El apasionado Sergio Ramos elige una fría despedida... y una puerta abierta para el futuro

Del calor de más de 20.000 sevillistas en el Ramón Sánchez-Pizjuán que recibieron a Sergio Ramos, en un día repleto de emociones, al frío adiós en la sala de prensa. Sólo han pasado nueve meses de aquella tarde de septiembre en la que el camero aseguró que volvía a casa, a su Sevilla, para levantar títulos, con una afición que lo perdonó al instante, para ahora lanzar motivos difusos que justifican su despedida. Ramos no fue ni Fernando ni Ivan Rakitic, que se marcharon a mitad de temporada, pero tampoco su despedida sirve para dejar huella en la historia.
El hijo pródigo que volvió a Nervión para ganarse el perdón de los suyos se marcha con los objetivos a medias. Muchos de los que se hicieron adeptos son ahora nuevamente sus críticos, con un cariño tan efímero como su número de partidos en el Sevilla. Ese animal competitivo que siempre fue seguro que en sus entrañas no se conforma con esta temporada de sufrimiento y agonías, por más que ahora señala que él supo en septiembre las dificultades por las que atravesaba la entidad de Nervión. Esa postrera reflexión no apareció ni a su llegada ni en esos inicios con José Luis Mendilibar, cuando el camero consideraba que el Sevilla debía tener un estilo distinto que luego, con la salida del vasco, tampoco apareció.
Nadie puede dudar de su compromiso en los malos momentos, a los que él también contribuyó para que surgieran como miembro destacado de la plantilla. Su personalidad y liderazgo fueron aprovechados por Quique Sánchez Flores para taponar las vías de agua de un vestuario donde no todos siempre remaron en la misma dirección. "Me voy con la conciencia tranquila", repitió el camero en varios momentos de su despedida, tras asegurar que sólo existen motivos personales y familiares en su decisión de no continuar en el Sevilla.
Pero para este viaje no se necesitaban tantas alforjas, pensará más de un sevillista. Cumplir con esos objetivos personales que él apuntó como motivos de su llegada no parecen suficiente para justificar su adiós. Si el dinero tampoco fue nunca un problema, su decisión sigue envuelta en una nebulosa. Lo políticamente correcto se impuso en este capítulo de la carrera de Ramos, quizá ya cansado de enarbolar esa bandera de la exigencia que siempre lo rodeó. Dejarse una puerta abierta para el futuro justificaría ese mensaje, aunque el sevillismo se quedase con ganas de escuchar todo lo que ha pasado por su cabeza en estos últimos meses.
El Sevilla, mientras, sale esta vez indemne del adiós de otro de sus capitanes, al menos en este momento. Las polémicas de anteriores despedidas no se han repetido con Ramos, que asumió tanto la decisión de marcharse como aceptó como firme esa propuesta que el ahora presidente, Del Nido Carrasco, le hizo en noviembre para un contrato vitalicio. Superada la fría despedida del camero, al club de Nervión le sigue tocando continuar con esa obligada regeneración en la plantilla. Sin el liderazgo de Ramos, pero con el aprendizaje de lo que ha supuesto una durísima temporada. Y con Víctor Orta, el director deportivo que no apostó por el camero ni por Mendilibar, como la cabeza visible de este nuevo proyecto en ciernes.