar. Es importante que un entrenador sepa comunicar porque de ese modo tú no tienes a nadie enfadado en el banquillo.

¿No te enfadaste cuando comenzó a meter más a Makaay que a ti?
Yo me podía quedar mal unas horas, pero luego pensaba que él tenía razón. Fue muy directo conmigo. Yo ya tenía 32 años y en ese momento se necesitaba un jugador más joven, más rápido… Me dijo que me iba a quedar en la tribuna o en el banquillo. Y yo con esa edad lo que quería era jugar dos o tres años más y después, como se dice en alemán, Auf Wiedersehen [adiós]. Por eso resolví salir del Bayern y sin problema. Me siento contento por todo lo que hice allí, quedaron en su historia mis goles, mis botas blancas...
¿Tus botas blancas?
Antes en Alemania no se estilaba eso de cambiar el color de las botas. Yo fui el primero. Cuando se lo pedí a Adidas, me dijeron: '¿Pero estás loco o qué? Eso parecen botas de atletismo, no para jugar al fútbol'. Y yo dije que no, que quería jugar con botas blancas. Y así empezó. Después se las pusieron otros jugadores como Beckham, Zidane, pero yo fui el primero. Como también fui el primero, creo, en duchar a un entrenador con cerveza cuando se ganaba un título.
¿Quién fue tu primera víctima?
Trapattoni. Ganamos la Copa y era su último partido con el Bayern. Yo pensé: 'Voy a echarle la cerveza por encima. Total, mañana ya no va a estar en el Bayern y no voy a tener ningún problema con él'. Así pasó. La broma ya se quedó como una especie de tradición. Después, Hitzfeld se llevó cuatro o cinco duchas mías. La verdad es que me gusta recordar esa etapa. Luego fui a Lyon, Mönchengladbach, Cruzeiro. Todo pasó muy rápido. Para mí es todo como un sueño.
"Fui el primero en jugar con botas blancas. Cuando se lo pedí a Adidas, me dijeron: '¿Pero estás loco o qué? Eso parecen botas de atletismo'. Y creo que fui el primero en duchar a un técnico en cerveza"
¿Te costó decidir cuándo retirarte?
No, fue tranquilo. Yo le dije a mi papá que iba a jugar un año más en el Cruzeiro y ya porque me dolían los pies, todo. No quería quedarme en el campo y que las personas, en la tribuna, pensaran: 'Oh, mira ese, está robando, ya no corre, no hace nada, se queda solo delante para marcar goles'. Por eso decidí no jugar más después de octubre de 2006, cuando acababa la temporada. Pero mi padre murió antes y decidí dejarlo. Ya no quería más y regresé a vivir al pueblo, a Londrina, cerca de mi mamá.
¿Echas de menos el balón?
Te lo digo sinceramente. No me falta nada, lo juro. Desde el principio, desde el primer día que no fui a entrenar hasta hoy. No me falta nada. Voy a los partidos, estoy con los jugadores del Bayern. Me encanta, aprecio estar en la cancha, pero estar ahí abajo corriendo, jugando… No.
¿No te gustaría estar mañana en el césped del Allianz, formado mientras suena por megafonía el himno de la Champions?
El tiempo ya pasó. Ahora lo veo todo desde la tranquilidad. Yo creo que la eliminatoria está al cincuenta por ciento. Porque son dos horas. Mucha gente pensaba que el Arsenal nos iba a desbancar. Pero somos el Bayern. Cuando está en una situación difícil se puede jugar bien y sobresalir. Y así pasó. Contra el Madrid no voy a decir que no hay nada que perder porque hay mucho que perder, es ir a la final. Vamos a ver qué pasa. Hay que trabajar, hay que pelear, hay que ser solidarios ante un equipo que tiene a Bellingham, Vinicius, Rodrygo…
Esos dos compatriotas tuyos no son malos del todo.
Espectaculares, estoy acojonado (risas). Y ese Endrick que compró el Madrid, ¡Dios mío! Es impresionante. El Madrid hace muy bien ese trabajo con los jóvenes de Sudamérica, de Brasil. Vinicius y Rodrygo se comportaron muy bien nada más llegar. Tranquilos, primero en el Castilla, entrenando. Poco a poco se instalaron en el primer equipo y hoy son jugadores determinantes. No puedes pensar en sacarlos del once porque juegan muy bien como individualidades y para el equipo. Y ahora ese Endrick.
Le has mencionado ya dos veces. Para los que no le vemos con regularidad, ¿tan bueno es Endrick?
No voy a decir que es Neymar, porque yo creo que puede ser todavía mejor que Neymar. Tiene un enorme golpeo, de cabeza sabe hacer los goles. Es un jovencito que pelea mucho, que está por toda la cancha, que ayuda a sus compañeros. Y después con la prensa es muy tranquilo, muy sencillo. Eso es importante. Sólo espero que cuando vaya a Madrid no cambie su forma de ser. Que tenga los pies en el suelo y sólo trabaje.
Y si pasa lo contrario, te lo llevas un par de semanas a la hacienda con las vacas y los toros.
(Risas) Viéndole a él y a su entorno, me da a mí que eso no sucederá.