REAL MADRID - BAYERN

El hijo de Juanito le reivindica: "Me llaman por el pisotón a Matthäus y mi padre era otra cosa; reunió a los niños de AFE para pedirles perdón"

Roberto Gómez defiende la figura del mito destapando varias intrahistorias: "Lo primero que hace al llegar a Mérida es pedir una lista de los jugadores que tienen hijos e hijas para comprarles algo en Navidad".

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Sergio Gómez
Sergio Cerqueira

Sergio Gómez y Sergio Cerqueira

Fuengirola.- El minuto 7 en el Santiago Bernabéu siempre es un terremoto. Acústico y emocional porque el "Illa, illa, illa, Juanito maravilla" es más que un cántico para el madridismo. Es una forma de fijar para siempre a un mito volcánico e impetuoso, al hombre que adaptó a 90 minutos todo un espíritu. El que necesita el Real Madrid para doblegar al Bayern y meterse en una nueva final de la Copa de Europa. Los blancos no están ante una de esas empresas imposibles de los años 80 que inflamaban el estadio, pero en estas noches siempre es necesaria una dosis adecuada de duende y carácter. "¡Cómo le hubiera gustado a mi padre estar en este partido, jugando, entrenándolo o viéndolo en la grada!", se duele Roberto Gómez, descendiente del genio. Ladea la cabeza y mira a su derecha a José Fouto, que viajó a Fuengirola para entregarle cinco camisetas que pertenecían al eterno '7' y que él conservaba en Mérida desde que la fatalidad segó su vida en la carretera.

El hijo de Juanito habla sobre aquel pistón en Copa de Europa. Relevo

El de hoy no es un rival más para el Real Madrid, ogro en muchas batallas europeas. Tampoco es un día más para Roberto. El Bayern quedó cosido a la leyenda de Juanito, extremo de extremos, y escribió parte de la biografía de su hijo. "Es un equipo que cambió mi vida para peor", reconoce. Y añade: "El pisotón hizo que mi padre se fuera del Madrid. Nosotros vivíamos en la capital y ya dejamos de vernos. Mis padres estaban separados y para verle teníamos que bajar a Málaga. Lo que para todo el mundo es una jugada fea, para mis hermanos y para mí fue una putada". Roberto hace mención al mayor punto negro en la carrera de Juanito, el que acabó con una década de prodigios en el Bernabéu.

Para quien lo viera, lo que a continuación se describe es un recordatorio de que no hay sol sin sombra. Para quien sea demasiado joven, sucedió así. Año 1987. El Madrid había ganado dos Copas de la UEFA y esa temporada volvía al desafío de la Copa de Europa. Venía de eliminar ya al Young Boys, a la Juventus y al Estrella Roja. En semifinales esperaba el Bayern, con quien ya tuvo un encontronazo el año anterior. La ida en Múnich fue ardiente. A los 10 minutos, Augenthaler marcó el 1-0. En el 29' aconteció el temblor que acabaría por derrumbarlo todo. Dorther llegó hasta Buyo, trató de quebrarle y el portero le arrebató la pelota de manera clara. En cambio, el árbitro, el escocés Valentine, pitó penalti. Matthäus lo transformó. 2-0. Fue entonces cuando el Madrid se olvidó del balón y recurrió a las patadas. En el 35', Wohlfarht hizo el 3-0 y todo se precipitó en el 39'. Matthäus cometió una falta sobre Chendo, ambos caen, Juanito llega a la carrera y le pisa dos veces la cabeza al alemán. El encuentro acabó con 4-1 y con el de Fuengirola clamando perdón al final del duelo: "Creía que me había vuelto una persona normal, pero no hay forma. Lo que he hecho es deplorable. Estoy apesadumbrado". Aquello terminó en una sanción al futbolista de cinco años sin jugar en Europa y con Juan fuera del Madrid.

Juanito se queja al árbitro Valentine, en el Bayern-Real Madrid de 1987.  GETTY
Juanito se queja al árbitro Valentine, en el Bayern-Real Madrid de 1987. GETTY

"En los Telediarios siempre se pone esa imagen de él, no su otra cara, que la tenía. A la prensa sólo le interesa el pisotón, siempre que toca el Bayern me llaman. Lo que hizo estuvo muy mal, cometió un error, nosotros siempre lo tuvimos claro. Y él también. Supo que fue un fallo y lo pagó muy caro porque tenía la renovación prácticamente hecha y se tuvo que ir. Sin embargo, mi padre no tardó ni 15 minutos en reconocerlo públicamente, a punto de llorar. Las declaraciones están ahí y me las sé de memoria. Yo las pongo en Twitter cada dos por tres porque quiero que todo el mundo las vea. Me parece justo. En el partido de ida, colgué la imagen en la que mi padre le regala el capote a Matthäus en ese encuentro en el que le perdona. Y se están riendo. Luego tuvieron buena relación. Quiero que la gente se entere de estas cosas. Nos equivocamos todos, pero no todo el mundo coge el camino correcto después de la equivocación. Y si yo aprendí algo de mi padre es que después de las cagadas que tenía, él pillaba bien el camino", reivindica Roberto.

Una lección de humildad y un gesto que ovacionó Atotxa

Es entonces cuando desempolva una de esas acciones que confirman que el corazón lo tenía del mismo tamaño que el temperamento. Juanito fue uno de los impulsores del sindicato de jugadores (AFE) y un año antes de la erupción en Múnich colaboró para crear la Escuela de fútbol, un centro donde se reunían chavales de entre 10 y 14 años para jugar partidillos y atarse a una cadena de valores tan útiles en el deporte como en el día a día. Pues bien, a los pocos días de pisarle la cabeza a Matthäus, una imagen que empapeló la España de la época, el de Fuengirola se presentó en el centro a impartir la mayor lección que podía dar: "Los medios me llaman por el pisotón, pero él era otra cosa, el del perdón a unos niños después de lo que pasó. Mi hermano y yo estábamos en esa escuela de AFE. Yo tendría 10 años. Había casi 150 chavales. Y mi padre fue, hizo una reunión delante de todos nosotros y nos hizo ver que lo que había hecho no se podía hacer. Mira, tenemos un grupo de veteranos de esa escuela, somos muchísimos. Y todos se acuerdan de ese día. Todos. Es una cosa que te marca".

Juanito posa con la camiseta del Real Madrid.  ABC
Juanito posa con la camiseta del Real Madrid. ABC

A Roberto se le vuelve a entrecortar la voz: "Hay muchas más historias bonitas de mi padre que malas. Lo que pasa es que las malas las conoce todo el mundo. Y utilizo mis redes sociales para que las buenas las conozcan también". Recuerda cómo Juanito, en 1987, pocos meses después del cortocircuito de Alemania, se volcó en la organización del homenaje a Sagarzazu, lateral guipuzcoano que el Depor acababa de fichar de la Real Sociedad y que falleció en el autobús del equipo a causa de un derrame cerebral. La noticia conmocionó al fútbol, especialmente a la Real. Dos días después del drama se lanzó la idea de disputar un partido homenaje en Atotxa y ahí el de Fuengirola se reveló como la palanca que movió al mundo. "Habló con todos los capitanes de Primera. Probablemente, San Sebastián era donde peor trataban a mi padre. Cuando volvió con el Málaga, Atotxa entero le ovacionó", remata con orgullo.

"La gente iba a ir a pedirle dinero porque... ¡se lo daba! Le pedían entradas pensando que se las regalaban pero yo tengo las facturas, mi padre las pagaba. Ha comprado televisores o frigoríficos para vecinos..."

ROBERTO GÓMEZ

Juanito era la jugada inesperada, el arrebato incontrolable, el 'noventa minuti en el Bernabéu...', pero si algo encarnó fue la generosidad. Lo cuentan quienes compartieron vestuario. Camacho, Gordillo, Del Bosque... "Era un hombre solidario, lo suyo era de los demás", coinciden. Roberto repone otro de esos capítulos que ayudan a construir con fidelidad la dimensión de la figura. "Cuando ficha por el Mérida como entrenador, no te voy a decir que está en la ruina pero... Llega cerca de las Navidades y lo primero que hace es pedir una lista de los jugadores que tienen hijos e hijas y las edades para comprarles algo. Tenía detalles que no podía permitirse. A mí me ha dicho alguna vez Pepe Salguero [jugador del Madrid entre 1981 y 1987] que muchas veces salían de los entrenamientos, de los partidos, y la gente iba a ir a pedirle dinero porque... ¡se lo daba! Muchos le pedían entradas pensando que se las regalaban y yo tengo facturas. Mi padre las pagaba y las regalaba. Ha comprado televisores o frigoríficos para algunos vecinos. Eso también es Juanito y no sale tanto como el pisotón a Matthäus". Eso también es el espíritu del mito, un pellizco que no se olvida.