OPINIÓN

Lo que hacen algunos en esta Selección merece una colleja

Lamine, Fermín y Nico Williams, antes del partido ante Albania. /EFE
Lamine, Fermín y Nico Williams, antes del partido ante Albania. EFE

Colonia (Alemania).- O lo digo o reviento. Así que aprovecho para desahogarme en estas horas muertas hasta que arranquen los octavos de final que examinan de verdad a España; ese tobogán donde hay tanta ilusión por jugar como miedo a estrellarse. Tengo serias contradicciones con los jugadores de esta Selección. Mayormente con los jóvenes, que son mayoría. No sé si lo que hacen antes y después de que empiecen los partidos, durante casi todos los entrenamientos o las pocas veces que me cruzo con ellos por los pasillos me gusta mucho -y lo extrapolaría a todas las canteras- o directamente lo detesto y los denunciaría en comisaría. Es legal, que conste. Otra cosa es que me guste.

Uno, en mitad de una Eurocopa, de aquí para allá en las atascadas y tercermundistas carreteras alemanas y en estos trenes de mercancías rescatados de la postguerra, ya pierde la noción del tiempo, el olfato y hasta la perspectiva. Pero no por ello vamos a dejar de hacer lo que debemos, y que no es más que contar lo que pasa y no lo que nos gustaría que sucediera. Aquí va un ejemplo: sinceramente, y entrando en materia, no sé si es necesario para un futbolista profesional estar durante un cuarto de hora al día -el rato de los rondos y el calentamiento que ven los periodistas - dándose collejas, vacilando, soltando chorradas que luego se hacen virales y que enfangan, y comportándose como niños en el parque cuando todos, salvo Lamine Yamal, ya pueden votar y les quedan horas para hacer la Renta.

Necesitamos certezas. Y este patio de colegio, más allá de caer bien y hacer piña, como la familia que quiere el seleccionador que sea, desespera. Lo digo en clave de humor, está claro, pero también aviso que daré la matraca con esto si Mamardashvili nos echa. Antes de una eliminatoria uno lo que busca, más que temas que llevarle al desayuno al lector, son seguridades para saber si hay que hacer esta misma noche la maleta de regreso o esto va para largo y volveremos a Berlín. Por eso ya he mirado qué han hecho los equipos españoles en Colonia. Y la verdad, es que es para ser optimistas.

Aquí ganó el Barcelona en 1980 con gol de Quini en la UEFA y el Sevilla, qué equipazo, triunfó en 2020 en la final de la Europa League ante el Inter (3-2). También empató el Barça en 1969 en la Recopa (2-2), como la Real Sociedad en 1988 (2-2) y el Sporting en 1985 (0-0). Sólo perdió el Valencia en una Copa de Ferias en 1964 (2-0). Y sí, en el estadio donde se juega este domingo (Rhein Energie de Colonia, antiguo Müngersdorfer) España se proclamó campeona del Torneo de la FIFA juvenil en 1954, que era el segundo título de su historia, como recordó ayer Juanjo Sánchez (@jjsv81) en Twitter.

Por mirar bien y hallar el sosiego, uno ha escarbado hasta en el pasado de De la Fuente. Y con 63 años, una carrera en el Athletic y el Sevilla, más un mundo en la formación de cantera, me ha llevado un buen rato. Pero también ha merecido la pena. Después de contar sus visitas a Alemania como jugador con tropiezos, como técnico ha salido victorioso, que es a lo que se dedica ahora y lo que más nos importa a todos. El seleccionador ha pasado de estar condenado por aquellos aplausos a Rubiales y el tropiezo en Escocia a ser el faro de la Selección en esta Eurocopa. Ya es De la Fuente I de España y V de Alemania.

Pero cuando uno ha hecho los deberes y se viene arriba, porque empiezan a encajar las piezas a base de una buena dosis estadísticas y los cuartos ya asoman a la vuelta de la esquina, la mirada se vuelve hacia Nico, Pedri, Fermín y Ferran y todo se tuerce. Ahí están, obsérvenlo cuando les enfoquen, dándose empujones y cachetes mientras bajan del avión, salen del hotel, enfilan el comedor o inspeccionan el césped ataviados con su chándal con los pantalones caídos a modo rapero. Y uno, que desconfía de todo, no sabe a qué atenerse cuando hay otras selecciones que llegan a los campos en traje, con barba de cuatro días y mascando chicle seriamente. Porque es que, además, lo peor es que los pesos pesados como Carvajal, Unai o Laporte les siguen la corriente sin poner orden. ¿Sabrán todos ellos lo que dicen esos datos del pasado? ¿Entenderán que hay un país sin uñas en el que ya no hay quien duerma?

No se pide que en las sobremesas hablen del auge de la ultraderecha y del precio del alquiler, pero necesitamos decoro para afianzar nuestras creencias y comprobar que todo está bajo control. Recuerdo mis rituales de corto y no entiendo absolutamente nada. Los rondos, en otra época, valían para mejorar los controles orientados si eran a dos toques y para pulir la técnica y reacción si había que tocar de primeras. Hoy, son verbenas. En los entrenamientos el cachondeo se quedaba en el vestuario y luego, como mucho, tras volver del barrizal a la ducha, reías por no llorar con la paliza que te habían recetado. Ahora se mantean, posan como guerreros y hasta han montado en el gimnasio una discoteca. Pero lo de los días de partidos, si comparas el ayer con el hoy, ya es inaudito. Uno llegaba leyendo el AS o el Marca en el bus, bajaba comentando la jugada antes de que se produjera, soltaba las piernas de la tensión acumulada y el cague que se destilaba, y se entraba a la caseta como quien lo hacía en una iglesia. Doy por hecho que ahí dentro, en las entrañas de los estadios donde los internacionales se conjuran, las estampas de santos y el Radiosalil ya habrán mutado en una tienda de móviles y colonia cara.

El día de Albania recuerdo que hasta me enfadé. Llegué al estadio tres horas y media antes. Como cuando era un crío y tenía que coger el Talgo para ir al Puerto de Santa María y mi padre nos sentaba a orillas de la vía en Alcázar cuando el convoy todavía no había salido de Barcelona. En ese encuentro en el que el Plan B pasaba la reválida vi bailar en el césped a algún jugador que llevaba unos cascos de controlador aéreo. Hubo pasillo de collejas. Más risas que un monólogo. Y lo peor, cuando el once ya estaba calentando y los suplentes (normalmente titulares) se unieron un rato con pereza a la banda siguieron sus gestitos como si estuvieran en un entrenamiento. El rival, como yo, miraba y alucinaba.

No sé por qué me fijo en estas cosas. Igual porque sólo entiendo la concentración si va acompañada por la seriedad. Y estaré equivocado. Igual también porque temo que haya cundido el favoritismo y por tanto la relajación. Sólo me tranquiliza lo que veo en el tiempo reglamentario, que es mucho y bueno. Lo de fuera, con la apología de la Play, todos hablando del futuro en sus clubes, con Nacho saliendo a firmar con su nuevo equipo, con Joselu acordando su salida del Madrid y con Nico y el Barça como tema principal de conversación, me inquieta. Y no descarto que si ganan esta Eurocopa rompa con mi clasicismo y empiece a imitarles e ir repartiendo chistes y pescozones, a ritmo de rap, por la redacción porque es lo que se lleva y más mola. Pero en mis sueños ideales imagino a todos nuestros internacionales ahora mismo como a Juan Carlos Rivero, aprendiéndose de memoria el once de Georgia. Y todo lo que no sea eso me chirría. Llamadme antiguo. Bien fuerte y con todas las letras. Pero si yo viera al panadero, al dentista o al sepulturero dándose collejas y de guasa antes de faenar, también os lo diría.