OPINIÓN

Gavi no sabe mentir

Gavi saluda a Montjuïc en su vuelta al fútbol. /EFE
Gavi saluda a Montjuïc en su vuelta al fútbol. EFE

Y de repente Montjuïc se convirtió en un espacio sagrado en el que más de 40.000 personas asistieron a uno de aquellos momentos que embellecen con el paso del tiempo, que sirven de punto neurálgico, de marcafechas de aquí hasta que uno muera. "Yo estuve cuando Gavi volvió", dirán los afortunados de disfrutar del regreso del andaluz. Regreso por decir algo, porque si algo es este Barça por encima de todo es un tributo en vida a quien ha vuelto hoy, una forma de decirle que a Gavi se le espera siguiéndole el ritmo, no sea que cuando vuelva sea el resto quien no pueda seguirle los pasos. Su entrada al campo, con Pedri cediéndole el brazalete, explica que si Dios existe, por lo menos hoy, ha demostrado ser culer.

Lo de hoy no era un partido, sino una espera. No importaba la peli que se diese en el cine sino los créditos, espacio en el que todos esperábamos ver, en mayúsculas y fluorescente, las cuatro letras que el culer se ha tatuado dentro para no olvidar quién era el protagonista: Gavi. Todo era un preámbulo, una excusa para el acontecimiento de la noche, del año, qué digo, de la década y el siglo. Hoy a Gavi se le mide así, porque su presencia es tan grande como el vacío que dejó hace un año, uno inalcanzable allí cuanto mirábamos. En cierta medida, su ausencia fue necesaria para comprobar físicamente por qué un chaval de 19 años era ya el pilar de la casa que aspiraba a palacio. Quedarse sin Gavi fue perder el tejado y el coche a la vez. Ahora uno ya puede volver a casa.

En Gavi todo es transparencia. Es la típica persona a la que si se le exigiese mentir te miraría con el ceño fruncido, extrañado de que alguien ni siquiera plantee esa opción. Él no sabe hacerlo. Lo suyo es golpearte con verdades, y así se lo hace notar el público, que ha celebrado su calentamiento como si saliese Leo Messi en 2013, porque se ve en Gavi a un capitán prematuro, un niño que en su primer gran premio preguntó con naturalidad si podía gritar "Visca el Barça" al final del discurso. Ver a Gavi jugar es, en realidad, ver una versión proyectada de nosotros, con infinito talento, en el campo. Lo queremos porque entiende este deporte de la forma en la que nos han enseñado que merece la pena.

Y en un parto, que fue el de Gavi, el Barça se ha abonado a las autopsias. Solo así, de una forma escatológica, se entiende su gusto por abrir a los rivales por la mitad antes de la hora del vermú, una costumbre que ha repetido durante tres partidos seguidos por primera vez en su historia: nunca se había ido ganando 3-0 al descanso hasta que Flick, con medio equipo lesionado, lo ha logrado. El alemán no conoce los histrionismos y se refugia en el canibalismo táctico, exprimiendo cada centímetro del campo con agresividad, como si le fuese la vida en ello. Seguramente este sea el equipo que Gavi, durante su lesión, imaginó. Y Hansi Flick, que es generoso, le ha entregado la versión soñada al canterano, como prueba de la fe que le tiene al andaluz.

En un gran partido de fútbol lo que menos importó fue el fútbol, que a la vez fue lo que nos unió a todos a esperar el Acontecimiento. Costaba tanto imaginar a Gavi lesionado, abatido en un silencio espeso, que verlo de vuelta con la misma intensidad, mordiendo en la primera jugada, protegiendo a su compañero en la segunda y forzando una en la tercera, nos pareció extraño, como si el tiempo se hubiese comprimido. Gavi, en el fondo, tiene el poder de conectar el tiempo a su antojo. Y eso está solo al alcance de los futbolistas especiales.