Emilio Butragueño, el apóstol del madridismo que pasa más de 100 días al año fuera de casa: "Me gustaría ser invisible"
En sus 35 años en el club ha pasado por múltiples cargos y en todos ha recogido el respeto y la admiración, hasta convertirse en el gran embajador de la entidad.

"Enrique, por qué no haces un perfil extenso de Emilio Butragueño. Se ha convertido en una de los grandes imágenes del madridismo y tú le conoces bien...". Sí, claro y por aquello de que le conozco bien, desde el primer momento fui consciente de la dificultad que engendraría resumir en un artículo, por largo que fuera, las andanzas de un ser, que quizás no sea superior, como él dijo sobre Florentino Pérez, pero que en sus 35 años en el Real Madrid se ha mostrado y se muestra tan activo y prolífico en su día a día que podría alardear, que no lo hace, de pasar más de 100 jornadas, casi siempre con sus correspondientes noches, fuera de casa en pos de su gran misión de universalizar el madridismo.
Viajes de la Champions, de la Liga, de la Copa, de la Supercopa, de la Fundación, de su representación institucional: entregas de premios, funerales, entierros... partidos con los veteranos, ahora llamados 'legends'. ¿Hay quién dé más? De arranque, uno no sabe bien por dónde se puede comenzar. Estamos ante de uno de esos tipos que se atreve con todo lo que se le ponga por delante, -menos ser entrenador-, y que vive por y para el Real Madrid. Un multiusos. Un parto bien aprovechado, aunque suene a definición antigua del siglo pasado. Un verdadero hombre orquesta para el club que le vio crecer y al que no ha sido capaz de decir nunca que no a nada. El madridismo, también, es él. De sus 60 años, suma 35 de antigüedad entre la Ciudad Deportiva, las dos, la de La Castellana y la ya denominada Florentino Pérez y el Santiago Bernabéu, también los dos el de toda la vida y el galáctico que se nos avecina.
"La tarde de su debut en Cádiz le hice internacional. Me tiró dos veces y me hizo dos goles. Era pequeñito, pecoso, poca cosa, pero me la lio"
Cuando en un encuentro medio casual, le digo que estoy en pleno proceso de repaso intensivo de su vida para hacer realidad el perfil requerido, casi sale corriendo. Debió pensar que le iba a pedir ayuda en forma de entrevista y con esa delicadeza y educación que le caracteriza me soltó un regate que me dejó seco en el sitio. "A mí, compañero, lo que me gustaría es ser invisible". Tal cual. Como para preguntarle algo más. Emilio en estado puro.

Había que apuntar en otras direcciones. Preguntar a los que han convivido con él, en algún momento de su vida. Por lo que al artículo se refiere comenzar por orden un cronológico casi nunca falla. Además, organiza al lector. Entonces nada mejor que empezar por el niño a quien su padre, Don Emilio, hizo socio del Real Madrid al día siguiente de nacer, es decir el 23 de julio de 1963. El mismo que reconoce que aprendió a regatear en el pasillo de su casa de Narváez driblando una y otra vez a su perrita "Mery". Tan bien comenzó a dársele eso del regate y el remate que empezó a destacar entre los chicos del colegio Calasancio. Su problema, bendito problema, era que también acertaba con la canasta y votaba el balón como un auténtico 'globetrotter'. Durante dos años, hasta los 13, entró el oscuro mundo de la duda. Triunfó el fútbol. Y como no podía ser de otra manera el padre de la criatura pensó que el mejor lugar para mostrar sus habilidades no era otro que su Real Madrid.
Sabido es que no aprobó a la primera su examen de reválida en la Ciudad Deportiva. Tuvo que esperar a una segunda oportunidad. Por medio hubo un serio escarceo con el Atlético que sí intuyó el vuelo del chaval en la primera cita y le prometió una proyección rápida. Con un rotundo "pero cómo va a jugar tu hijo en el Atlético", Juan Felipe, el dueño del restaurante 'El Tulipán', enfrente de su colegio y con un hijo en el Castilla, Juanito, convenció a Don Emilio de que no podía rendirse y había que volver a probar en la 'Casablanca'. Él mismo se encargaría de arreglar una segunda prueba. Dicho y hecho. El niño volvió, superó la prueba y estaba a punto de convertirse en el 'Buitre'.

En el Tercera le cae el mote de 'Buitre'
Fue en el equipo de Tercera, el Real Madrid C, donde aterrizó por edad y cualidades. Y el nuevo apelativo se lo puso, según cuenta la leyenda de aquel grupo, el capitán del equipo, Martín Madrazo, aunque él tantos años después no lo recuerde con exactitud. La realidad era que el vestuario en sí consideraba que Butragueño era una apellido muy largo para pedirle el balón durante los partidos y los entrenamientos. Se comenzó con 'Butra' y como no sonaba bien, acabó en 'Buitre'.
Pedro Gálvez, miembro de aquella plantilla, recuerda el momento. "Cuando le vi por primera vez en el vestuario con el pelo casi al raso y su traje azul del Ministerio del Aire, pensé que era uno de esos militares que los equipos se intercambiaban para que en época de servicio militar pudieran entrenarse. No pensé que era uno más de la plantilla. A los partidos siempre venía con su padre. Era timidillo, poco hablador. Hablaba en el campo. Nos duró poco. A los 12 ó 13 partidos voló. Sí, sí pudiera ser que fuera Martín Madrazo quien le pusiera el mote, siempre estaba de guasa. Román y Pombo recuerdan algo. Era más bajito que nosotros, pero tenía una gran agilidad con el balón. Cuando cumplió los 18 se compró una vespino y un día Di Stéfano le pilló y le dijo que no podía montar en moto... Le dijo que la dejaría, pero siguió con ella. Tenía que venir desde el cuartel de Cuatro Vientos y un día por La Castellana don Alfredo le volvió a pillar... No sé cómo quedaría la cosa".

Y, curiosidades de la vida, fue Di Stéfano quien le hizo debutar en Primera con la camiseta del Real Madrid en el Ramón de Carranza, de Cádiz, el 5 de febrero de 1984 con un lacónico, "nene, calentá". Esa tarde el portero del equipo rival era Andoni Cedrún, hijo del legendario Carmelo Cedrún, guardameta del Athletic de los 50 y 60. Con sorna y buena memoria, Andoni recrea el momento. "Estábamos haciendo el partido perfecto, ganábamos 2-0 y apareció él. Pequeñito, pecoso, poca cosa y me la lio. Tiró dos veces y me hizo dos goles, el primero y el tercero. Perdimos 2-3. Desde aquel día todos mis compañeros me decían que le había hecho internacional antes de serlo. Tampoco es que hiciera un gran partido, porque entró sobre la marcha, pero dejó detalles de pillo, de listo, de esos delanteros que te rapiñan el balón. A partir de ese día le comencé a seguir. Me gustaba saber qué hacía. Además, se convirtió en un fenómeno mediático. Era imposible no seguirle. Estaba todos los días en los medios de comunicación".
Ya subido en el centro del escenario, es obligatorio seguir la historia por el Butragueño-futbolista. Un genialoide de pausa en el área y regate en una baldosa de césped. Hizo propio un estilo de delantero sutil, liviano, de espacios reducidos que, además, en sus ratos libres, estudiaba Económicas y llevaba los libros al vestuario o a los hoteles de concentración con una naturalidad asombrosa, como quien llevaba una baraja de cartas. Metidos en faena, el siguiente paso será centrar al Butragueño-humanoide que, junto a sus compañeros de la Quinta, nombre con el que les bautizó Julio César Iglesias, se convirtió en un auténtico fenómeno social en una España que, allá por los años 80, quería despertar a golpes de la Movida madrileña. Butragueño, Míchel, Martín Vázquez, Sanchís y Pardeza eran los 'Beatles' españoles. No cantaban, pero interpretaban el fútbol como nunca se había visto en este país.

'Oa, oa, oa, Butragueño a La Moncloa'
Aquella fue también la época del Butragueño-candidato político. El 18 de junio de 1986 fue aclamado en La Cibeles, a cuatro días de unas elecciones generales, al grito de "oa, oa, oa, Butragueño a La Moncloa" o con aquel rotundo "Se siente, se siente, Butragueño presidente". Vino a cuento tal manifestación espontánea porque esa tarde mexicana de Querétaro, al Buitre, ya su apodo definitivo, se le ocurrió hacer cuatro goles en unos octavos de final de un Mundial y nada menos que contra Dinamarca, la dinamita roja de los Michael Laudrup, Larsen, Lerby, Olsen, dos por falta de uno, Molby...
Con el tiempo explicó con estas palabras aquellos momentos en los que, sin pretenderlo, se sintió un auténtico fenómeno social. "Vivíamos una época de ebullición y, dentro de esa ensoñación general, formamos parte de ese río. Aquella España era una España muy creativa, que quería crecer y ser protagonista y a nosotros, al estar ahí, se nos identificó con ese periodo. Éramos un soplo de aire fresco, un equipo muy técnico que rompía con lo que había antes. Y lo realmente mágico era que veníamos todos de Madrid por lo que el grado de identificación era altísimo".
Consagrado desde entonces a nivel nacional e internacional, codiciado por el fútbol italiano, que era entonces el que tenía el poder de convertir las liras en dólares, hay que seguir con el Butragueño en pleno esplendor y acaparador de trofeos. A falta de la Copa de Europa, que se le resistió bien a su pesar, seis Ligas, dos Copas de la UEFA, aquellas de las remontadas históricas, dos Copas, cuatro Supercopas. una Copa de la Liga a nivel colectivo y dos Trofeos Bravos (1985 y 86), que reconocían al mejor futbolista europeo joven, y dos Balones de Bronce (1986 y 87) a título individual.

No contento con su prematura jubilación futbolística en el Real Madrid, llegamos al Butragueño-aventurero. Se fue a México, a Celaya, a concluir su carrera balompédica y los estudios y acabó siendo el 'Caballero de la Cancha'. "Aquellos tres años fueron los más maravillosos de mi vida", proclamó siempre Emilio que, ya retirado, no regresó a España y para completar su carrera universitaria, se quedó un año en Los Ángeles para sacarse un Master en gestión de entidades deportivas por la Universidad de California, mientras que conocía desde dentro el funcionamiento de uno de los clubes más prestigiosos de la Liga de beisbol, Los Ángeles Dodgers. "Todas las mañanas, durante un trimestre, me las pasé en el club, recorrí todos los departamentos, hasta el de acreditaciones e hice hasta una pretemporada con ellos. Cuando llegó la hora de la despedida me hicieron una fiesta y me regalaron una pelota de beisbol de cristal de Tiffanys con el logo del club".
"En el CSD se integró como uno más. Jugaba al fútbol y al baloncesto, organizaba los equipos y solo comía arroz integral. Todos acabamos comiendo lo mismo"
Agosto de 1999. Decide volver la patria y casi sin darse cuenta, se convirtió en el asesor de Francisco Villar, presidente del Consejo Superior de Deportes con el PP en el poder. Algunos aprovecharon la ocasión para convenir que reunía todos los ingredientes para convertirse en un candidato a la política... Cuando realmente lo que él quería era volver algún día al Real Madrid y mucho se cuidó que se le pudiera emparejar con ningún partido. En ese paso por el CSD, lo que pretendía era conocer cómo era el trabajo en la Administración Pública. Una experiencia desconocida para él,
Luis Lucio Villegas, 19 años jefe de Prensa del CSD, trabajó codo con codo con Butragueño y guarda situaciones entrañables. "Mes arriba, mes abajo estaría dos años en el Consejo y se ganó a sus compañeros desde el primer día. Era todo educación, amabilidad. Se apoyó en su secretaria Conchita Millán para ir conociendo la casa. Era uno más. No se comportaba como la estrella que había sido. Dejó huella por su humanidad. Se integró tanto que jugaba con los empleados al fútbol, los martes y los jueves, y al baloncesto, los lunes y los viernes. La canasta se le daba muy bien. Jugaba de base. Sorprendía. En el fútbol era el organizador del equipo. Nos decía dónde nos teníamos que poner cada uno. Tranquilos que si estáis donde os digo el balón os llegará... y nos llegaba. Se lo tomaba muy en serio. Salvo que tuviera un viaje, que viajaba mucho, no fallaba nunca en los entrenamientos. Jugó con nosotros hasta un campeonato externo de fútbol sala".
La anécdota mejor guardada es la del arroz integral. "Las primeras semanas se traía el arroz integral de casa y comía con todos nosotros en el comedor, pero él solo su arroz integral con aceite. Después consiguió que el arroz se quedara ya en la cocina y se lo sirvieran. Al final, acabamos todos comiendo arroz integral. Recuerdo que nos llamaba de usted para todo... Era muy divertido, aunque pueda parecer lo contrario". Butragueño entonces tenía 36 años y sueldo de subdirector general de la Administración.

El Real Madrid, por fin, volvió a llamar a su puerta. Enero de 2001. Fue Jorge Valdano. El mismo que le había jubilado como futbolista. Era el momento de plasmar y aportar en los despachos del club todo su aprendizaje desde que había salido cinco años antes. Adjunto a la dirección deportiva. A los tres años le quitaron la etiqueta de adjunto para ser el máximo responsable del cargo con categoría de vicepresidente. Quizás fue donde más le costó sentirse cómodo. Como decía uno de sus compañero de fatigas "era y es demasiado buena persona para negociar con los intermediarios y con los otros buitres, no como él, que había en los otros clubes, gente que se cree que el Real Madrid tiene un saco de dinero para regalar. A veces daba la sensación de que sufría, que no se sentía cómodo regateando precios y condiciones, pero la defensa de los intereses del Real Madrid estaba por encima de todo".
"El Real Madrid no podría encontrar otro ejecutivo para su actual cargo de relaciones institucionales. Ningún club del mundo tiene 'otro' Butragueño. Es el mejor. Tiene don de gentes. Categoría. Sabe de fútbol..."
Se marchó cuando se fue Florentino Pérez y volvió cuando regresó el 'ser superior'. Su puesto actual, director de Relaciones Institucionales y director general de la Escuela de estudios universitarios Real Madrid-Universidad Europea. Pura tarjeta de visita porque Emilio, en realidad, ejerce de todo. De portavoz, de conferenciante, de embajador plenipotenciario. Juega con los veteranos. Viaja siempre con el primer equipo. A todos los partidos de Champions, de Liga, de Copa, de Supercopa, la pretemporada. Y en los ratos libres, siempre está a disposición de la Fundación para viajar a cualquier rincón del mundo o lo que sea menester. Le da lo mismo la inauguración de una Escuela en Singapur que una entrega de premios en París o un funeral en Manchester, el último esta semana, el de Bobby Charlton.

Ramón Martínez le conoció, primero, cuando todavía era jugador y llegó al club fichado por Mendoza. Después, ya con Florentino, en su segunda etapa, fue su adjunto cuando Emilio era el director deportivo y juntos han trabajado hasta que Ramón se jubiló hace unos meses. "Nos pasábamos el día juntos. Trajo a Sacchi de director de fútbol. Su puesto actual creo que es perfecto para él. Es un fenómeno. Emilio es la persona ideal para ocupar el cargo que ahora ocupa en el Real Madrid. No hay ningún club en el mundo que tenga un hombre como él, con sus conocimientos, en un puesto tan estratégico. Busquen. No lo hay. Tiene don de gente, categoría. Es un trabajo que le viene al dedo. Es la simbiosis perfecta. Su eficacia es máxima. No se queja nunca. Además, sabe de fútbol. Le gusta. Reflexiona. Sus opiniones, así, sin darse importancia, siempre son acertadas. Conoce. Es muy sensato. No dice tonterías. Tiene una memoria privilegiada. Se acuerda de todo, absolutamente de todo. Es de esas personas que se hacen imprescindibles e indispensable en el club".
Buen lector, se atreve a citar a Benedetti. "Es muy fácil ser humilde cuando se es famoso". Amante y coleccionista de obras de arte. De futbolista ya hizo sus ahorros con la compra y venta de plazas de garaje. Empedernido viajero. De los que en 24 horas va y viene de un continente a otro. Se sube al avión, se pone el pijama, se toma una pastillita y se duerme. Enemigo del teléfono móvil, se resistió a tenerlo, y también del reloj. Especialito para la comida. Más de verde que de carnes, aunque no hace ascos a una fuente de jamón del bueno. Se mantiene en su peso. Hacía yoga cuando en España no se practicaba y la carrera continua le mantiene lozano y en forma.
En su infancia idolatró a Cruyff y a Joan Manuel Serrat. En Los Ángeles se hizo de los Lakers sin verles jugar un partido en directo. La culpa la tenía Magic Johnson. También es de los San Francisco 49ers por Joe Montana. Intenta llevar la naturalidad por montera. Su agenda telefónica tiene un valor incalculable. Se codea con los grandes clubes y con los grandes futbolistas de la historia. Para él, Beckenbauer es Franz, Platini, Michel y Maldini es Paolo. Casi 30 años después de dejar de vestirse de corto no puede pasear por la calle sin que le paren prójimos de distintas generaciones. Siempre habrá una sonrisa para ellos.

Cuando Diario 16 publicó una foto suya de un partido contra el Espanyol en 1986, con el pene fuera del pantalón, por sus palabras, no pareció inmutarse más allá de lo normal "En algunos medios que la reprodujeron creo que la retocaron un poco. Estoy seguro de que el fotógrafo la sacó porque era una jugada de peligro en la que me hicieron penalti. El defensa me tiró del pantalón. No sé cómo pudo pasar porque llevaba slip. No era una foto estética, pero sí llamativa, diferente, quizá comercial. Yo no la hubiese publicado y tampoco creo que dañase mi imagen. No consideré que con su publicación quisieran herirme o dañarme. Puede ser que yo fuera demasiado cándido..."
En las distancias cortas, como con su regate cuando era jugador, Butragueño engaña. Cuando deja de ser el portavoz de los partidos, donde tiene que ejercer de madridista confeso, su conversación derrocha ingenio. De verdad. Se explica bien. Es dueño de sus silencios, pero también de su frases rotundas y sonoras, fruto de su preparación educacional y académica. Su mundo no se acaba en aquella definición de 'ser superior'con la que se refirió a Florentino Pérez, que tantas chanzas le costó y de la que nunca reniega. "Dije que era un ser superior porque para mi, en el mundo del fútbol y de la empresa, ha tenido una visión de futuro que ningún otro me ha demostrado tener".

Un repaso por su baúl de sentencias sirve para medir su profunda personalidad.
"La vida es demasiado importante como para distraerla con tonterías. Todos venimos con una misión a este mundo. Hay una serie de circunstancias incontrolables que deciden nuestro futuro. Yo creo en el destino, o en Dios, llámelo como quiera".
"El fútbol me ha enseñado a ser competitivo; a ser consciente de que necesitamos de los demás para conseguir resultados y a que no hay que dejar de aprender todos los días".
"Vivimos en una sociedad que nos educa para ganar pero no para perder. Hay un apego a la felicidad que trae el halago del éxito y un gran rechazo hacia el fracaso, y esto en el fútbol se manifiesta de manera extrema: si el equipo pierde un partido muy importante, al día siguiente te aniquilan; en cambio, haciendo el mismo rendimiento, si ganas, es todo lo contrario. Conclusión: tanto en la victoria como en la derrota hay algo de mentira".
"Lo más difícil de gestionar en el fútbol es la derrota. El componente emocional es muy grande y con la derrota a la gente le entran muchas dudas".
"El Real Madrid representa una filosofía de vida, una actitud existencial. Yo crecí escuchando cosas importantísimas del club. El Madrid era sinónimo de caballerosidad, categoría, saber ganar, saber perder...que ser miembro del Real Madrid, ya como jugador, como entrenador o como directivo, entraña una gran responsabilidad social".
El perfil pedido queda, más o menos, escrito. Realmente lo que Butragueño tiene es un libro de memorias. La suya es prodigiosa.