Lamine Yamal es el lápiz y la mano... y cada partido, un folio en blanco

El partido comenzó con una declaración universal revestida de inocencia: Lamine Yamal hará con la pelota aquello que tú, rival, no logras ni anticipar. Desde esa base técnica, que es decirle al resto que con Lamine se juega un deporte que el resto no puede acceder, un paraíso vetado, solo reservado a quiénes han anticipado el futuro. Así se lee que el Barça saltase al Metropolitano con la convicción de un ejército, con un Yamal dispuesto a arrebatarle al Atlético de Madrid lo único que les quedaba con una sonrisa de niño burlón. En 20 minutos había dejado regates con controles, caños que indultan al rival, pases de tres dedos y una asistencia que Messi patentó. Simeone entendió que no tendría que batir solo al Barça, sino al Barça con Lamine.
El primer tiempo del Barça es de un equipo rebosante de fe. El Atlético, al que solo le quedaba esta final para salvar su curso, salió con la intención de abrir el partido y convertirlo en una espiral de transiciones pero el Barça se lo impedió. No pudieron. Cubarsí e Íñigo anticipaban y transformaban el estadio en un rectángulo estrecho, modificando las reglas del juego. Pedri y De Jong se unían y desgastaban el plan de Simeone y Ferran, que parece haber nacido para ser el 9 de un equipo vertical, le daba al FC Barcelona todo cuanto necesitaba, incluso el gol. El Barça está en ese punto en el que puede dejar a su máximo goleador en el banquillo en una semifinal en la que tiene que ganar y no notarlo. Ferran piensa rápido, pero sobre todo complementa la desbordante magia e imaginación de Lamine. Si Lamine es el lápiz y la mano, el valenciano es el folio en blanco.
Flick sabe, porque lo abraza todo, que incluso cuando el Atleti empezó a meter balones largos y a inclinar el campo, forzando al Barça a defender en zonas que no desea, el equipo no dudó. No lo hizo no porque quisese defender allí, sino porque se reconoce en cada escenario como posible vencedor, cambiando aquella pesadez que inundaba al jugador en años anteriores, donde cada pelota dividida y cada centro era una condena. No han cambiado los jugadores. Ha cambiado una forma de entender y sentir el juego. Algo ha despertado y ha hecho click.
Si Lamine se dedicó a torturar al Atlético con sus aceleraciones, Pedri lo hizo desde la pausa. El canario falló un pase que casi cuesta un gol y allí se propuso no errar más, y no solo eso, sino llevar el juego hacia zonas que solo le pertenecen a él. Pedri no regatea escapando, sino esperando. Te invita a presionarle, te hace creer que se la podrás robar para, justo en ese momento en el que la pelota se te presenta como tuya, esconderla para que vuelva a ser un deseo y no una certeza. Y así va quebrando los nervios, en pequeños gestos que no aparecen en ningún sitio salvo en el sistema nervioso del rival, destrozando presiones y haciendo desaparecer aquellos momentos que amenazan en convertirse en estados permanentes.
🦈 El colmillo del tiburón está más afilado que nunca en la Copa.
— RFEF (@rfef) April 2, 2025
🎙️ "Es un gol que he disfrutado muchísimo con los compañeros".@FerranTorres20 jugará su segunda final después de dar con su tanto la clasificación al @FCBarcelona_es.#LaCopaMola🏆 | #CopaDelReyMAPFRE pic.twitter.com/JPDEQ7yehk
Y así, como quién no quiere la cosa, el FC Barcelona está en su segunda final del curso. Con un equipo joven e inexperto, uno que no tendría que estar donde está, descubriendo el gran secreto que ahora parece evidente pero que hasta hace unos meses parecía irresoluble para muchos: a esta plantilla lo que le faltaba era que alguien la mirase a los ojos y les hiciese creer el potencial que atesoran. Una vez logrado el hechizo, que no es sino un acto de normalidad, el Barça estaría en disposición de competir por todo una vez el jugador fuese mejorando. De Jong defendió la frontal como muchos aseguraban que no podía y Ferran, al que otros hicieron burla, certificó el pase con el gol. Flick no es un entrenador. Flick es un acto de fe.