OPINIÓN

El Girona contra la normalidad del campeón

Míchel celebra el triunfo del Girona ante el Valencia. /AFP
Míchel celebra el triunfo del Girona ante el Valencia. AFP

El Girona de Míchel molaría muchísimo más si no fuese el Girona de Míchel. Ya nos entendemos. Molaría más si se llamase Girontown y su técnico fuese un erudito futbolero nacido en la Toscana. El mérito del Girona es precisamente lograr que se hable de sus logros y de su juego únicamente por su fútbol, sin ningún condimento que le dé autoridad. En un deporte en el que muchas veces los bordes importan más que el centro, los de Michel reivindican el juego como herramienta de validación y reconocimiento.

Lo normal en el fútbol es no ganar. Hasta Messi, el mejor de siempre, perdió muchísimas veces. Lo normal para el Girona, un club que ha probado el barro del fútbol más bajo y se ha quedado muchas veces enganchado a la valla de la Segunda División, sería no ganar. No hacerlo casi nunca. Pero este año lo hacen casi siempre, y además lo merecen, que es como ganar un debate no por el hartazgo del oponente, sino por tus argumentos, anulando cualquier respuesta posible. El Girona de Míchel no es un equipo, es un estado de ánimo que todo el mundo quiere sentir.

Los de Baraja, sumidos en un terremoto institucional tan largo y ancho que anula cualquier atisbo de análisis, son un equipo que juega como no debería. No dudan, no tiritan, no hay nada que señale lo que les rodea. Son un grupo de jugadores jovencísimos a los que les ha tocado salvar al club, y traducen esta responsabilidad en un sufrimiento compartido: juegan sufriendo y hacen notarlo al rival. Ante el Girona, que en casa tiende a atropellar a sus rivales, aguantaron cada envite de forma estoica, sin parpadear, defendiendo con una experiencia que no tienen y parecen haber hurtado a algún rival. Pero ante este Girona no hay experiencia robada que valga.

Ir a Motilivi es un acontecimiento, porque uno asoma la cabeza a un espacio que no parece pertenecer a la élite de LaLiga. El aficionado gironí no se ha acostumbrado a lo que es ya una rutina, y disfruta de esto como lo que es en realidad: un acontecimiento. Ante un Valencia que no dejó espacio para que los tres atacantes se luciesen, cerrando zonas de acción y expulsando, con tremenda agresividad, a los mejores de sus mejores sitios, Míchel agitó el árbol hasta que cayó toda la fruta. Cambió a Sávio de perfil para torturar al bisoño Yarek, situó a Tsygankov de interior, metió a Stuani y Portu, vestigios de un pasado reciente, y el Girona ganó, como si solo pudiese ganar. Cayeron dos en apenas unos segundos, pudieron ser tres. Da igual.

El Girona no debería haber ganado porque la historia así nos lo dice. Con el Barça aguardando, el cansancio golpeando y un Valencia bien plantado, el Girona respondió como lo que es aunque no lo logre: un equipo campeón. Lo ganó Stuani, que recuerda al glamour que la historia siempre pesa, y lo permitió Michel, que demuestra que no hay entrenador que mejore más los partidos y a los suyos en todo el ámbito nacional.