Un grito profundo al orgullo perdido, el Barça ha vuelto a competir

Es un día importante. Hoy, muchos niños y niñas que han crecido viendo al Barça como a un club pobre y triste en Europa, que acumulaba toneladas de inseguridades a sus espaldas desde que en 2016 el Atlético de Madrid les eliminase con dureza han visto lo que es ganar siendo del Barça. ¿A quién le importa la vuelta a estas horas? ¿A quién que queden todavía 90 minutos? El Barça ha cuajado un partido impensable hace tiempo, tan generoso y épico como uno imagina que gana siempre el resto. Porque el Barça no lo hacía. Pero hoy sí. Y el fútbol si algo hace es generar momentos vertebradores que ridimen y permiten volver a soñar. Hoy, el niño que creció con un Barça que no era suyo, lo podrá hacer.
Ahora las noches de primavera me parecen de una superioridad moral y estética incuestionable. Es lo que tiene la Champions League. El Barça, durante años, no la había vivido. La había sufrido y padecido como un mal inexplicable, hasta el punto en el que los mejores jugadores del mundo no lo parecían, ya no hacíanh grandes jugadas, y cualquier rival se comía la moral de un equipo demasiad preocupado en sus propios terrores. Xavi, que en febrero tenía a su equipo soterrado, goleado y sin ningúna perspectiva, se inmoló. "Me voy". Quizás su sacrificio haya permitido una victoria mayor, un regalo en forma de partido que es, sobre todo, un grito profundo al orgullo perdido. El Barça ha vuelto a competir.
El debate en la previa se centró en el estilo sin que nadie hablase de estilo. Estilo no es posesión, no son títulos ni disparos ni ocasiones. Esto no es nada. Estilo es reconocerse haciendo lo que uno hace, ser consciente de cada paso que se da. El Barça, en París, entendió siempre el punto en el que se encontraba. Defendió con el equipo junto durante muchos minutos, sufriendo sin sufrir, tuvo el balón escondiéndolo con Pedri y Gündogan cuando más quemaba y fue letal, quirúrgico, cuando hacía falta. Todo ello, que es fútbol, forma parte de un estilo que el Barça en Europa ya no tenía, porque el suyo era decirlo, pero sin practicarlo. Xavi ha ayudado a hacer el Barça más grande esta noche.
Tiene mucho de premonitorio que este partido lo haya ganado Raphinha con un doblete, un brasileño que no regatea, lo haya entendido Gündogan, un alemán sin mala leche que flota y no corre, lo haya rematado Christensen, un danés que nunca habla y lo haya estremecido Lewandowski recordando al jugador que sigue siendo, aunque muchos dijesen que ya no era. No se puede predecir ni sentenciar nunca en un deporte que nace en lo imprevisible y lo caótico. Pedri se fue llorando de San Mamés y ha regresado danzando en patines en París. Como en una película que todos querríamos ver.
Si me dejáis, os diré que el fútbol son noches como esta. Unas en las que el título no se juega, en las que no ganas nada más que recuerdos, que al final lo son todo. Noches a las que acudir en años, rescatando jugadas, momentos, orgullo y sentimiento. El Barça acudió a la casa de terror de Mbappé con cierto pavor, y salió haciendo parecer al francés un jugador mediocre y a Raphinha el bueno de los dos. Esto también es fútbol: levantarse pensando en Mbappé e irse a dormir soñando en cada acción de un Cubarsí que ha engullido el miedo del club. ¿Alguien lo nota a su lado? Siempre nos quedará París. Una vez más.