Otra épica del Real Madrid... pero quien no quiera a esta Real Sociedad y a Imanol Alguacil no entiende de fútbol

Lo de esta Real Sociedad no tiene nombre. Qué oda al ejercicio de resistencia, qué afán de querer superarse pese a las circunstancias adversas. Siempre ha sido así. La historia de este equipo está jalonada de episodios de supervivencia para conseguir hitos históricos. Así llegó, por ejemplo, la primera Liga, con ese tanto agónico de Jesús Mari Zamora, que sirvió para abrir, de par en par, las puertas del cielo. Y con el mismo sufrimiento llegó, bastantes años antes, el ascenso de Puertollano, donde la Real comenzó a cimentar las bases de lo que es hoy en día. La Real logró ese 23 de abril de 1967, con el Calvo Sotelo como rival, un empate a dos agónico -empezó perdiendo 2-0- que le condujo a la Primera División, categoría en la que militó durante 40 años de manera ininterrumpida.
También en esta ocasión, con el Real Madrid como contrincante, lo tenía todo en contra. Lo decía el 0-1 cosechado en el Reale Arena en el partido de ida. También lo decía el electrónico del Santiago Bernabéu a falta de cuatro minutos para el final cuando reflejaba ese 3-3 que enviaba a los de Imanol Alguacil a casa. Y eso que en el 80', el segundo gol de Alaba en propia puerta, hizo pensar que la final estaba hecha. Craso error. El Real Madrid tampoco se cansa de protagonizar episodios épicos, nunca se rinde y menos en un coliseo que aprieta como ninguno. En un visto y no visto, entre Bellingham y Tchouaméni se encargaron de poner contra las cuerdas, por enésima vez, a la Real Sociedad.
Pero ahí emergió, una vez más, la figura de Mikel Oyarzabal. El de siempre. El que nunca hace nada. El que siempre está en el punto de mira. El '9' menos '9', para algunos, en la historia de la Real Sociedad. Pero ese testarazo, en el minuto 92, pasará a los anales de la historia de la entidad blanquiazul por la importancia que tuvo. Ese testarazo hizo posible que toda la familia realzale siguiera creyendo con una gesta que, finalmente, no llegó.
Da lo mismo lo que pase con el futuro de Imanol Alguacil. Lo digo, de verdad. El oriotarra ya forma parte, por méritos propios, de la historia de la Real Sociedad. Y lo ha hecho a lo grande. Cuando nadie se lo esperaba, bajo su mando, el equipo blanquiazul ha escrito alguno de los capítulos más gloriosos de su historia. Y eso que eran muy pocos los que confiaban en sus capacidades cuando Jokin Aperribay se vio obligado a echar mano de él cuando sus anteriores apuestas no salieron como esperaba. Hasta en dos ocasiones tuvo que acudir al rescate de la Real para que el mandamás y la dirección deportiva terminaran de confiar en el técnico oriotarra que, a la chita callando, se ha convertido en una institución en la historia del equipo realista.
Y la lucha contra los elementos ha sido continua. No le ha importado. Todo lo contario. Temporada a temporada, partido a partido, ha ido construyendo su leyenda y, por ende, la de su equipo, que en el Bernabéu ha escrito una penúltima hazaña, que no terminó de la manera deseada, con esa clasificación para una nueva final de la Copa del Rey. Eran muy pocos los que soñaban con ella, y menos tras el 0-1 encajado en el Reale Arena. Pero este equipo nunca da su brazo a torcer. Nunca se rinde. Es una seña de identidad impresa desde que Imanol Alguacil accediera al banquillo del primer equipo.
Lo impidió, a última hora, un cabezazo de Antonio Rüdiger, que echó por tierra todo el esfuerzo realizado a lo largo de 115 minutos de juego. Los realistas murieron con las botas puestas, como los valientes, como lo hizo el coronel Custer en la batalla de Little Big Horn. Solo así se consigue la gloria. Y la Real se quedó con la miel en los labios. Pero eso ya no importante. El legado será único e irrepetible.