Mateu, qué mal teatro

No existen estudios que certifiquen su existencia, aunque todos los expertos reconocen que hay síntomas muy particulares que brotan cuando la persona en cuestión finaliza sus vacaciones y vuelve a la rutina. Es la depresión postvacacional y tiene en la angustia su principal manifestación. Todos la hemos sufrido en alguna ocasión y la sensación es agotadora.
Pero descubrí un tratamiento de choque que vence a cualquier atisbo de abatimiento. Piensen por un momento en que al regresar a su puesto de trabajo tienen que compartir espacio con Mateu Lahoz y sus aspavientos, por ejemplo. En ese instante, uno se da cuenta de que todo en la vida puede empeorar y respira aliviado. Al mismo tiempo, te compadeces del sistema nervioso de los jugadores cuyo futuro está en manos de este colegiado. Un árbitro tan impredecible como un actor de improvisación. Todo está tranquilo en apariencia pero, en un segundo, lo pone patas arriba. Un show. Como el que montó en el Barça-Espanyol. Como lleva haciendo ya años.
En el Camp Nou quiso ser protagonista de un western de John Ford y comenzó a desenfundar hasta batir su récord de amarillas en un solo partido (15), además de sacar dos rojas. Su imagen, con una amarilla al aire en una mano y una roja en la otra, fue muy gráfica. Mateu es un árbitro con tal afán por distinguirse que ha acabado por rozar lo grotesco. En un momento del partido, Xavi reclamó una amarilla a Óscar Gil y, tras advertirle, le abrazó... y le dio un beso. Después, comenzó la descarga. Los focos son peligrosos. Primero deslumbran; luego te enamoran tanto que no paras de llamar la atención. Esa es la sensación que tengo siempre con Mateu.
Cuando comenzó en el arbitraje se le colgó el cartel de colegiado inglés. Todo lo británico parece conferir cierta categoría. Era una época en la que se reveló como un colegiado permisivo, que dejaba jugar y eso le hizo recolectar elogios de jugadores, prensa y aficionados. Sin embargo, puede que embriagado por tanta loa, se ha venido tan arriba que ha adoptado cierta actitud teatral (del mal teatro, por cierto), en pose y discurso.
Al volver de nuevo LaLiga, y al ver otra vez en acción a Mateu, no pude dejar de pensar en Stéphanie Frappart, árbitra que destacó en el Mundial y que fue la primera colegiada en pitar al Real Madrid en la Copa de Europa. Aseada, dialogante y sin complicaciones, demostró en sus apariciones en la elite europea y mundial que el juez o la jueza no tiene por qué propasarse en gestos hacia la galería para realizar una buena labor. Lo orgánico siempre es mejor que lo estrambótico. Y hablando de temas orgánicos: lo de las manos se ha ido definitivamente de las manos. Los árbitros han conseguido lo que sólo logró el cantante de La Ruleta de la Suerte: poner a todos de acuerdo en que el tema es un despropósito. Y preocupa tanto como deprime.