OPINIÓN

Laporta ha conseguido que Xavi dé hasta pena

Laporta se saluda con Xavi hace un mes./REUTERS
Laporta se saluda con Xavi hace un mes. REUTERS

Pasaban los días y Xavi seguía (y sigue) preparando (?) el último partido de la temporada, una visita al Pizjuán donde se encontrará con el Sevilla, dos equipos de alma triste y futuro desasosegante. Mientras, propios y extraños asistían en directo al veredicto del entrenador, el mismo que hace unas semanas se miró a los ojos con Laporta para jurarse amor una temporada más. Amor líquido, de usar y tirar, como ha hecho el presidente con un Xavi al que el club ha y está maltratando, con el agravante de lo que sabemos todos y verbaliza su entorno: "Es que es una leyenda".

Laporta ha conseguido que Xavi dé hasta pena. Que genere un sentimiento de lástima incluso en el enemigo. Es sencillo imaginarse a una leyenda del propio club puesta en un brete de tal calibre, sin respeto por el profesional ni por el mito, y empatizar. Nunca fue Xavi una figura de consenso, por mucho que su fútbol tejiera a la mejor selección que vimos y veremos. Su discurso como futbolista, absolutista y excluyente, enervó a buena parte de la afición no barcelonista. Y ya como entrenador, su comportamiento ahondó en ese perfil. Excusas, cero autocrítica, "fuimos superiores a Madrid y Girona" y aquí paramos para no convertir estas líneas en una compilación de todo lo que no debe decir el entrenador de este Barça. "Se ha convertido en meme", se escucha de seguido en las conversaciones del negocio.

Su política de comunicación ha sido un desastre, a pesar de que precisamente contrató el pasado verano a un periodista para que le ayudara en este terreno. Le faltó elevarse y templar, aplicar la inteligencia con la que jugaba. Porque al fútbol se jugaba cuándo y cómo él quería. Todo lo contrario que en sala de prensa, donde ha sido más Gattuso, yendo a todas, sin medir ni contemporizar, saliendo escaldado demasiadas veces, muchas más de las que se podía permitir.

El caso es que más allá de su ejercicio como entrenador, que es discutible y criticable, lo sucedido desde Almería supone un ataque, y hasta una ofensa, para una figura de su trascendencia en el Barça. Xavi es olimpo culé. Pero el trato que está recibiendo estos días es impropio del més que un club. No se lo merece ningún profesional, pero menos él. Porque ya lo dijo Laporta. "Xavi es un barcelonista incontestable". 

El de Terrassa ya supo cuando se montó en el avión para Almería que algo pasaba. Mandó mensajes preguntando por qué no estaba Laporta en el vuelo. Lo que vino después es la constatación de un club a la deriva, una afición anestesiada y una imagen por los suelos. Colegas como Quique Sánchez Flores lo verbalizan abiertamente. Xavi despedido tras ser ratificado, pero comiéndose el marrón de salir mañana en rueda de prensa y dirigir el último partido en Sevilla. Solo, sin todos los que posaron sonrientes con él, juntando manos, para confirmar que continuaba hace un mes. 

No ha habido lealtad con Xavi. Ni tampoco respeto por el Barça femenino, al que le han robado horas y espacio de exposición a poco más de 30 horas de jugarse toda una final de Champions League. Flick asumirá el reto de conducir un equipo sin club. Y Xavi deberá empezar a reconstruir su traje de leyenda, ahora mismo lleno de lamparones y jirones. Qué pena.