¿Qué sucede con los padres en el fútbol base?: "No saben que como sus hijos hay 1.000 o 10.000"
En miles de campos se viven situaciones incómodas, e incluso violentas, en partidos de fútbol base. Hablamos con padres, clubes, árbitros y psicólogos que analizan el problema social.

En el Estadio Municipal de La Chimenea, en el barrio de Usera (Madrid) se juega el fútbol de siempre, el de toda la vida. Con sus cosas buenas y malas. El típico campo que emula todos los elementos existentes en el fútbol profesional. En un sector del campo, una grada supletoria techada está reservada para los padres, madres y familiares… del equipo local. Justo en frente, una hilera de asientos sobre dos escalones de piedra y a merced del temporal, se destinan a los rivales que quieran visitar el campo para animar a los suyos. Una división de aficiones similar a la de los grandes escenarios. En las alturas, una valla separa el campo de la acera, y detrás de ella se siente y anima quien sea. Desde los ancianos sentados en los bancos con sus paquetes de pipas hasta los jóvenes animosos que alientan a sus amigos, los que se visten de corto.
En estos partidos de ligas juveniles, cadetes y, en definitiva, amateur, lo único que se imita no es todo ese adorno que se le pone al deporte. También lo que ocurre en él, su esencia. Gran parte de la educación futbolística recibida por los niños y niñas hoy en día proviene de lo que ven en sus televisores cada semana. Ese fútbol competitivo, a veces bronco, y corrompido por las ansias de victoria y los rifirrafes que conlleva perseguirla hasta acariciarla. Y no se traslada de manera aislada a su primogénito. El espejo en el que se miran desde el fútbol base no es solamente el de las filigranas, las celebraciones y los buenos hábitos deportivos. También reflejan las jugadas 'a lo Messi' que no van a ninguna parte, los malos gestos entre compañeros y rivales, y las constantes réplicas a árbitros. Esta última, una bomba de relojería que a veces explota.
Lo hizo, por ejemplo, el pasado fin de semana en Catalunya, concretamente en Sabadell, en un partido de niños que acabó en una lucha de artes marciales mixtas entre padres, como se ve en el vídeo adjunto bajo este párrafo. Hace dos meses sucedió en la Comunidad de Madrid, en Parla. Un partido de cadetes que enfrentaba al Olímpico de Parla y el CD Arancetano acabó en una trifulca entre los propios jugadores locales y el colegiado del partido. Patadas y puñetazos hacia los chicos visitantes, de sólo 14 o 15 años de edad, una persecución al árbitro hasta su caseta, una invasión de la misma que terminó con el colegiado (menor de edad) recibiendo una patada… y nada que hacer por parte de entrenadores ni padres asistentes al encuentro. De hecho, el ambiente comenzó a ensuciarse a raíz de los constantes comentarios provenientes de la grada, tal como contaba David Ercilla, presidente del Arancetano.
❌❌❌IMATGES LAMENTABLES de @FutbolCat_Radio
— Futbol Català, amb Marc Marbà (@FutbolCat_Radio) May 5, 2024
Condemnem el que ha passat en un partit de NENS DE 8 anys (S8), entre el Ripollet i el Sabadell a les instal.lacions Olímpia de Sabadell
Baralla entre pares i mares
❌ FORA DEL FUTBOL PARES I MARES VIOLENTS pic.twitter.com/CJZP2McZJi
El resultado final del episodio fue de un total de 243 partidos de suspensión divididos entre cuatro de los jugadores de la plantilla, la inhabilitación de su presidente y la exclusión del club de la liga. Un castigo ejemplar por parte de la Real Federación de Fútbol de Madrid (RFFM) en un caso único por la magnitud de sus consecuencias.
Los árbitros, en el ojo del huracán
Los colegiados se ven constantemente presionados por los improperios de la grada, la zona técnica y el propio interior del campo. Constantes comentarios dirigidos hacia ellos tratando de corregir su actuación, o simplemente tratando de intimidarlos. Además, quedan a merced de cualquier cruce de cables que pueda darse entre los futbolistas, sobre todo los que son menores de edad. Es el caso de Gerard Ortega, árbitro de categorías que oscilan entre las más humildes y las más competitivas en Cataluña. Gerard, que ahora tiene apenas 22 años, sufrió una situación bastante parecida a la expuesta, aunque supo controlarla mejor: "Tuve suerte de que no soy precisamente pequeño y pude reducir la situación".
"Me engañó, me dijo que era el delegado y cuando entró en la caseta me agarró del cuello y me amenazó"
ÁrbitroComenzó a dirigir partidos a los 16 años, y no fue hasta hace uno que vivió el momento más estresante entre todos con los que ha tenido que lidiar. "Lo expulsé durante el partido por protestar, y vino a mi vestuario después. Me engañó para acceder a la caseta diciendo que era el delegado de campo, con el que ya había hablado, y cuando consiguió entrar me agarró del cuello y me amenazó". El jugador en cuestión, que fue sancionado con casi 40 partidos de suspensión, era mayor de 30 años. Diez más que Gerard.
Es el peligro al que se exponen los jóvenes, que no tienen una limitación para arbitrar en categorías mayores o menores, sino que mediante una evaluación personal se determina si están preparados o no para dirigir partidos de un rango u otro. Desde la Real Federación de Fútbol de Madrid (RFFM), la medida establecida para que los árbitros menores de edad reciban una especie de 'trato especial' es una chapa que se pegan en el pecho con el logo de la entidad y una seña de '-18'. De cara a la temporada 2024/25, esta será sustituida por un brazalete negro y amarillo.
El peligro está en el césped, pero también en la grada
Estados de tensión como el que llevó a Gerard a tener que defenderse personalmente de aquel ataque físico se viven en todos los campos cada jornada. Mismamente, en el Municipal de La Chimenea la delegada de campo acostumbra a cerrar una de las puertas de acceso al estadio para evitar grandes aglomeraciones en días importantes y que el ambiente sea el menos bravo posible. Cuanto más público se junta mayor es el ruido, y más son los intercambios de 'palabras' entre aficiones y contra el árbitro. A veces, incluso se escapan de las manos.
Joxean Isidro recuerda cuando a él se le fue de las manos. En un partido entre el equipo en el que por entonces militaba su hijo, el CD Behobia (Irún, Guipúzcoa) y el Oiartzun KE, sufrió una confusión que lo persigue desde hace años. "Fue un partido raro, en el que el árbitro pitó cosas muy raras", relata. Justo al filo del final, con su equipo un tanto por encima en el marcador, les señalaron un penalti "cuestionable". La pena máxima terminó en gol y tras esa acción el partido finalizó.
Bajo la lluvia, el colegiado corrió hacia su vestuario para evitar protestas. En su camino, voló hacia él un paraguas proveniente de la grada, el de Joxean. "Vivíamos los partidos de manera muy intensa. Lo que ocurrió fue que al lanzarnos de manera tan efusiva a reclamarle se me escapó el paraguas. Como la grada tiene mucha altura parece que se lo lancé, porque cogió velocidad, pero para nada", cuenta. El lance quedó en una disculpa con la Federación Guipuzcoana de Fútbol por su parte y la del club, también con el árbitro del encuentro.
Al equipo le impusieron varios partidos de clausura del campo por aquel incidente, a él ninguno. Pero se tomó la 'justicia' por su propia mano: "Dejé de ir a algunos partidos porque en ocasiones no era sano. No hacía bien a los chicos con esos comportamientos. Ni yo ni ninguno de los padres".
Los padres, ¿culpables?
Como bien admite Joxean, a veces los campos juveniles, infantiles y alevines son ollas a presión. Existe una falta de concordancia entre las edades de los jugadores y la pasión que hay sobre sus partidos. Lo interpretan así y lo denuncian numerosas personas en redes sociales. Sin ir más lejos, hace unas semanas se hizo viral en X (antiguo Twitter) la publicación de la actriz y periodista Llum Barrera, que posteriormente atendió a Relevo: "Imagino que cada lunes puedes escribir un artículo de estos".
Estoy horrorizada con lo que hemos vivido hoy en un partido de fútbol infantil en Majadahonda: un padre y un hijo gritando subnormal e hijo de puta a cualquier chaval del equipo contrario. Pero lo más grave ha sido cuando han gritado que “yo a este cabrón lo mato y a su padre”…
— Llum Barrera (@Llumbarrera) April 21, 2024
Su publicación y posterior testimonio en Relevo revela el núcleo de la problemática: la grada. Los protagonistas del juego, los siete u once niños y niñas que disfrutan en el campo del deporte que aman practicar, se ven influidos por el aliento de las familias y los amigos que desde fuera del verde observan el encuentro y tratan de empujar a los suyos. Para Llum Barrera es algo "intrínseco" de este deporte, sin embargo, en muchas ocasiones ese extra que se trata de aportar desde fuera no tiene las intenciones correctas. Se traslada a lo personal e inevitablemente se transforma en violencia.
A finales de febrero en Huelva se pudo ver un perfecto ejemplo de ello. Aficionados de Bollullos y San Roque de Lepe se enzarzaron en una batalla campal. Tras el episodio no hubo clausura del estadio ni multas a clubes, solo un partido de suspensión a un futbolista que vio la tarjeta roja durante el encuentro.
Vergonzoso lo ocurrido en huelva en un partido de juveniles .
— Curro Sánchez (@CurroSanchez16) February 28, 2024
Ojalá se tomen medidas para que este tipo de gente dejen de manchar el deporte ! #noqueremosviolenciaenelfubtol pic.twitter.com/qpyjsz0lJV
Un asunto con mucha historia y psicología detrás
Por muy evidente que parezca después de analizar lo que ocurre cada sábado o domingo en campos de todas las partes de España, Rosana Llames explica a este medio el epicentro del fenómeno violento. Llames ejerció como psicóloga deportiva durante más de 30 años en clubes como el Sporting de Gijón, y junto con la de Jesús García Barrero, su labor está considerada clave en la selección española que triunfó en los Juegos Olímpicos de 1992. Su bagaje le permite explicar el cambio generacional que está detrás de todo y apuntar con su foco a un punto que no se está cumpliendo: "Todo el mundo trabaja la parte técnica, física y táctica, y nadie trabaja la psicológica".
"La sociedad se ha agresivizado. Antes se solucionaban estas cosas de manera verbal, ahora con violencia", cuenta. "La gente joven tiene un gran nivel de frustración y no asumen el fracaso, el error. Les enseñan que tienen que ser perfectos, tienen que ser los mejores", analiza Rosana a los futbolistas jóvenes de ahora, que interpreta que han dejado de ver el fútbol como una "actividad lúdica" para que esta pase a ser "una cosa en la que te juegas el honor y la vida".
"Ahora los padres piden permiso en el trabajo para ir a ver una competición amistosa de los niños"
Piscóloga deportivaY ese cambio de chip no solo se ha producido en los jugadores. También en los padres: "Yo practiqué gimnasia durante años y antes no venían a nuestras competiciones, nos íbamos solos con la entrenadora, era una cosa nuestra. Ahora todos los padres piden permiso en el trabajo para ir a ver una competición amistosa de los niños". Por consiguiente, el esfuerzo y atención que las familias ponen de por medio interfiere en su percepción de la actividad. "Se convierte en una actividad importantísima para el niño, porque la familia se moviliza por ellos, llegan a ir ocho personas por cada uno", por lo que "su nivel emocional y de activación es altísimo".
Por si fuera poco, existe otro nuevo aliciente que aumenta la competitividad. Y no está en las casas, ni siquiera en los propios clubes. Está en los despachos. Rosana Llames destapa un entramado que puede parecer obvio, que no está totalmente oculto, pero en el que nadie cae al buscar los culpables de los problemas de este deporte: "El fútbol base se está profesionalizando. Ahora hay representantes que llegan donde los niños y sus familias con contratos que parecen de profesionales". Esto hace que además de que los propios chicos sientan "demasiada presión en sus hombros" jugadores rivales e incluso compañeros puedan actuar desde la envidia a "algo que ellos no tienen y quieren". Y, por supuesto, "esto no hay quien lo pare, va a ir a más".
Y parece lógico, porque los Gavi, Lamine Yamal o Pau Cubarsí que hoy en día debutan con apenas 16 años en los primeros equipos de grandes clubes no aparecen por arte de magia, no se forjan en dos días, como quien dice. Se sabe que solo los mejores, los más talentosos, logran el objetivo profesional y eso implica que "como ellos puede haber 1.000 o 10.000". Si no es quedarse corto con las cifras.
Aún así, está claro que, por norma general, toda esa presión no siempre se genera de una forma intencional: "Los padres no son conscientes de lo que hacen, creen que hacen lo mejor, pero a veces tienes que ponerles el espejo delante". Rosana Llames pone un ejemplo muy sencillo que puede dar luz a cómo los padres y, sobre todo, los entrenadores sí pueden educar a través del fútbol a sus hijos e hijas de una manera positiva. "Se tienen que enseñar unos valores, tanto que se habla últimamente de ellos. Pero no se enseñan como la geografía o las matemáticas, se trabajan a través de los entrenadores en el día a día".
"La educación está en el colegio y en casa"
Psicóloga deportivaTal como considera Rosana, "la educación está en el colegio y en casa". Y a veces esa enseñanza en el hogar puede llegar a ser difícil de gestionar. Emilio Martín, fisioterapeuta deportivo, lidia y trabaja a diario con gente relacionada con distintos ámbitos del deporte. También lo hizo durante más de una década con su hijo, que practicó fútbol hasta la pandemia de la Covid-19, y con el que las charlas sobre su presente y futuro en el césped eran recurrentes.
"Me sentaba con él a comer y le decía: 'Hoy podríais haber ganado'. Solo me contestaba con un: 'Ya'". Emilio cuenta que su hijo siempre fue conformista, que también lo es ahora, "le basta con encontrar un trabajo y estar cómodo, no aspira a avanzar como jefe", y que de esa misma manera fue en el fútbol toda su vida.
"Como padre, sé que mi hijo podría haber llegado a más. Pero tenía más presión de la que merecía, era él quien no quería"
Padre"Como padre me da pena, porque sé que podría haber llegado a más, todos se lo decían", explica sobre la visión externa que todos tenían sobre su hijo. De hecho, esa profesionalización que visibiliza Llames la vivieron en cierto modo: "Una vez, los dos entrenadores del equipo vinieron a casa para hablar con mi mujer y conmigo, porque ellos creían que podía avanzar, creían en él. Era él quien parecía que no quería". Sin embargo, Emilio entendió que no era su guerra y nadie, ni mucho menos él, le puso a su hijo "más presión de la que merecía".
Nunca faltará el racismo
Por supuesto, el que también está presente en los campos menores de nuestro país es el racismo. Vinicius, Diakhaby, Peter Federico o Cheikh Sarr son unos de tantos ejemplos visibilizados en los medios de comunicación alrededor de esta lacra que recorre los estadios. En el fútbol base no hay tantos focos puestos sobre sus casos. Hace pocas semanas se hizo pública la repetición de unos lamentables incidentes en Salamanca, con los dos mismos equipos de por medio que en la anterior ocasión, en un intercambio de insultos racistas desde la grada a jugadores del equipo contrario: "Negro, moreno, gitano…".
Y es también una cuestión reincidente. Precisamente el equipo agresor de uno de los episodios más castigados de la historia del fútbol base madrileño, el Olímpico de Parla, lo sufre cada semana. Lo cuenta a este medio su presidente, Abdel Ouardi: "Nuestros jugadores son de origen árabe y africano, y hasta en el partido de aquellos incidentes mis jugadores recibieron insultos racistas por parte de aficionados y algunos jugadores. Y eso no aparece en el acta". Denuncia que en repetidas ocasiones han acudido a la Federación para quejarse, y la respuesta siempre fue la misma: sin pruebas no hay represalias. "¿Acaso las actitudes racistas no son violencia?".
La propia RFFM considera en el artículo 19.1-q de su Reglamento Disciplinario y Competicional como "muy graves" los actos racistas, xenófobos, homófobos… También los 'actos de agresión' en general (19.1-o) y, cómo no, 'los comportamientos, actitudes o gestos agresivos o antideportivos de jugadores cuando se dirijan al árbitro, a otros jugadores o al público' (19.1-c).
Las sanciones aplicables en casos como estos, recogidas en el artículo 22.1 del mismo reglamento, oscilan en su contundencia. Desde la pérdida de puntos del partido, pasando por distintas cantidades de partidos de suspensión, hasta descensos de categoría y la cancelación del derecho federativo. Todo depende de la gravedad del episodio.
Para el Secretario Técnico de Árbitros de la federación madrileña, Enrique Ortiz, ese filtro no puede existir, ya que para él la violencia verbal y física no tiene cabida en el deporte. "Las sanciones, de hecho, me parecen demasiado leves. Para mí, alguien que agrede a un árbitro no merece formar parte de este ni ningún deporte, sea cual sea la edad".